sábado, 17 de diciembre de 2016

«LUMINESCENZA» Capítulo 5: The Lackingtonians.





«LUMINESCENZA» Capítulo 6 
Deus Scintille










"Los cuentos de hadas son más que reales, no porque nos digan que los dragones existen sino porque nos dicen que los dragones pueden ser derrotados".

Gilbert K. Chesterton          

             
                   








Cap 6. The Lackingtonians


El Templo de las Musas era un lugar que rayaba en lo místico, paredes correderas repletas de estantes altísimos, más parecido a un laberinto que a la cueva de un ratón y sin embargo, el gato de Cheshire desde un cojín de terciopelo apostado bajo la lámpara de pie de la esquina, nos dedicaba su eterna sonrisa, impertérrita, a los recién llegados. A primera vista, me pareció un felino de lo más hostil, hay gestos que intimidan. Claro que no había reparado aún en el trampantojo de atrás que mediante la ilusión óptica de unos libros pintados y un busto de marmol, disimulaba una puerta vedada a los más curiosos.

Desde su mullido trono guardaba un pasadizo secreto que yo había de franquear al precio que fuera. Dos libras me pareció barato o lo que es lo mismo, un frasco de lavanda violeta. Y cómo no, también agregué unas gotas de laúdano. Aún así, casi pierdo la paciencia pues no fue hasta que el viejo Balance pegó una agradable cabezadita que yo penetraba en la enorme estancia contigua de techo bajo mientras Ahwar se engatusaba al felino que irradiaba cinismo a base de golosinas.

Así es como accedí a una habitación de lo más surrealista de paredes desproporcionadas al más puro palacio del País de las maravillas, con las paredes llenas de relojes de guiño de conejos blancos y locos sombrereros... Mi consternación era tal que me deshice en un suspiro al que como un eco, le siguieron otros. Me observaban... ¿O eran los ojos de los relojes que rastreaban con sus iris de un lado al otro al son del tic tac? No. Porque los relojes no suspiran. Había alguien más allí y no le importaba ser descubierto.

- ¿Le importuno?
- Oh, en absoluto. Adelante, pase. Y dígame. ¿Qué le trae por aquí?
- Fui amigo de Mr. Hatchid Pamuk y busco respuestas. 
- Ah, entiendo - reconocí esa sonrisa, la misma del gato, áspera y tirante, todo encías y dientes. 
- Pues usted me dirá, qué se le ofrece. Pregunte, pregunte, soy todo oídos.

De repente, una ráfaga de aire. Titilaron la lumbre de la chimenea y por un solo instante, nos quedamos en penumbra y los dientes del librero centelleaban. Al igual que Alicia, muchas veces había visto a un gato sin sonrisa, pero nunca una sonrisa sin gato.

- Me presentaré. me llamo Chester Rogers. 
- Discúlpeme, pero me gustaría conversar con Anathole. 
- Y a mí también, ya lo creo, pero desafortunadamente no va a ser posible. 
- Puedo esperar - contesté no sin cierta altanería. 
- Como desee, prepararé una taza de té. O diez.. Por favor, póngase cómodo. Mr...?
- Sir. Chatterfly, Graham Chatterfly. 
- ¿Cree en la reencarnación, Chatterfly?
- Por supuesto que no. Buda, el gordo feliz... En fin, no me impone mucho respeto. Y el Nirvana, un cuento para lunáticos. Al grano, amigo. ¿Acaso de sus florituras debería entender que Anathole está muerto?
- Yo no diría tanto. Literalmente, se esfumó. Y nunca mejor dicho. 
- Qué gracioso, Chester. Claro, otra de sus bromitas... Pues permítame que no me ría. La verdad, no estoy de humor. 
- Se equivoca, Sir Graham, no puedo hablar más en serio - de nuevo afloraron esos dientes casi plateados, pegados a unos labios más tristes que los de Monalisa. - Desapareció de esta misma sala durante un pequeño incendio.

Chester me condujo por un estrecho pasillo con paredes embadurnadas de hollín y la alfombra desprendiendo un hedor insoportable a gato calcinado. Y entre ceniza y efluvios llegamos hasta la biblioteca de los libros encadenados.

- Míre a su alrededor, Sir Graham, estos libros son verdaderas joyas. El propio James Lackington seleccionó la mayor parte con excelente criterio y se vanagloriaba de la calidad y rareza de sus ejemplares. The Lacktonians siguieron con el espíritu del librero, tanto dentro como fuera de la tienda. 
- ¿Quién es James Lackington?
- Era, nos dejó hace décadas. Fue el fundador de esta librería y dio nombre a nuestra asociación, Hubo un tiempo en el que The Lackingtonians nos reuníamos en la trastienda a debatir temas apasionantes como el paradero de la Mesa esmeralda del rey Salomón, la verdad sobre el Lignum Crucis o los poderes de la Piedra Filosofal que veneraban los alquimistas - cuando hablaba era como si cantara, irradiaba melancolía. - Entonces éramos osados, temerarios, espíritus insensatos sedientos de acertijos. Tanto que adquirimos una sala de exposiciones, el Egiptyan Hall en Picadilly para divulgar nuestros conocimientos y habilitamos el Sadler Theatre que viene ofreciendo a Londres magníficas obras de teatro. Promovimos hace cinco años entre nuestros insignes socios y allegados un intrépido tour por el Nilo, acondicionamos una bodega para coleccionar los mejores caldos del mundo. Hasta publicamos la primera edición de Frankenstein y con ella revolucionamos la literatura así como los versos de Morris, Siddal y Rossetti apostando por el movimiento prerrafaelita. 
- Admirable. 
- Bueno, esa época ya pasó. Kanes James Ford, nuestro Gran Maestre se convirtió en un anciano adorable y con el tiempo nos acomodamos, limitándonos a divagar sobre cuestiones absurdas como la forma de la cruz del martirio de San Andrés o el sexo de los ángeles... 
- Pero si sus reuniones son del todo inocentes... ¿Por qué razón encadenan los libros? 
- Contamos con ejemplares muy valiosos. 
- ¿Tanto como para matar por ellos? 
- Desde luego, hace meses hubo un intruso que se hizo con varios facsímiles. Desde entonces reina la cautela en el seno de nuestra comunidad, recelamos los unos de los otros. Una vez se resquebraja el círculo de confianza... Y la magia se desvaneció sin remedio. Jamás nos repusimos. 
- Si como observo en estas cerraduras nadie forzó los candados, es natural que the Lackingtonians aún recelen los unos de los otros, sigue la herida abierta. Hay un traidor entre ustedes y podría estar corrompiendo a otros miembros del grupo. 
- En efecto, había solo una llave y la custodiaba Anathole. Desapareció aquella misma noche sin dejar rastro.
- Demasiadas casualidades.
- No me malinterprete, caballero. Anathole no nos traicionó, habría dado su vida por esos libros. Es más, temo que así haya sido pues él jamás habría accedido a entregar esa llave de motu propio, habría opuesto resistencia. 
- Entiendo. 
- ¿Qué entiende exactamente? 
. Yo solo asentí por cortesía. Siento decepcionarle, no soy tan intuitivo. 
- En cualquier caso, tenemos infiltrado a un ser perverso pero no es Anathole. Aunque se trata de alguien que le conoce bien, lo suficientemente como para dejarle entrar aquí a deshora. De ninguna forma se lo permitiría a un desconocido. 
- En tal caso, Chester, me sorprende tanta familiaridad para conmigo. ¿Seguro que no contraviene las normas? 
- Deliberadamente las ignoré y podría meterme en un buen lío. Pero no soy tan ingenuo, Sir Graham. Sé lo que hago, tengo mis razones. 
- Explíquese. se lo ruego. 
- Mire por el rosetón acristalado y entre los pedazos de vidrio blanco de Flandes distinguí un ave tremenda sobrevolando Pall Mall East. Sin duda, es el halcón del amigo de Anathole, siempre rondaba por aquí cuando el libanés venía de visita, por eso sé que no miente. Y los amigos de mis amigos... en nombre de Anathole os doy la bienvenida. Además, mi cordialidad no es desinteresada, exijo un quid pro quo. Estoy al corriente de la suerte que corrió Hatchid y si usted está investigando lo que le ocurrió, no me quedaré al margen. 
- Así es, el halcón viene con nosotros, Custodia a la hermana de Hathid que está en la librería. 
- ¿Y cómo es que no atravesó la cortina con usted? 
- Me pareció sumamente peligroso. 
- Pues la haremos pasar de inmediato, me gustaría presentarle mis condolencias.

Salimos a buscar a Ahwar que se nos unió de un salto levantándose de una butaca floreada. Y acudió a nuestro encuentro tan intrépida que al desplazarse dejó al descubierto a un hombre asiático que la venía observando a través de la luna del escaparate.

Entramos de nuevo en el interior y retomamos las pesquisas:

- Por favor, Mr. Rogers, haga memoria. ¿Qué libros se llevaron? 
- Faltan tomos de disciplinas muy distintas, por eso me inclino a pensar que este hurto es obra de un aficionado - Chester revisó los catálogos. - Veamos, falta el Hamia-I Haydari, un poemario persa del poeta Bāzil Mashhadī. Un manuscrito delicioso de acuarelas opacas y oro sobre papel. 
- Es un libro épico que narra las guerras entre Ali y Muhamad, aunque cuentan que entrelíneas también recoge frases perdidas de El Profeta. Se extravió tras el asalto de la biblioteca abasida de Bagdad por el jefe mongol Hulagu Jan, nieto de Genghis Khan - apuntó Ahwar con un temple exquisito. - Pero no se perdió del todo, en la cultura popular de mi pueblo se conserva de viva a voz alguno de sus poemas: 

"Y con la ascensión del Maestro del Mundo y el más noble de los descendientes de Adán, la paz sea con él, con el techo de la esfera azul y su encuentro con el Creador de la Luz y la Oscuridad".

- Qué hermoso, Ahwar. ¿Se refiere a Mahoma? 
- Es probable, aunque la religión musulmana reconoce otros profetas. 
- Llamadme retorcido pero con la proclamación de ese Maestro del Mundo al encuentro de El Creador de Luz y Oscuridad podría alentar a cualquiera a considerarse El Elegido, al fin y al cabo todos somos descendientes de Adán... - apunté con un ostentoso gesto de preocupación. - Y si alguien se hiciera con el libro y creyera cada palabra, supondría legitimar a la bestia. 
- En efecto, Mr. Graham, es usted ciertamente complejo - muy a mi pesar, Chester me dio la razón y prosiguió describiéndonos los demás robos. - También nos fue arrebatado un ejemplar de Polygraphiae, el primer libro de criptografía impreso obra de Johannes Trithemius.
- Interesante - constaté, intentando pasar página aunque siguiera embargándome una gran desazón. 

No pude evitarlo, me quedé pensativo. Y no fue hasta que Ahwar descubrió una marca cuadrada en la pared que pareció confluir todo en una espiral de horror y miedo. 

- ¿Qué había aquí colgado, Chester? Entre la litografías La flor Mística y El Elefante Sagrado de Gustave Moreau hubo un cuadro que ya no está. 
- Había un grabado del Compendio Mitológico de Vincenzo Catari. Concretamente, mostraba al dios Serepis junto a su mounstro de tres cabezas, una grotesca criatura bastante desagradable, dicho sea de paso.
- ¿Y qué ha sido de él? 
- Alguien la debió quitar de allí y le estoy muy agradecido, me hacía daño a la vista. No fui yo pero confieso que a menudo la idea de hacerla añicos se me pasaba por la cabeza. .
- Podrían haber sido robada junto con los libros. 
- ¿Quién querría algo así? Imposible, nadie tendría tan mal gusto -, Chester volvía a estar en forma, recuperaba su picardía. 
- A no ser que fuera algo más que una lámina desasosegante y ocultara algún mensaje... 

De repente, la vidriera estallaba en mil pedazos. Al parecer, el dios Serepis carece de sentido sentido del humor. Y para protegernos de los cristales, corrimos por un intrincado pasadizo detrás de Chester Rogers hasta la bodega, un receptáculo dormido y atemporal, ajeno a la noche y el día. Un frío cavernal, la bóveda de ladrillo al aire, un olor intenso a tierra y a moho. Unas gotas de vino desparramadas a los pies de un bodeguero... Ahwar y yo deambulando extasiados entre toneles y barricas mientras Chester correteaba por aquella colmena de madera con el corazón encogido. 

- ¡Es una profanación! Cómo han podido... - acudimos a su lado y colérico nos comunicó. - No doy crédito, alguien ha estado aquí manipulando las botellas. 
- Tal vez el ladrón brindó por su hazaña - comentó Ahwar para quitarle hierro al asunto. 
- O culminó un ritual que comenzara cinco años antes...

Y la sonrisa metálica de Chester se volatilizó para no volver.











* Portada de IRENE SARAVIA, mi directora creativa. Contar con su colaboración, un privilegio. 






























viernes, 2 de diciembre de 2016

«LUMINESCENZA» Capítulo 4. "Anya, la última Jadarita"


«LUMINESCENZA» Capítulo 4 
lucis hyacintho...













            “El hombre tiene mil planes para sí mismo. El azar, sólo uno para cada uno.”


Mencio                     
       
                          

          







Cap 4. Anya, la última Jadarita.


Desde luego, Miss Vadar era la persona idónea. Su tez aterciopelada, el iris violeta. La voz monócroma, cavernosa, la dentadura impecable y ese acento forzado de ninguna parte que flotaba en el aire con sus predicciones. Se trataba pues de una figura singular con un turbio pasado que forjaba aún más el enigma. Y toda aquel aura de misterio... Sencillamente, perfecta. Anya Vadić se había inventado de la nada a sí misma. En un gremio, por lo general, carente de glamour, Miss Vadar resplandecía. Sin duda, la mejor elección. Por supuesto, nadie mejor que ella. Claro que la fama expone a todas las miradas, me temo incluso que a las más sombrías.

Naturalmente, Miss Vadar tenía poco de pitonisa, aunque decía poseer un don que adornaba a conveniencia. Ante todo, era una mujer discreta y en aquella improvisada sesión comprendió que su mutismo era una cuestión de vida o muerte. Si en algo apreciaba su vida, lo olvidaría todo... Callaría pues sin que nadie le advirtiese.

Tan pronto contactaron con ella, la adivina se mostró incómoda. En su trabajo solía avenirse a un protocolo y en esta ocasión le obligaban a renunciar a él sin preguntas. Esta visita rayaba en lo excepcional, acudía a ella a ciegas sin ningún guión escrito. La recogió un extraño carruaje emplomado y sin corceles, tan solo provisto de una vidriera y tres grandes tubos que despedían fuego. Dentro, un pequeño cubículo. Le ofrecieron champagne, que rechazó sin grandes aspavientos. No confiaba en aquella gente. Y una vez a bordo, creyó levitar... Tenía los ojos vendados y como era de esperar, le reapareció ese persistente tic que la afeaba tanto. En efecto, miss Anna Vadar se mordía el labio por dentro compulsivamente hasta hacerse sangre cada vez que se sentía insegura. Y aquella noche, no era para menos. Pues estaba a expensas de un desconocido carente de honor que le imponía sus propias reglas.

Aún así, mantuvo la calma... Anna se aferró al tosco anillo de jadarita, deslucido por los siglos, una joya de familia. Con tan solo frotarlo, decidió que no se derrumbaría. Y con fuerzas renovadas, se concentró en captar a través del lazo de seda que le cubría sus ojos todo cuanto en tu entorno aconteciera. Era tan intuitiva que se regodeó en cada sensación, no pasaría detalle por alto. Sin duda, las ráfagas de luz que pasaban de largo eran destellos de las farolas de gas del distrito de Westminister, también detectó los chirridos de los trenes en Victoria Station. Luego, esa pegajosa humedad que la traía la niebla del Támesis. Atravesaban el río...Más tarde reconocería el ajetreo del Borough Market de madrugada, las primeras subastas de la lonja... Pronto supuso que el carruaje se dirigía al sur para luego virar hacia el este, se lo confirmó el fuerte olor a carbonilla. No cabía otra explicación, ni mil chimeneas asando lechón a la vez desprenderían semejante tufo... Es entonces que el carruaje se detuvo en seco y Anna rastreó como un animal. Apostaría su camafeo a que se hallaban frente a una enorme fábrica en los alrededores de Nine Elms. Y ese golpeteo incesante... Una sala de máquinas, tal vez. "Nadie en su sano juicio se asentaría por aquí salvo que oculte un secreto horrible" pensó, al tiempo que se estremecía de pavor y cual latigazo, le recorrería un tremendo escalofrío.

Una vez en el salón, le despojaron del antifaz y fue presentada a un extranjero que eludió mencionar su nombre. Claro que, a esas alturas, aquel desdén no le asombró en absoluto puesto que no la recibía un caballero sino un rufián, a todas luces y en más de un sentido ya que había tal exposición lumínica que Anna hubiera jurado que era mediodía. Así es, la salamandra rezumaba llamas de siete colores lo que, paradógicamente, no hacía del recinto un lugar más cálido. Ni suavizaba las maneras de su distante anfitrión, un tipo de lo más exasperante... En cualquier caso, poco más llegaría a saber de aquel infame que permanecería de espaldas en su presencia fumando un Montecristo durante toda la velada. A decir verdad, todo ocurrió muy deprisa sin tiempo para charlas ni demás frivolidades. Si bien, pudo hacerse una composición de lugar: En una habitación rococó, un ser ambicioso obsesionado hasta la locura.

- Bienvenida, Miss Vadar, proceda."Tome esta taza y que Dios le haga hablar" así reza el proverbio.  No se demore y lea los posos, encontrará la pieza de porcelana en cuestión sobre la mesa.
- Lo lamento, señor, no practico la cafeomancia. Es una disciplina originaria de Armenia que me es completamente ajena.
- Entonces, hacerla venir ha sido una pérdida de tiempo. Veamos, Chong, llevátela y ya sabes lo que hay que hacer - aspiró el habano y prosiguió hablando, a continuación dirigiéndose a ella. - En tal caso, no me sirve. Desgraciadamente, me veo obligado a prescindir de sus servicios - aquello sonaba a auténtica despedida del mundo, más allá de esas cuatro paredes.

Chong la agarró sin miramientos saltándose el secretismo inicial, al defraudar al fumador había firmado su sentencia de muerte. Tenía que ser útil o antes del ocaso flotaría su cuerpo inerte en los muelles... Apretó los dientes, se estrujó el cerebro como una esponja y ya en el umbral de la puerta, a la desesperada, añadió.

- Aguarde, señor, Escuche, puedo darle lo que quiere - su timbre, dos tonos más agudo. - Le describiré al hombre que busca con tal precisión que creerá tenerlo de frente.
- Sorpréndame, señorita y no solo le perdonaré la vida, será agasajada como una diosa.

Miss Vadar se sentó a la mesa y con un porte en apariencia sereno, acarició el tapete con los dedos. Encendió una vela blanca, también una barrita de incienso y compelió a su anfitrión a que escribiera en un retazo de papel la tan ansiada pregunta. A continuación, barajó el tarot gitano con suma parafernalia y tras elegir al azar cinco arcanos mayores, los depositó del revés. Acto seguido, los voltearía despacio... El loco - La torre - El mago - El sabio... Por el momento, nada concluyente. Temblaba como un merengue.

Por último, apareció "La estrella" a modo de conclusión. ¡Menos mal! Al fin, una revelación que daba sentido a todas las demás cartas. Ya podía disertar sobre aquel hombre y una vez cogiera el hilo, se explayaría de lo lindo.

- El arcano mayor número diez y siete del Tarot es La estrella. El número diez y siete se transforma en el número ocho, que significa en este caso universalidad asentada en el ciclo infinito. Ocho también es el agua de los escorpiones que en este caso está purificada por la luz de las estrellas.
- ¿Quién es? ¿Dónde está? Todo eso no me interesa, le exijo datos concretos.
- "Se trata de un caballero inglés de alta cuna, cínico y almibarado, maldito y encantador, repugnante y bien parecido si acaso es posible. En resumen, una criatura ambivalente con dos caras, capaz de la mayor nobleza a pesar de ser un canalla consumado. Habita en una casa de campo de Blumbsbury custodiada por dos leales sirvientes que por él darían la vida. También hay una mujer que le recuerda quien fue una vez. Y en breve, conocerá a un hombre sabio que iluminará sus pasos... Esto es todo."

- Miss Vadar, no es suficiente. Compréndalo, ha de darme un nombre. Si no me complace, le desfiguraré la cara para que la confundan con una pescadera del puerto. Por su bien, hágase cargo...
- Un momento, puedo hacerlo mejor. Sí, hay algo más. Veo un enorme ave sobrevolando una librería... ¿Le dice algo?
- Ahora sí, daré con él. .

Y así transcurrió una noche de infarto. Al alba, cochero y ocupante regresaron por Grosvenor Bridge hasta una pequeña casita azul al oeste de White Hall donde acto seguido nuestra dama parapetaría durante días enteros. Hasta el martes siguiente, que apenas asida a un discreto bolso de viaje, Anya Vadić renegaría de su alias, abandonaría Londres y en adelante, trabajaría de costurera. A menos que...

A menos que alguien la haga saber quien es y la intercepte en el camino. 

Claro que no había nacido para coser. ¡Cómo negar lo evidente! Anya era una lectora del porvenir, fabulosa coreógrafa de lo probable. Sus ballets, un danzar de cartas volátil, tiempo y papel. Sus ojos, dos velas al porvenir, guía a ciegas hacia lo improbable. Y el esquivo destino, un juego de niños en sus manos prestidigitadoras... Maestra en el Arte de la Incertidumbre. Del tiempo, una estratega. Y sin embargo, a pesar de su extraordinario potencial, El Magister no intentó retenerla, consciente de que, a la larga ella sería un escollo. Es más, un peligroso revulsivo. Descartó aleccionar a aquella singular mujer oriunda de Jadar, sumarla a la causa, convertirla en su acólita leal y sumisa... Un fracaso anunciado, nunca la domaría. Tampoco la mandaría matar porque su poder trascendía a la muerte, mejor lejos que muerta y decidió expatriarla, sin país ni bandera. Un desencuentro de dos almas. El carbón y la plata, el fuego y el agua, el dinosaurio y el meteorito... Nada qué ver, existencias contrapuestas y de colisión, traumática. 

Quizás, porque él se alimenta de odio y Anya Vadić alberga demasiado candor en sus ojos violeta. O por la piedra de su anillo ancestral, la jadarita del oeste de Serbia. De primeras, un mineral insignificante. Blancuzco, terroso e incapaz de emitir, por si mismo, radiación alguna. Carente pues, de toda señal de nobleza. Absurdo, inaudito, se nos hace partícipes de la leyenda de un pedrusco. Sea como fuere, enseguida comprobaría el magnate que sus temores eran bien fundados, ambos resultaban del todo incompatibles. Tanto, que fue marcharse la adivina, caer el habano al suelo e incendiarse la alfombra. Todo, en un fulgor. Nada, en un momento. Mientras, El Magister sufría uno de sus singulares ataques de epilepsia, por lo visto, nada comunes. ¿Fruto del estupor? Podría ser, pisamos un terreno incierto.

Como el Cath Palug, el felino galés que tuvo la desfachatez de enfrentarse al rey Arturo, asimismo El Magister también habría de pagar su osadía. Craso error, confraternizar con La Jadarita, se atrevió a medir con ella sus fuerzas y...  


Según él, no más que una victoria pírrica... 
...Para mí, el fin del principio. 

Acaso una batalla, que no la guerra... 
... En cualquier caso,  meow! 

Una vida menos.












* Portada de IRENE SARAVIA, mi directora creativa. Contar con su colaboración, un privilegio.