viernes, 10 de marzo de 2017

«LUMINESCENZA» Capítulo 10. "Stravaganze".

«LUMINESCENZA» Capítulo 10 
Epicurus lege...










     
“Lo qué es la comida para uno, es para otro amargo veneno". 

Titus Lucretius Carus.                


      
         

          








Cap 10. Stravaganze.



Había que abortar un plan maquiavélico, vengar la muerte de Hatchid, recuperar a Anathole, contener el mal, salvar el mundo de modo que nos encerramos en mi casa, sería nuestro cuartel general. Pero la convivencia era triste sino precaria, a pesar de las chimeneas y salamandras, aquello era como vivir en la Antártida. Dos razones, Anya y Ahwar. Entre ellas, no se trataban, diría que se detestaban plácidamente. Había una frialdad entre ellas que ni la más cálida lumbre podía aplacar. La libanesa, aparentemente calma y comedida en cada uno de sus gestos. Anya, una ardilla inquieta apenas sin domesticar.


Son contrarias, opuestas. Dos islas en las antípodas - farfullaba yo para mi mismo. 

- Como el azúcar y la sal... - un Chester irrumpía sigiloso para propinarme un susto de muerte - . Si bien, ambos se diluyen en agua... 
- ¿Qué intenta decirme, Chester? Mi estimado Herodoto, sea más explícito. 
- Debería haber algún terreno donde se sintieran cómodas... 
- Intentémoslo. 


Habilitamos como sala de lectura nuestro antiguo cuarto de juegos en el desván, de Gus y mío. Donde se encerró en los últimos tiempos víctima del delirio y las fiebres. Wells se desprendió del caballito balancín y del secreter y en su lugar habilitó un diván y unos cojines. Y yo, le deje hacer. Todo seguiría ahí, si de mí dependiese. Por suerte, el viejo Wells mantuvo la mesita baja exactamente en su sitio, también el tapiz oriental así como los pufs de cuero rojo repujado y teñido regalo del padre de Gus, de su última visita a la Península de Cachemira.. Asimismo, conservamos todos los libros de Gus, sus maquetas de veleros, telescopios, violines y planetas celestes en miniatura. Rebusqué entre sus láminas e hice enmarcar las litrografías simbolistas de Gustave Moresau, Felicien Robs y Stephane Mallarmé. Luego dispusimos sobre la chimenea las acuarelas de la botánica Marianne North. Y en los estantes del ala estem dispuse la excelente colección de Polymitas pictas de Gus, fruto de su asidua correspondencia con Cuba, con los más bellos caracoles del Caribe de majestuosas conchas de intenso amarillo. Siempre le obsesionó la luz, siempre la luz. De ahí que hubiera en el cuarto tantas ventanas.



- ¿Qué hiciste con las lámparas de pie, Wells? En concreto, la de hierro forjado. La de la mampara de Morris llena de luciérnagas, su favorita.  

- No pudo ser, era... excesiva. 
- ¡Cómo has podido! Si manifesté expresamente que no te deshicieras de ella. 
- De eso hace ya mucho tiempo, señor. 
- ¡Y qué importa! Yo soy el mismo. Las lámparas son las mismas. ¿Lo ves? Nada cambia. 
- Por fin tiene nuevos amistades, señor Graham. 

Las personas no son cromos, Wells, no las podemos cambiar y despojarnos. 
Pero ya está, lo hizo. Y salvo que se me presente aquí y ahora un viajero en el tiempo con su bicicleta ultrasónica capaz de retroceder, me temo que es irreversible y las lámparas seguirán brillando en el opiáceo diez calles abajo. Wells se encogió de hombros y sin ningún remordimiento abandonó la habitación. Y con el aplomo de un joven, sin titubear siquiera se dijo: "Otra vez él, no lo permitiré."

Menos mal que se me permitió conservar la vitrina de los Trochilidaes melodicos, el mejor exponente de aves apodiformes, subfamilia de los troquilinos. Por supuesto, estaban todos disecados, pero áun guardan la magia del Paraíso colombiano de los Colibríes. No lograba desprenderme de ellos, de ninguna forma, pues él adoraba su música sorda y muda. Decía escucharla flotando en el silencio. Concluyó la temida mudanza, sin sobresaltos. Después de todo, no resultó tan difícil. Y una vez acomodada la estancia a gusto de dos delicadas mujeres, invitamos a las damas a tomar el té de las cinco en aquel reflotado refugio con la esperanza de que de nuevo reinara la amistad bajo mi tan querido techo abuardillado y encontraran en ese ambiente de ensueño algún interés común. A modo de encerrona, echamos la llave desde fuera y las dejamos solas Obervando, eso sí, en todo momento. Sobretodo, por si llegaban a las manos. Aunque también, ciertamente, nos movía la curiosidad. Enjauladas, prisioneras. Condenadas a morír o a entenderse. Pudieron matarse y no habríamos llegado a tiempo. Fue atroz, lo confieso. Y sin embargo, contratodo pronóstico, mi maquiavélico plan funcionó. Aunque con matices...


Y ocurrió que las dos mujeres hablaron durante horas. Pero no debatieron sobre misticismo ni largas travesías. Ni tampoco coincidieron en el bello canto del ruiseñor, la alondra o el estornino. Aunque, en cierto modo,... Sí, la charla comenzó a fluir merced a mis pétreos y malogrados pajaritos, así fue como Ahwar y Anya repararon en su común morbosa admiración por la taxidermia y los antiguos rituales de embalsamamiento. Y comentaron los recientes trabajos de Walter Potter y Hermann Ploucquet dedicados a recrear comportamientos triviales del hombre mediante poses forzadas y artificiosas de animales disecados. 

Aunque, para ser honestos, no todas las criaturas corrieron la misma suerte. Algunas tuvieron una vida post-mortem más digna que otras. Ardillas durante una clase magistral en el aula magna, perros solemnes orando en el templo. Colocar aquellos seres inertes en escenarios típicamente humanos se había convertido en una expresión artística peculiar y espero que pasajera. Solo de pensar que son solo envoltorios de piel rellenos de resina y algodón me dan ganas de vomitar. Y sin embargo, mis damitas rememoraron piezas memorables admiradas en casa de conocidos que representando el patinaje sobre hielo de erizos, un aula repleta de aplicados conejos o una boda oficiada por un gato siamés, iluminaban un rincón sombrío del despacho o un recodo de la sala de música. 

Conversarían hasta descubrír que ambas frecuentaban los cementerios compartiendo la costumbre de celebrar picnics color pastel entre lápidas masonas para en la sobremesa jugar al escondite y leer en voz alta poemas de Keats a la sombra del sauce. Tal era su afición que incluso planearon cazar patos, hacer carreras de yorkshires en el camposanto e idear un laberinto en una mañana soleada preferiblemente. Por suerte, amenazaría con llover a diario durante durante las dos semanas siguientes. Me alegro, por las desdichadas almas errantes. 

Por lo visto, tampoco ninguna de las dos resultó inmune a la fiebre del helecho que azotó Inglaterra como las plagas de Egipto. Y no me refiero a un virus ni a una reacción alérgica sino al dudoso placer de la pteridomania, el arte de peinar bosques movidas por unas ansias irreprimibles de recolectar la planta primigenia. La moda comenzó con el naturalista Nathaniel Bagshaw Ward quien solía cultivarlas en terrarios. Y en pocos años, las muchachas más audaces ya recogían helechos por los alrededores pues alegando esta socorrida excusa se les consentía permanecer al aire libre sin apenas supervisión.

También se congratularon de atesorar otra misma diversión consistente en recoger algas a la orilla del mar para coserlas al papel y elaborar álbumes de scrapbook. La dificultad del material hacía de su manipulación un collage particularmente gratificante, no sólo por el extraño color sino por la particular forma de cada espécimen. Así como por su estructura interna gelatinosa que exigía una gran destreza. Si se presionaba demasiado sobre papel, era aplastada contra la página. Además, eran amalgamadas entre hilos multicolores. Su diseño de palabras y motivos florales presentaba todo un desafío.

Una cosa les llevó a otra y cuando nos quisimos dar cuenta, ya estaban disponiendo diatomeas en placas de vidrio y mechones de cabello para elaborar preciosos bouquets naturale de efecto caleidoscópico. Comprometiéndose, en breve, a elaborar otros diseños microscópicos, incluyendo escalas de mariposas, algas e insectos. Y puesto que el número de patrones era ilimitado, soñaban con incorporar miles de bellos elementos en una sola diapositiva. 

Por último, las dos se deshacieron en alabanzas para la incorporación del cabello en piezas de joyería. Ahwar matizó que la costumbre era ancestral y se remontaba nada menos que al Antiguo Egipto. Celebraron que la práctica se hubiera recuperado brindando con un licor de hierbas. Para entonces, Chester y yo no dábamos crédito. Privados del habla, por la conmoción, seguíamos fisgando acurrucados a aquellos especímenes hembra tan afines y tan oscuros que ocasionalmente poblaban mi sala de estar. Fragmentos de pelo se tejían en anillos, collares, pernos y cadenas del reloj. Ahwar le mostró a la pitonisa el mechón tomado del cadáver de su hermano prendido de un alfiler formando un aguila real con incrustaciones en plata lucía como recuerdo. Anya, conmovida, le prometió tejer con sus melenas sendas pulseras de amistad. A media tarde, ya parecían dos viejas amigas. Si bien, no mencionaron, salvo la muerte de Hatchid, ni un solo detalle relevante de sus vidas. Sus respectivos pasados continuarían siendo dos campos de minas. 

Paradógicamente, en medio de una conversación tan nauseabunda es cómo las dos mujeres de mi vida terminaron por entenderse. Lo que me hace dudar por su sentido del arte, la estética, incluso la percepción del mundo y su belleza... Con esa inclinación por lo macabro y retorcido creo que en algún punto recóndito de su cerebro albergan un resquicio de naturaleza monstruosa... Pero, a ver.¡Y quién no! Es más, a lo mejor hasta me conviene que no sean angelitos. Porque nos espera una ardua empresa y llegado el momento, necesitaré a mi lado gente sin remilgos. 

Tan embelesadas estaban la una en la otra que ninguna reparó en la esquina en azul plagada de diminutas estrellas ni en el curioso jarrón Kumbha que descansaba sobre la mesita contigua. Lástima, su interés no nunca fue decorativo sino que guarda un símbolo Puránico del enfrentamiento entre demonios y dioses enfrentados en el océano por el néctar de la inmortalidad. Es un objeto bello, espiritual, incluso místico. Común ofrenda en templos y hogares budistas pues encierra el devenir del universo por su poder protector. Pero éste, es inusual. Lejos de traer la paz consigo, causa cierta inquietud. Ya que junto al asiento de Vishnu dibujado en la boca, Indra en el cuello, la Diosa Madre en el centro, Brahma en la raíz, mares, ríos, montañas y los Vedas en su base, héte aquí que había alguien más. Se trataba de un Kumbha Kama sutil, casi imperceptible, pintado en el interior, en contacto con la tierra y el agua. Es Hermano de Ravana, poderoso Dios guerrero que gusta de dormir casi todo el tiempo. Y si un ruido le perturba... Es terrible su despertar.

Allí quedaron algunas acuarelas de Marianne North. Concretamente, las especies de plantas exóticas que fueron bautizadas con su apellido. Areca northiana, Crinum northianum, Kniphofia northiana, Nepenthes northiana y Northea seychellana. Todas, dibujos originales. Aunque solo una de ellas dedicada en su reverso al escocés James Fergusson, redescubridor de la India antigua y gran entendido en arquitectura histórica hindú y antigüedades. No fue un pretendiente, menos aún su prometido. Hay lazos eternos que unen incluso más. Fergusson diseñó el pabellón de espejos de Kew Gardens que alberga los cuadros donados por Marianne, la obra de una vida. De entre ellas, Marianne eligió la Nepenthes northiata para lucir aquella dedicatoria. Planta legendaria donde las allá. También, poderosa y sublime. Flamante y por lo demás, carnívora. Al parecer, la misma que crece sobre hojas de papel calcinadas dentro del jarrón Kumbha dormido en su refugio estrellado. Entre los toscos recortes, aún quedan retazos legibles y un texto que se repite en el encabezado de cada página superviviente. "Recollections of a Happy Life", por Marianne North. Siempre, arriba-derecha, se sucede tullido y superviviente el leve rastro de la misma cotación y título. Aunque, soterrada bajo un manchurrón de tinta deliberado, la palabra felicidad ya no se lee en ninguna. 

Y es que aquel cuarto siempre contó con algo turbador y a la vez fascinante, un aire bañado en lágrimas del mar, vientos de oriente y perfumados secretos. Cuantas horas ganadas y después perdidas bajo aquellos ventanales. Expuestos, como los colibríes en su vitrina, que comenzaron tan llenos para terminar tan vacíos... Ahora, ausentes. Inmóviles. Pero no se puede parar el tiempo y corrió y corrió. Así y con todo, aún evoca juegos, aventuras, un tiempo entre nubes. Húmedo y latente, cual castillo hechizado pendiente de un beso.

Y aquí estoy de nuevo, en pie, treinta años después contemplando los restos del naufragio, lo que queda de nuestro palacio flotante. Ahí siguen los dos pufs rojos de cuero repujado, la cuadrícula del ajedrez en ébano y nácar, el rastro ahumado de un Montecristo birlado al tio James en la sala de fumadores, el rancio sabor pasado de viejas delicias turcas. Todo un mundo brillante aunque diminuto bajo el techo acristalado que empequeñeció sin recurrir a la poción menguante de Carrol. Ocurrió sin más, conforme nosotros crecíamos. Primero, en torno a los dos. Más tarde, solo conmigo. Por eso vibra, lo sé. Mi faro rastrea Londres y puede sentirle. Está cerca y sin pretenderlo, yo he sido el reclamo. Al atreverme a subir después de tanto tiempo... 

Dos torres, un solo tablero. Él, desde su fría atalaya. Yo, en mi alto jardín de secos pájaros cantores y trémulas flores a acuarela. Ellos, agonizantes. Plumas y hojas, sin colorido. Sin embargo, no todo languidece. Noto como se tensan las juntas emplomadas y la cristalera late constante, al unísono. 

Luciérnagas. ¿Escaparían de la lámpara? Menuda estupidez. 

Me pregunto si recordará lo que fuimos... 
La estancia nunca me pareció tan grande. 












* Portada de IRENE SARAVIA, mi directora creativa. Contar con su colaboración, un privilegio. 

























  

12 comentarios:

  1. Hola, Mere... Pues me parece que Chester tenía bastante razón... A pesar de la frialdad y de la mala convivencia entre Anya y Ahwar, al ser como el azúcar y la sal, tenían en común que se diluyen en el agua
    Ha sido buena idea encerrarlas bajo ese techo abuhardillado... desde luego que sí, estaban condenadas a entenderse o a matarse ;-)
    Y estas damas, nada remilgadas, han tenido puntos en común como la taxidermia o recoger algas a la orilla del mar
    Yo no soporto ni una cosa ni la otra... me temo que soy bastante remilgada ;-)
    Pero bueno, Graham tiene la suerte de no tener que contar conmigo para abortar el plan maquiavélico de Ferguson, vengar la muerte de Hatchid y recuperar a Anathole... sí, lo cierto es que la empresa que les aguarda es harto ardua
    Me encantan las buhardillas... y me ha gustado mucho lo que has relatado sobre alguno de los objetos que allí se encontraban... como el jarrón Kumbha, por poner un ejemplo
    Bueno, ya veo que has puesto el turbo y que vamos a ir a gran velocidad... pues por aquí me tendrás sin cinturón de seguridad ;-)
    Del capítulo te digo que lo he disfrutado mucho... y me quedo con ganas de disfrutar más
    Besos

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    1. Querida Mela, Anya y Ahwar tienen muchas extravagancias en común. Y en la vida, vale para intimar hasta la más infeliz coincidencia ;)
      Aún así, es una amistad muy débil. Parece que no se matarán, al menos, de momento.
      Yo tampoco soporto la taxidermia, le veo un punto morboso injustificado. Sobre las algas, prefiero las conchas mil veces. No eres ninguna remilgada, Mela, es puro sentido común.
      En efecto, Ferguson sigue siendo el enemigo a batir. Y sí, lo importante es que sean capaces en adelante de trabajar coordinados, para lo que hace falta mutuo respeto y confianza.
      Las buhardillas tienen algo, un contacto con el cielo... Son, en definitiva, un lugar aparte. Y estoy contigo, los objetos que allí descansan con casi venerables, tienen algo de mágico.
      Así es, a partir de ahora viajamos en nave estelar :D
      Muchas gracias por todo. Besos.

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  2. Pues aunque no comparta sus gustos, me alegra ver que Anya y Ahwar finalmente terminan siendo amigas. Lo que no me importaría nada sería recibir unas clases de scrapbook, eso sí, sin algas de por medio. Me da que va a ser difícil.
    Y vamos avanzando, poco a poco, pero sin parar. A ver qué nos depara el próximo capítulo.
    Besotes!!!

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    1. Me pasa parecido, Margari, no comparto con ellas ninguno de estos hobbies tan desagradables, pero me alegra que hayan encontrado entre ellas una fuente de complicidad. Personalmente, preferiría recoger conchas por la playa o buscar fósiles de dinosaurios que en algunas de aquellas costas aún descansan a ras de suelo. A las clases de scrapbook también me apunto, eso sí, mejor que no me olvide las gafas. Entretanto, ojeo libros de artesanía y manualidades en la biblioteca, a ver si se me hace la luz y descubro algún talento latente muy pero que muy secreto :)
      Besitos.

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  3. Querida Mere,

    Así es. La palabra "Estravagancia" define muy bien este capítulo :).

    La verdad es que, para abortar un plan maquiavélico, vengar la muerte de Hatchid y recuperar a Anathole hay que trabajar en equipo. Para ello, hace falta que haya buen ambiente entre los miembros del equipo. Así que, ha sido muy acertado encerrar a las protagonistas de la discordia en una habitación para que así puedan limar asperezas.

    No se podía pretender que en unas horas se convirtieran en amigas pero sí en mantener al menos una relación cordial.
    Ahwar y Anya lo consiguieron gracias a su común morbosa admiración por la taxidermia, los antiguos rituales de embalsamamiento y la recogida de algas en la orilla del mar.

    ¡Buen trabajo!

    Como curiosidad me ha parecido muy interesante descubrir que en la antigüedad, ¿se elaboraban joyas con cabellos?
    No tenía ni idea. Como siempre, me sorprendes ;)

    Un abrazo.

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    1. Hola, Leo. Justo, creo que el capítulo es extravagante de cabo a rabo, siempre me atrajo lo excéntrico. Y sí, era del todo necesario que las dos componentes del grupo se toleraran y fueran capaces de tratarse al menos cordialmente.
      Sí, sus puntos en común eran extraños y morbosos pero peores afinidades se han visto ;) Lo importante es coincidir en algo y bajar la guardia para así descubrir que no somos tan distintos.

      Sí, se elaboraban joyas con cabellos de un ser querido, a veces fallecido. Lo que ahora nos parece hilarante entonces les parecía un hermoso detalle de afecto. Inquietante, a mi también me choca.
      Intentaré seguir trayendo sorpresas, soy cazadora y Twitter lo sabe TODO :D
      Gracias por el doblete, querida Leo. Un abrazo.

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    2. Ups. La "S" de Stravagance me ha jugado una mala pasada... xD

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    3. Para nada, Leo, tu lo has escrito en castellano, como debe ser :) Señal de que la has interiorizado junto con el resto del capítulo y yo, superfeliz :D

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  4. Qué curioso todo lo que cuentas en el capítulo...es/eres una cajita de sorpresas para mí...
    Esa buhardilla me ha tenido entretenida un buen rato, fuera de aquí, pues a cada afición que Anya y Awhar descubrían tener en común, me ha podido en unos casos, recordar (no te rías, jajaja) que en casa de uno de mis abuelos había en la planta de arriba! dos o tres animales disecados (creo recordar que un tejón, una ardilla y no sé cuál otro) de niña no me daban susto, más bien me provocaba jugar y acariciarlos cada vez que pasaba con mis hermanos por el vestíbulo (jo, lo digo ahora así y suena raro ;-)pero sigo..
    ¿Sabes? tengo dos helechos en la terraza, sí! y caramba! hasta una planta carnívora (ésto es la leche, jajja) aunque es otra especie, más pequeñita,ahora ha florecido aunque no está en ningún jarrón...menos mal!
    No me digas monstruo ;P porque lo que no comparto en absoluto es el gusto por los picnics ni laberintos en cementerios ni las pulseras de cabello (aunque lo de guardar antes, en época de los abuelos, un ricito en un guardapelo se consideraba un recuerdo bonito)
    No sé cómo se las maravillarán para hacer tantas cosas intrépidas como vengar a Hatchid y salvar al mundo...pero me ha llamado más la atención la lámpara de las libélulas ausente. Sobre las referencias a la sal, azúcar, comida y amargo veneno mejor no comento nada, jj
    Besos!! y a ver si me puedo dormir, que estoy desvelada del todo :(

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    1. Hola, María Esther, gracias por sumergirte en la historia con tanta empatía. Te comprendo, yo también descubro hábitos de la infancia que no concuerdan quizás de lo que soy ahora y sin embargo, recuerdo con muchísimo cariño y no reniego. Eso nos muestra que no todo es blanco ni negro, que somos fruto de lo vivido y me encanta, creo que son estas pequeñas incoherencias las que nos hacen más humanos y tolerantes. No eres ningún monstruo (ni siquiera el de las galletas :) sino una criatura entrañable repleta de matices brillantes que perfilan tu preciosa identidad.
      La lámpara de las "luciérnagas" está luciendo en alguna otra parte... (intriga) Lo pillaste, Burt Lancaster :)
      Espero que soñaras con brillantes luciérnagas aquella noche :) Un abrazo.

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  5. Cuantas extravagancias tienen en común Anya y Ahwar, quien lo iba a decir verdad. Y cuantos recuerdos encierra aquella buhardilla para Graham siento lo de la lámpara de luciérnagas tenía que ser de las cosas más curiosas que había en aquella habitación.

    Un beso Mere

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    1. Sí, Anya y Ahwar son dos mujeres bastante peculiares y el pobre Graham está apegado a esos enseres de una manera casi enfermiza. Estoy contigo, Rocío, lampara de luciérnagas es una maravilla. Ojalá la lleguemos a ver, estaría bien ;) Besitos

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