


E
n los meses siguientes ambos viajeros galos residírán en Tokyo, Kyoto, Ise, Osaka y Kobe, enfrascados por completo en un valioso estudio gráfico que sin duda les aportaría una extensa y poética visión de un Japón tradicional desconocido para occidente.
Félix Régamey estaba realmente impresionado, en aquellos días el mundo oriental le conmovió enormemente.


Félix Régamey estaba realmente impresionado, en aquellos días el mundo oriental le conmovió enormemente.

Garabateaba febrilmente, sin descanso.
Quería plasmarlo todo en sus cuartillas, para ello no dudaría en zambullirse junto con Guimet en los ambientes más populares frecuentando callejones, talleres, hogares, tenderetes y espectáculos teatrales.

Fotografiaba entusiasmado, dibujaba a placer, sin despertar recelo alguno entre aquella gente prudente y afable que aún reparando en los dos forasteros no les harían jamás sentirse incómodos.



Fue entonces que Regamey atisbó con preocupación esos primeros trazos de un futuro de modernidades que fascinaban al lejano Oriente con su hechizo. La presencia occidental ya era patente en las pequeñas cosas: lámparas de petróleo, sombreros de copa y paraguas que se dejaban ver aquí y allá… Por entonces, no más que indidios.
Pero el antiguo Japón se derrumbaba ante sus ojos y el dibujante lo lamentaba de veras. Había llegado a querer a esta gente y a valorar sus tradiciones y creencias. El sabía mejor que nadie que cruzado el umbral, no habría retorno y la industrialización daría al traste con memorias ancestrales y artesanías milenarias preservadas durante siglos entre haikus y flores de loto.
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