

En la década de los 50, cuando el alojamiento asequible por las carreteras de Estados Unidos aún no estaban en manos de franquicias y cadenas hoteleras, el norteamericano comenzaba a valerse en sus vacaciones de una caravana.
Familias enteras hacían la maleta y se lanzaban a la autopista en sus coches, con un cajón plateado atrás, sonriéndo y cantando con la mirada al frente y la casa acuestas.


Situado tras una gasolinera en un desvío de Old Douglas Road, contiguo a un cementerio y a menos de 2 kilómetros de la ciudad fantasma de Bisbee en el corazón de Arizona, descansan 10 remolques de aluminio y un yate varado de madera restaurados hasta el más nimio detalle.


Hace las veces de porche en un intento improvisado de inventar una sombra en medio de la calma absoluta. No se si se ha parado el tiempo o es que en el sur de Arizona corre más despacio quizás...


De frente, no hay más que el desierto extraordinariamente infinito que nos invita a adentrarnos en la soledad del polvo… Y conducimos a Bisbee, una ciudad minera abandonada, ahora refugio de una comunidad hippie frecuentada por artesanos y bohemios de todo tipo.

A poca distancia, carretera abajo, nos espera la frontera con Méjico. La carretera te acoge, sin importar quien seas, saboreando el sol y la tierra libre y sin ataduras.
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