viernes, 24 de marzo de 2017

«LUMINESCENZA» Capítulo 12: "Cayo Vero Próximo".






«LUMINESCENZA» Cap. 12: "Cayo Vero Proximo"
Deinde Magis...










     
¿Cree en el destino? ¿Que incluso los poderes del tiempo 
pueden alterarse por un solo propósito?"

Bram Stoker.                    
                  
                          

          











Cap 12. Cayo Vero Proximo

El plan va sobre ruedas, en cuanto El Magister contactó con Philip Dreyfus, éste desplegó todo una personalidad sanguinario que por supuesto deslumbró a "su nuevo y oscuro amigo". Decoramos su habitación de la pensión con toda suerte de objetos idóneos para un crimen. Sobre la chimenea, colocamos un nudillo oxidado con la etiqueta colgando que decía: 


"Asalto. Tres golpes diez heridas. Puente de nariz roto.Sentencia de 3 meses de carcel". 

Le procuramos navajas, cuchillos, ladrillos manchados de sangre, ganzúas y pistolas. Adornamos las vitrinas con máscaras de asesinos después de sus ejecuciones en la prisión de Newgate como el de Franz Muller quien cometió el primer asesinato registrado en un tren así como un cojín de alfiler bordado por Annie Parker con su propio cabello acusada cuatrocientas veces por embriaguez. También contó con artefactos utilizados como evidencia en casos de la policía dispersos por toda la sala tales como las huellas dactilares y moldes de impresiones de zapato procedentes del delincuente así como la cuerda con la que ahorcaron a Amelia Dyer que arrojó siete bebes al Támesis. Algunas las adquirimos en los callejones de whiteChappel. Si bien, la mayoría pertenecieron a los criminales antes de ser ejecutados depositadas según the Prisoners Property Act en los archivos de Scotland Yard. 

- Le aseguro que nadie las echará de menos - se justificó Peter Wallace restándole importancia cuando recogí el cargamento en la puerta trasera de la sede policial de Victoria Embankment. 

Otro Lackingtonian que se unía a nuestra causa, en este caso movido por una leal amistad. 

- Gracias, Wallace, espero que este incidente no le acarree problemas - señalé con el bastón a un colega distraído que fumaba con avidez en un rincón.  
- Olvídelo, usted no me debe nada - dejando patente la antipatía que el agente metropolitano me profesaba -.  Lo hago por Dreyfus, a él le confiaría mi vida 

Ante tal muestra incondicional afecto, me vino a la mente Gus. Fue tan repentino que me pillo con la guardia baja y me dió una punzada el corazón.

Y es justo por eso que escribo esta historia, necesito desahogarme. Porque fue toparme con Fergus durante la fiesta y reconocer a Gus en cada uno de sus gestos y los demás no lo saben. Chester nos presentó, no sin cierto recelo. Y para mi sorpresa, el invitado me habló con tanta familiaridad que sentí escalofríos. 

- Caramba, Graham, qué mal te veo - noté cierto resquemor, comenzaba el cuerpo a cuerpo. 
- Así es, los vicios no pasan en balde... - in quarta, esquivé el ataque lateral con alegancia.  
- Ni los remordimientos tampoco - touché, me pinchó de lleno. 
- Las heridas cierran - remis, estiró el brazo empuñando mi copa.  
- Pero algunas dejan feas cicatrices... - resemblement, aún me propinaría otra estocada. 
- Podríamos hablar de yodo y sutura durante horas, caballero, lástima que me deba a otros invitados. Y ahora, si me disculpa... - retraite, me retiré a tiempo no sin arrogancia.
- Pues no. No le disculpo. 
- ¿Cómo? 
De hecho, tenemos una partida de ajedrez pendiente.  
- Creo que hemos víctima de un pequeño malentendido. 
- ¿De veras? 
- Desde luego, my lord. Estoy seguro. 
- Tómese su tiempo, Graham. Acomódese en la buhardilla y haga memoria. 
- Me aguarda el embajador de Birmania, he de hacerle los honores. 
- Una excusa particularmente lograda, Graham, compruebo que conservas tu ingenio.
Perfecto, así serás un digno adversario. 
- Sigo sin entender... 
Corrupta est veritas et mendacium ut cum silentio. Cayo Vero Próximo. 
- Basta de acertijos, no estoy para bromas. 
- Ni yo tampoco. Jaque al rey. Intenta escapar. No caerás ni hoy ni mañana, puedes tomarte tu tiempo. Entretanto, me entretendré con piezas menores... Seamos galantes, las damas primero.  

Desabrido, le di la espalda. Mi alma hecha pedazos, no pude ni despedirme. Busqué a Anya desesperado, disimulando tomé un Sherry de su bandeja. 

- ¿Estás bien? - le tuteé, no pude evitarlo.  
- La jadarita me hierve como un volcán - me enseñó el dedo, lo tenía rojo e hinchado.  
- Claro, porque él está aquí. 
- Lo sé - le miró de soslayo. 
- ¿Te ha reconocido? - la miré fijamente - De ser así, corres peligro.  
- No lo creo - se encogió escondiéndose tras unas gafitas de pega. - Ignora a los criados, no le interesan lo más mínimo.   
- No te preocupes por mí, estaré bien. Cuídate tú, pareces al borde del colapso - me habló con tanta ternura que la habría besado ahí mismo delante de todos pero me contuve.
- Me acababan de partir en dos con un florín invisible...  
- Ya veo, puedo leer el terror en sus ojos.  

Y La Jadarita estaba en lo cierto, aúnque mis ojos podían decir muchas más cosas. 

De un lado, Anya me gusta. Fue verla despojada de todo artificio, sin maquillaje ni avalorios, y descubrir en ella a la criatura rebosante de vitalidad digna hija de la tierra. Su piel emanando ese perfume floral, afín a la madre naturaleza. Hacía tiempo que lo sospechaba y por fin me rendía ante lo evidente. Tardé en digerirlo porque no soy bueno para ella, no le convengo. No podemos estar juntos o la destrozaría. Mi preciosa Anya se merece algo mejor. 

Por otra parte, está Fergusson acosándome. Salvo por ese acento extraño propio del continente, diría que es la viva imagen de Gus. Y quiere algo de mí... Nada bueno. Me invita a un juego perverso en el que aparezco como único rival y no me gusta. ¿Por qué yo? Si se tratara de Gus... ¿De verdad me odia tanto? Éramos niños y estaba asustado. Han pasado venitidós años y todavía sigue mortificándome la escena. Tanto, que le temo como aquel último día en el que nuestra burbuja reventó y mi inocencia se fue al traste. Le odio y le extraño por partes iguales. Claro que si viene a rendirme cuentas, lo entiendo. Obré mal y le fallé. De ahí que le tenga siempre conmigo, presente como una sombra.  Cómo podría él llegar a olvidar si yo aún no me he perdonado. 

¿Y si tengo razón? ¿Y si se trata del propio Gus que ha vuelto a vengarse? En tal caso, estoy involucrado en esto desde el principio. Fue él quien me atrajo hacia sí y le he seguido como un cervatillo estúpido. Me pregunto si aún puedo renunciar a este singular tête a tête... Y de rendirme, si él seguiría adelante... 

Aún me acuerdo de nuestra última tarde juntos, Gus y yo. La tengo metida aquí dentro y no la puedo tragar. El torreón a oscuras, la lámpara de pie intermitente... "Es una llamada" me dijo. Hablaba en susurros de un modo inquietante. 

- ¿A quién llamas? - me pudo la curiosidad. 
- A las titilantes estrellas - me contestó con solemnidad - Las mismas que de un tiempo a esta parte "me hablan".  

Apagaba y encendía, cada vez con más ímpetu. Coincidiendo con las intermitencias, Gus entró en un estado febril. Jadeaba, respiraba con dificultad. Se ahogaba, estaba muy nervioso. Así y con todo, logró enviar un mensaje en morse al cosmos en señal de respuesta. 

- ¿¿¿Cuando??? - les preguntaba insistentemente. 
- ¿¿¿Dónde??? - inquiría al firmamento exponiendo su alma desnuda al mismo cielo. 

Justo entonces, en medio de aquel diálogo universal, fue que mi primo comenzó a babear. Tenso, con los ojos fuera de sus órbitas y con los puños cerrados se retorció como poseído mordiéndose con saña la lengua. Y sin querer fui testigo de cómo le invadía una fuerza descontrolada. 

¿Por qué le hicieron eso? Sí, me refiero a las estrellas. ¿Acaso no les trató con el debido respeto? ¿Las ofendió de alguna manera? Lo sé, suena estúpido de la pluma de un adulto. Pero a mis ocho años, cobró todo el sentido del mundo. Desde entonces, tengo por norma no bromear jamás en campo abierto. Tal como se las gastan allá arriba... Créeme, mejor así.. Pues está demostrado con irrefutables datos empíricos: Las estrellas, me consta, no tienen sentido del humor. 

Y ahí no acabó todo, la noche se cebó con el pobre Gus. Entre convulsiones mi primo terminó por desplomarse sobre la cristalera que estalló en cientos de astillas de vidrio acompañada de un estruendo atronador. A lo que siguió un golpe de viento huracanado que despertó al arpa con cabeza de sirena, provocó los acordes de la viola e hizo silbar al flautín. Tembló el jarrón, los cuadros de flores bailotearon, voló el boomerang ida y vuelta, piaron los colibríes... Una escena tan mágica como espeluznante y que me atrevería a calificar como terrorífica de no ser por las sombras chinescas que emergieron de la mampara de Tiffanys... Así es, por un instante tuve la dulce sensación de que en medio de aquel caos aleteaban las luciérnagas. Ellas, o sino sus sombras, algo pequeño escapó de allí para perderse en la oscuridad. Aunque lo sé, nada de aquella noche tiene mucho sentido. Yo mismo, dudaba y me refugié dentro un baúl con la tapa entrecerrada y las manos cubriéndome la cabeza. Y ahí me quedé encogido hasta que vinieron los enfermeros y se llevaron a Gus. El sanatorio permitía visitas, podría haber jugado con él al ajedrez en el jardín mientras se recuperaba... Pero nunca fui, no le llevé su telescopio ni su colección de insectos. Frente a mi, mi único y mejor amigo se transformó en un monstruo y no quise volver a verle. 

De ahí que me tiemble la tarjeta en las manos que me ha hecho llegar Fergusson con su misma letra inclinada y retorcida. 




Gracias por una velada maravillosa, viejo amigo. Un placer volver a verle. En efecto, fui yo quien cogió las fichas de ajedrez prestadas apenas por unas semanas. Concretamente, hasta la mañana del 20 de septiembre de 1870 que LUCIRÁ una nueva era. 

                                                                     Atentamente, Tobias Fergusson   


Escribo desde el invernadero, compungido, ha sido una noche dolorosamente reveladora. Definitivamente, Fergusson es nuestro hombre. Y todo indica que la muerte de Gus a la tierna edad de quince años  de un ataque crítico que derivó en aneurisma no fue sino una farsa orquestada para despistarme. Así que, mientras ideabamos un plan para infiltrar a Dreyfus en la guarida de El Magister, éste se me presenta y retándome, me anuncia una fecha fatídica de fuegos artificiales. ¿Entonces soy el ratón? Me toca y no me atrevo a tirar. 
Cierto, me ronda. Se cree un Dios y está tan cerca... Pero no reescribirá la historia, lo juro. Cayo Vero Proximo no es nombre de César. Al cielo no se le hacen malabares, insisto. Y el estúpido de Gus debería saberlo mejor que nadie.  










* Portada de IRENE SARAVIA, mi directora creativa. Contar con su colaboración, un privilegio. 

























viernes, 17 de marzo de 2017

«LUMINESCENZA» Capítulo 11: Le Grand Buffet.

«LUMINESCENZA» Capítulo 11 
Magna vesperam...










     
“Lo qué es la comida para uno, es para otro amargo veneno". 

Titus Lucretius Carus.                



        

                          

          











Cap 11. Le grand buffet

Y convenimos celebrar la tan esperada fiesta con un solo propósito: atraer a El Magister, fuera quien fuera. El motivo, mostrar mi más reciente adquisición. seis piezas del enigmático ajedrez de Lewis talladas en marfil de morsa y dientes de ballena. Tenía en mi haber cinco fichas: rey y dama. alfil, caballo. torre y peón, una de las cuales estaba astillada y no lo mencioné con nadie, era mi carta secreta. Me las vendió Charles Kirkpatrick Sharpe, un coleccionista de Edinburgo bajo la más estricta confidencialidad a espaldas de la acaparadora Sociedad de Anticuarios de Escocia. Me hice con ellas, sin preguntas. Desde luego, tenían algo arcaico, casi venerable y de inmediato reparé en su individualidad. Pocos saben apreciar el destello místico de un objeto por fortuna yo soy uno de ellos. Llámale si quieres obsesión o más afectuosamente un sexto sentido. En cualquier caso, conocía los relatos antiguos que las mencionaban, las piezas procedían de una cámara redonda de piedra seca próxima a las ruinas del templo Taigh nan Cailleachan Dubha, también llamado ‘Casa de las Mujeres Negras’. Las figuritas rebosaban historia, siglos, tenebrosidad... Todos los alicientes para atraer a mi némesis hasta la cueva del lobo. Sin olvidar que una de ellas estaba seriamente magullada... Aún había algo más que sin duda captaría su curiosidad y es que las tallas poseían una belleza casi dolorosa. De porte altivo, osado, despedían una arrogancia que rayaba en lo prepotente. ¿O lo hierático de sus brazos y la tensión de su cuello eran pura expresión de miedo? En contraste con la frivolidad de una fiesta, sus caras lucían una inquietante expresión de asombro. 

Eran mi cebo. En concreto, una de ellas. Las coloqué en un lugar de honor donde contaba que confluyeran todas las miradas. A modo de trino visceral, funcionarían como una llamada. Qué no la única... Pues las baldosas del suelo de mi pequeña Bengala eran lo más parecido a un campo de minas. Una trampa tras otra encaramadas a cada marco o estante. Cada adorno, un pequeño capricho malsano capaz de saciar lo podrido de un corazón. Nuestros métodos, más que dudosos. Muy propio de mi, jugar a verdad o mentira. El hurto, un hábito infravalorado. El tedio, fuera de lugar. La guerra de Crimea, un paseo para señoritas. La velada en sí prometía ser memorable, incluso reveladora. Brillante tragicomedia... Un tiempo para recordar. 


Y llegó el gran día, tan esperado. Lo engalanamos también que todos los académicos y estudiosos convocados sin excepción aceptaron de buen grado sus invitaciones. Les agasajaríamos con una noche en el Rajastán, digna de un virrey. Un festival de ilusión, lujo y exotismo. 
Por suerte, confraternicé años atrás con un aventurero llamado Hampton cuyo testimonio me sirvió de rica inspiración. Hampton me relató, animado por una bodega exquisita, su estancia en la hacienda del mayor productor de índigo bengalí allá por el año 1870. Asistió a una cena angloindia burra khanah donde no junto con el protocolo de la metrópoli, se sumó la nota colorida de numerosos platos autóctonos de Bansberia y Navadwip. Se sirvieron patos salvajes, carnosa codorniz y el más tierno y jugoso hortelano. Mientras un ave exótica coronaba la mesa, moteada de un sin fin de exquisitos manjares especiados que se servían todos a la vez según la costumbre tradicional del Raj, al tiempo que el pato de Bombay picante daba sabor a los viñedos de Lafite o La Rose. Ocurrió durante la estación fría, de ahí que no atrajera a las moscas y se dispusieron a la vez todos los manjares especiados con un surtido incomparable de aromas según la costumbre tradicional del raj. 

Un acontecimiento más durante la temporada de bailes y sin embargo perfecta para emular en esa ocasión. Pues hubo banquetes por supuesto mucho más suntuosos en Casa del Gobernador, fiestas privadas del virrey y toda una serie de recepciones oficiales importantes que ocuparían el primer escalafón en una ridícula carrera hacia el eterno quién es quién. Seguidos de lejos en el escalafón por los bailes militares y privados que competían entre sí para ofrecer la mejor música y viandas sensacionales. Pero no buscábamos deslumbrar el sentido del olfato ni del gusto, nos proponíamos despertar otros imperceptibles sentidos... 

A nadie le desentonaría, el orientalismo estaba de moda. De hecho, se llevaba entre la aristocracia recrear ambientes remotos y exquisitos. Y yo, tan llamado a la exuberancia, por Júpiter que no iba a ser menos. Emulé cada filigrana para dar que hablar a cualquier precio. Así una fila de sirvientes coronados con turbantes conferían al ambiente un aspecto de cuento que desaprobaba Harper. Lo cierto es que me ensañé con él. Fui cruel, se lo impuse. Le obligué a disfrazarse de Khansamah e involucrarse en plena pantomima. Él, un hombre tan austero ataviado como un juglar... Pobre Harper. Si lo hice por diversión por mezquindad, ya no me acuerdo. No sé, supongo que por las dos cosas. También tuvo que ver el que se deshiciera de la lámpara de luciérnagas sin consultarme... Sí, supongo que arrastraba desde entonces una punzada de resentimiento. Pero no se trató de una burla pues yo hice lo propio. Ambos participamos de una impostura común, familiar y compartida. 

Por mi parte, me vestí de oficial del regimiento de lanceros apostado en Bengala convirtiéndome por una noche en el flamante teniente apuesto, repeinado, galante y valeroso que nunca fui. De mostacho imponente, bastón, anteojos. Y por supuesto, leal a la Corona. Por expresa petición de Ahwar, dejé mi habitual sarcasmo en el perchero junto con mi chistera de piel de castor y me esforcé en ser gentil. Fue la única condición que me impuso antes de colgarse de mi brazo. Y pasó lo impensable, tan sublime estuve en mi papel de caballero que Anya me miraba fascinada. Confieso que disfruté por una vez siendo honorable y me pregunté iluso de mí si aún podría enmendarme... 

Junto a Ahwar, hice de perfecto anfitrión. Un privilegio, dejarme ver junto a aquella diosa. Sus curvas, acentuadas. Y un maquillaje en henna negra profunda propio de una pantera al acecho, era como internarse en la selva. Su hechicera presencia aturdía, turbaba... Envuelta en aquel fabuloso sari de seda de Kerala con incrustaciones en oro parecía la mismísima Shiva. Me paseé de su brazo de aquella dama majestuosa mientras Anya se limitaba a servir jerez vestida con un salwar compuesto de amplios pantalones de seda salvaje, túnica y velo. Y en efecto, nadie la reconoció. Cómo podrían si estaba apocada y ausente. Su actitud servil le pesaba como una losa. La pequeña Anya, mi pequeña hada. Comedida en cada movimiento, reprimiendo su naturaleza silvestre... Y enmustió, como cuando cortas una amapola de raíz que enseguida le falta el agua.  Definitivamente, los uniformes nos transforman en nuestra propia caricatura. Enfrentándonos a los propios miedos, cara a cara. Una bofetada sin protección ninguna. 

A todo esto, se demoraba Chester. El librero se haría de rogar con la misma sorna que el susodicho felino en el cuento de Carroll. Sin embargo, nos compensó con una entrada épica. Cuando por fin se dignó a aparecer, su llegada no pasó por nadie desapercibida. Comparecería con un amigo. El Lackingtonian Philiph Dreyfus, hombre de confianza y por añadidura, ferviente shakespiriano. Y enseguida, haciendo gala de comentarios ingeniosos y suspicaces, pronto fueron el centro de atención. Desde luego, mi retorcido amigo, no faltó a su promesa. Ahí estaba, diminuto. Ajeno a mi incertidumbre, deleitándonos con su palabra portando impertérrita su inquebrantable sonrisa. De nuevo, jugaba el Gato Sonriente a escabullirse y prodigarse a voluntad laberínticamente por la sala. A ratos entretenía a Miss Florence Nightingale como haría con Alicia su gato zalamero, alternando sus insípidas charlas con un sherry, un puro, aplausos al pianista o la entrañable torpeza de resbalar con la alfombra.   

Tras romper el hielo con tan feliz ocurrencia, él y la anciana Miss Nightingale ya charlaban sobre Jane Austen como dos viejos conocidos. Un hilo conductor, un corro de lo más ingenuo. El foro perfecto para que conforme avanzara el coloquio, se fueran incorporando otros caballeros: 

- Tanto "Sensatez y Sentimiento" como "Orgullo y Prejuicio" constituyen historias didácticas sobre la virtud prevaleciendo sobre el vicio - adujo el reverendo Harold con asintiendo con la cabeza - Son parábolas modernas llamadas a aleccionar, no hay que darle más vueltas. 
- Sin embargo, yo detecto cierta ironía por parte de la autora en perjuicio del ambiente jovial donde deberían prevalecer las buenas maneras - Mr. Franaghan apuntilló con aire displicente. 
- Obedece al marcado talante de Jane Austen, mujer compleja y frívola donde las haya. Su lectura supone un peligro para las féminas ya que se ríe entre líneas de todo lo convencional - matizó Perkins en voz alta.  

Por un momento, se tambaleó nuestro particular sainete. pues Ahwar que fisgaba de reojo desde el otro lado de la sala casi salta a la greña al escuchar semejante disparate. Afortunadamente, fue Miss Nightingale, sufragista convencida, quien alzó el bastón para pedir la palabra y acaso sin pretenderlo, evitó que mi acompañante montara en cólera abandonando su exquisita interpretación de dulce hija del Rajastán y no faltar su cometido: Infiltrarse entre los demás invitados para controlar con disimulo cierta conversación en el momento oportuno... 

Como cuando Alicia atraviesa una estancia cargante con fuerte olor a pimienta para encontrarse con el Gato de Cheshire quien le explicó dónde vive el Sombrerero donde conversará con su anfitrión, la Liebre de Marzo y con el Lirón... Igualmente, Ahwar saludó cortesmente al librero haciéndose la encontradiza logrando incorporarse al grupo sin abruptos. 
Y pasaron las horas, la plática seguía su curso pasando por ger Freud, así como sus colegas Lacan y Zizek que secundaron sus novedosas teorías. Fue justo entonces que Dreyfus entró en escena según el plan propiciando un entusiasta debate y bordando el papel de su vida:

- Me pregunto si una Máquina Inteligente es real o un sólo un mito - Dreyfus adoptó una más que estudiada pose pensativa que recuerda ligeramente a Hamlet frente a la calavera. 

El Lackingtonian captó de inmediato el interés de los presentes pues naturalmente contaba con un público algo más receptivo que el príncipe danés. Y además, Chester no permitiría de ninguna forma que la duda planteada quedara sin respuesta. 
  
- Por supuesto, el doctor Luigi Menabrea afirmó en una revista científica francesa que construir una versión mejorada de La Máquina Analítica de Babbage no solo es posible sino imperioso. Estamos listos, es el momento oportuno - Chester incitaba así a los presentes a creer en tal posibilidad. 
- Esos cacharros soltarían humo y serían muy ruidosos - apunta con recelo Mrs. Talbot e improvisa un intento desesperado por cambiar de tema - La carbonilla me produce tos y lo que es peor, asusta a los gorriones. ¡Y que sería de Londres sin el canto de sus gorriones! Quedaría huérfana, perdida entre la niebla...  
- Mi estimada Mrs. Talbot, aprecio su brillante alegoría. En verdad tiene usted alma de poetisa... - Ahwar le halaga, sin dudarlo retoma la cuestión en curso y por supuesto, una eufórica Mrs. Talbot no la interrumpió -. Pero esos cacharros, como usted los califica, están cambiando el mundo, querida. Y la revolución mecánica está por llegar. 
- Y si de veras existiera una máquina capaz de desempeñar cualquier secuencia de pasos lógicos, consituiría un hito en la ciencia, amigos míos. Un salto sin parangón a otro nivel del pensamiento - Chester tiró del hilo, había que llegar a buen puerto. 
- Habría que darle un firme propósito, una excelsa misión que desempeñar... - Dreyfus tiró con arrojo el anzuelo ofreciendo un cebo jugoso.  
- Explíquese, Dreyfus. ¿Qué clase de razonamientos podría ejecutar la máquina por sí sola? - preguntó Dowglas Flagerthy con una mueca de asombro. 
- Para ella, no concibo límites. Una vez comenzara su análisis, no cejaría hasta culminar su reflexión por osada que fuera. Superando a la mente humana, por descontado. Incansable. Hasta el final. - - Dreyfus insistía, borracho de euforia.  
- ¿Superando el potencial resolutivo del hombre? - le retó una voz del fondo con cierto aire insolente paladeando el caramelo...  
- Por supuesto. Y prosiguiendo las investigaciones de Babbage, yo mismo podría hacerlo. - Dreyfus apostó fuerte derrochando confianza. 

Chester refrendaría a su amigo, mencionando los postulados de Ada Lovelace a favor de la viabilidad del proyecto. Se entusiasmaría con la idea, compartiría sus expectativas en torno a aquella máquina prodigiosa. También les hablaría de Babbage, creador de su precursora. La prueba de lo posible, La Máquina Diferencial. Dreyfus, recogiendo el testigo, se comprometería a modo de apuesta a fabricar una máquina más sabia que la mente humana, un aparato todopoderoso...

Para entonces, todos escuchaban atentos. Sin excepción, tanto el pez grande y el pequeño. De repente, se respiraba algo más que incienso. El fluir de un ácido, inconfundible... Olía a bilis efervescente. Gracias a la actuación del shakespiriano que estuvo soberbio. A buen seguro, había logrado captar su atención. 

Y como era de esperar, Alguien robó El rey y la torre de marfil de morsa y con su pequeña travesura, se delató. En efecto, Él estaba ahí. Y habiendo magnetizado las piezas del ajedrez, podríamos seguirle la pista. 


Ladies and Getlemen, bienvenidos a Le Grand Buffet. Por primera vez llevo ventaja a La Bestia. Así es, le tengo comiendo de mi mano. Claro que el actor amateur se ha expuesto mucho, quizás demasiado y con singular arrojo acepta el compromiso. Se ofreció de señuelo, está en el ojo del huracán y el viento arrecia... Cautela, Dreyfus, no desprecies al enemigo que incluso el león a veces se alimenta de pequeñas aves...













* Portada de IRENE SARAVIA, mi directora creativa. Contar con su colaboración, un privilegio. 

























  




viernes, 10 de marzo de 2017

«LUMINESCENZA» Capítulo 10. "Stravaganze".

«LUMINESCENZA» Capítulo 10 
Epicurus lege...










     
“Lo qué es la comida para uno, es para otro amargo veneno". 

Titus Lucretius Carus.                


      
         

          








Cap 10. Stravaganze.



Había que abortar un plan maquiavélico, vengar la muerte de Hatchid, recuperar a Anathole, contener el mal, salvar el mundo de modo que nos encerramos en mi casa, sería nuestro cuartel general. Pero la convivencia era triste sino precaria, a pesar de las chimeneas y salamandras, aquello era como vivir en la Antártida. Dos razones, Anya y Ahwar. Entre ellas, no se trataban, diría que se detestaban plácidamente. Había una frialdad entre ellas que ni la más cálida lumbre podía aplacar. La libanesa, aparentemente calma y comedida en cada uno de sus gestos. Anya, una ardilla inquieta apenas sin domesticar.


Son contrarias, opuestas. Dos islas en las antípodas - farfullaba yo para mi mismo. 

- Como el azúcar y la sal... - un Chester irrumpía sigiloso para propinarme un susto de muerte - . Si bien, ambos se diluyen en agua... 
- ¿Qué intenta decirme, Chester? Mi estimado Herodoto, sea más explícito. 
- Debería haber algún terreno donde se sintieran cómodas... 
- Intentémoslo. 


Habilitamos como sala de lectura nuestro antiguo cuarto de juegos en el desván, de Gus y mío. Donde se encerró en los últimos tiempos víctima del delirio y las fiebres. Wells se desprendió del caballito balancín y del secreter y en su lugar habilitó un diván y unos cojines. Y yo, le deje hacer. Todo seguiría ahí, si de mí dependiese. Por suerte, el viejo Wells mantuvo la mesita baja exactamente en su sitio, también el tapiz oriental así como los pufs de cuero rojo repujado y teñido regalo del padre de Gus, de su última visita a la Península de Cachemira.. Asimismo, conservamos todos los libros de Gus, sus maquetas de veleros, telescopios, violines y planetas celestes en miniatura. Rebusqué entre sus láminas e hice enmarcar las litrografías simbolistas de Gustave Moresau, Felicien Robs y Stephane Mallarmé. Luego dispusimos sobre la chimenea las acuarelas de la botánica Marianne North. Y en los estantes del ala estem dispuse la excelente colección de Polymitas pictas de Gus, fruto de su asidua correspondencia con Cuba, con los más bellos caracoles del Caribe de majestuosas conchas de intenso amarillo. Siempre le obsesionó la luz, siempre la luz. De ahí que hubiera en el cuarto tantas ventanas.



- ¿Qué hiciste con las lámparas de pie, Wells? En concreto, la de hierro forjado. La de la mampara de Morris llena de luciérnagas, su favorita.  

- No pudo ser, era... excesiva. 
- ¡Cómo has podido! Si manifesté expresamente que no te deshicieras de ella. 
- De eso hace ya mucho tiempo, señor. 
- ¡Y qué importa! Yo soy el mismo. Las lámparas son las mismas. ¿Lo ves? Nada cambia. 
- Por fin tiene nuevos amistades, señor Graham. 

Las personas no son cromos, Wells, no las podemos cambiar y despojarnos. 
Pero ya está, lo hizo. Y salvo que se me presente aquí y ahora un viajero en el tiempo con su bicicleta ultrasónica capaz de retroceder, me temo que es irreversible y las lámparas seguirán brillando en el opiáceo diez calles abajo. Wells se encogió de hombros y sin ningún remordimiento abandonó la habitación. Y con el aplomo de un joven, sin titubear siquiera se dijo: "Otra vez él, no lo permitiré."

Menos mal que se me permitió conservar la vitrina de los Trochilidaes melodicos, el mejor exponente de aves apodiformes, subfamilia de los troquilinos. Por supuesto, estaban todos disecados, pero áun guardan la magia del Paraíso colombiano de los Colibríes. No lograba desprenderme de ellos, de ninguna forma, pues él adoraba su música sorda y muda. Decía escucharla flotando en el silencio. Concluyó la temida mudanza, sin sobresaltos. Después de todo, no resultó tan difícil. Y una vez acomodada la estancia a gusto de dos delicadas mujeres, invitamos a las damas a tomar el té de las cinco en aquel reflotado refugio con la esperanza de que de nuevo reinara la amistad bajo mi tan querido techo abuardillado y encontraran en ese ambiente de ensueño algún interés común. A modo de encerrona, echamos la llave desde fuera y las dejamos solas Obervando, eso sí, en todo momento. Sobretodo, por si llegaban a las manos. Aunque también, ciertamente, nos movía la curiosidad. Enjauladas, prisioneras. Condenadas a morír o a entenderse. Pudieron matarse y no habríamos llegado a tiempo. Fue atroz, lo confieso. Y sin embargo, contratodo pronóstico, mi maquiavélico plan funcionó. Aunque con matices...


Y ocurrió que las dos mujeres hablaron durante horas. Pero no debatieron sobre misticismo ni largas travesías. Ni tampoco coincidieron en el bello canto del ruiseñor, la alondra o el estornino. Aunque, en cierto modo,... Sí, la charla comenzó a fluir merced a mis pétreos y malogrados pajaritos, así fue como Ahwar y Anya repararon en su común morbosa admiración por la taxidermia y los antiguos rituales de embalsamamiento. Y comentaron los recientes trabajos de Walter Potter y Hermann Ploucquet dedicados a recrear comportamientos triviales del hombre mediante poses forzadas y artificiosas de animales disecados. 

Aunque, para ser honestos, no todas las criaturas corrieron la misma suerte. Algunas tuvieron una vida post-mortem más digna que otras. Ardillas durante una clase magistral en el aula magna, perros solemnes orando en el templo. Colocar aquellos seres inertes en escenarios típicamente humanos se había convertido en una expresión artística peculiar y espero que pasajera. Solo de pensar que son solo envoltorios de piel rellenos de resina y algodón me dan ganas de vomitar. Y sin embargo, mis damitas rememoraron piezas memorables admiradas en casa de conocidos que representando el patinaje sobre hielo de erizos, un aula repleta de aplicados conejos o una boda oficiada por un gato siamés, iluminaban un rincón sombrío del despacho o un recodo de la sala de música. 

Conversarían hasta descubrír que ambas frecuentaban los cementerios compartiendo la costumbre de celebrar picnics color pastel entre lápidas masonas para en la sobremesa jugar al escondite y leer en voz alta poemas de Keats a la sombra del sauce. Tal era su afición que incluso planearon cazar patos, hacer carreras de yorkshires en el camposanto e idear un laberinto en una mañana soleada preferiblemente. Por suerte, amenazaría con llover a diario durante durante las dos semanas siguientes. Me alegro, por las desdichadas almas errantes. 

Por lo visto, tampoco ninguna de las dos resultó inmune a la fiebre del helecho que azotó Inglaterra como las plagas de Egipto. Y no me refiero a un virus ni a una reacción alérgica sino al dudoso placer de la pteridomania, el arte de peinar bosques movidas por unas ansias irreprimibles de recolectar la planta primigenia. La moda comenzó con el naturalista Nathaniel Bagshaw Ward quien solía cultivarlas en terrarios. Y en pocos años, las muchachas más audaces ya recogían helechos por los alrededores pues alegando esta socorrida excusa se les consentía permanecer al aire libre sin apenas supervisión.

También se congratularon de atesorar otra misma diversión consistente en recoger algas a la orilla del mar para coserlas al papel y elaborar álbumes de scrapbook. La dificultad del material hacía de su manipulación un collage particularmente gratificante, no sólo por el extraño color sino por la particular forma de cada espécimen. Así como por su estructura interna gelatinosa que exigía una gran destreza. Si se presionaba demasiado sobre papel, era aplastada contra la página. Además, eran amalgamadas entre hilos multicolores. Su diseño de palabras y motivos florales presentaba todo un desafío.

Una cosa les llevó a otra y cuando nos quisimos dar cuenta, ya estaban disponiendo diatomeas en placas de vidrio y mechones de cabello para elaborar preciosos bouquets naturale de efecto caleidoscópico. Comprometiéndose, en breve, a elaborar otros diseños microscópicos, incluyendo escalas de mariposas, algas e insectos. Y puesto que el número de patrones era ilimitado, soñaban con incorporar miles de bellos elementos en una sola diapositiva. 

Por último, las dos se deshacieron en alabanzas para la incorporación del cabello en piezas de joyería. Ahwar matizó que la costumbre era ancestral y se remontaba nada menos que al Antiguo Egipto. Celebraron que la práctica se hubiera recuperado brindando con un licor de hierbas. Para entonces, Chester y yo no dábamos crédito. Privados del habla, por la conmoción, seguíamos fisgando acurrucados a aquellos especímenes hembra tan afines y tan oscuros que ocasionalmente poblaban mi sala de estar. Fragmentos de pelo se tejían en anillos, collares, pernos y cadenas del reloj. Ahwar le mostró a la pitonisa el mechón tomado del cadáver de su hermano prendido de un alfiler formando un aguila real con incrustaciones en plata lucía como recuerdo. Anya, conmovida, le prometió tejer con sus melenas sendas pulseras de amistad. A media tarde, ya parecían dos viejas amigas. Si bien, no mencionaron, salvo la muerte de Hatchid, ni un solo detalle relevante de sus vidas. Sus respectivos pasados continuarían siendo dos campos de minas. 

Paradógicamente, en medio de una conversación tan nauseabunda es cómo las dos mujeres de mi vida terminaron por entenderse. Lo que me hace dudar por su sentido del arte, la estética, incluso la percepción del mundo y su belleza... Con esa inclinación por lo macabro y retorcido creo que en algún punto recóndito de su cerebro albergan un resquicio de naturaleza monstruosa... Pero, a ver.¡Y quién no! Es más, a lo mejor hasta me conviene que no sean angelitos. Porque nos espera una ardua empresa y llegado el momento, necesitaré a mi lado gente sin remilgos. 

Tan embelesadas estaban la una en la otra que ninguna reparó en la esquina en azul plagada de diminutas estrellas ni en el curioso jarrón Kumbha que descansaba sobre la mesita contigua. Lástima, su interés no nunca fue decorativo sino que guarda un símbolo Puránico del enfrentamiento entre demonios y dioses enfrentados en el océano por el néctar de la inmortalidad. Es un objeto bello, espiritual, incluso místico. Común ofrenda en templos y hogares budistas pues encierra el devenir del universo por su poder protector. Pero éste, es inusual. Lejos de traer la paz consigo, causa cierta inquietud. Ya que junto al asiento de Vishnu dibujado en la boca, Indra en el cuello, la Diosa Madre en el centro, Brahma en la raíz, mares, ríos, montañas y los Vedas en su base, héte aquí que había alguien más. Se trataba de un Kumbha Kama sutil, casi imperceptible, pintado en el interior, en contacto con la tierra y el agua. Es Hermano de Ravana, poderoso Dios guerrero que gusta de dormir casi todo el tiempo. Y si un ruido le perturba... Es terrible su despertar.

Allí quedaron algunas acuarelas de Marianne North. Concretamente, las especies de plantas exóticas que fueron bautizadas con su apellido. Areca northiana, Crinum northianum, Kniphofia northiana, Nepenthes northiana y Northea seychellana. Todas, dibujos originales. Aunque solo una de ellas dedicada en su reverso al escocés James Fergusson, redescubridor de la India antigua y gran entendido en arquitectura histórica hindú y antigüedades. No fue un pretendiente, menos aún su prometido. Hay lazos eternos que unen incluso más. Fergusson diseñó el pabellón de espejos de Kew Gardens que alberga los cuadros donados por Marianne, la obra de una vida. De entre ellas, Marianne eligió la Nepenthes northiata para lucir aquella dedicatoria. Planta legendaria donde las allá. También, poderosa y sublime. Flamante y por lo demás, carnívora. Al parecer, la misma que crece sobre hojas de papel calcinadas dentro del jarrón Kumbha dormido en su refugio estrellado. Entre los toscos recortes, aún quedan retazos legibles y un texto que se repite en el encabezado de cada página superviviente. "Recollections of a Happy Life", por Marianne North. Siempre, arriba-derecha, se sucede tullido y superviviente el leve rastro de la misma cotación y título. Aunque, soterrada bajo un manchurrón de tinta deliberado, la palabra felicidad ya no se lee en ninguna. 

Y es que aquel cuarto siempre contó con algo turbador y a la vez fascinante, un aire bañado en lágrimas del mar, vientos de oriente y perfumados secretos. Cuantas horas ganadas y después perdidas bajo aquellos ventanales. Expuestos, como los colibríes en su vitrina, que comenzaron tan llenos para terminar tan vacíos... Ahora, ausentes. Inmóviles. Pero no se puede parar el tiempo y corrió y corrió. Así y con todo, aún evoca juegos, aventuras, un tiempo entre nubes. Húmedo y latente, cual castillo hechizado pendiente de un beso.

Y aquí estoy de nuevo, en pie, treinta años después contemplando los restos del naufragio, lo que queda de nuestro palacio flotante. Ahí siguen los dos pufs rojos de cuero repujado, la cuadrícula del ajedrez en ébano y nácar, el rastro ahumado de un Montecristo birlado al tio James en la sala de fumadores, el rancio sabor pasado de viejas delicias turcas. Todo un mundo brillante aunque diminuto bajo el techo acristalado que empequeñeció sin recurrir a la poción menguante de Carrol. Ocurrió sin más, conforme nosotros crecíamos. Primero, en torno a los dos. Más tarde, solo conmigo. Por eso vibra, lo sé. Mi faro rastrea Londres y puede sentirle. Está cerca y sin pretenderlo, yo he sido el reclamo. Al atreverme a subir después de tanto tiempo... 

Dos torres, un solo tablero. Él, desde su fría atalaya. Yo, en mi alto jardín de secos pájaros cantores y trémulas flores a acuarela. Ellos, agonizantes. Plumas y hojas, sin colorido. Sin embargo, no todo languidece. Noto como se tensan las juntas emplomadas y la cristalera late constante, al unísono. 

Luciérnagas. ¿Escaparían de la lámpara? Menuda estupidez. 

Me pregunto si recordará lo que fuimos... 
La estancia nunca me pareció tan grande. 












* Portada de IRENE SARAVIA, mi directora creativa. Contar con su colaboración, un privilegio. 

























  

viernes, 3 de marzo de 2017

«LUMINESCENZA» Capítulo 9: "Apparatus Volans".



«LUMINESCENZA» Capítulo 9 
Apparatus volans...











     “Si en un interior lo sostenemos ante nosotros de modo que esté en parte a la luz del sol y en parte a la sombra, lanzará sobre la pared un bello arco iris.


Alberto Magno.                

             
       
                          

          







Cap 9. Apparatus Volans


                                                        
Mientras Anya levitaba, los demás leíamos con avidez en el salón anexo el diario de Anathole:

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Londres, otoño del año 1883.              
      
Mi laboratorio era un cuarto destartalado e informe de altos techos, rincones y aristas imposibles en un recoveco de la Facultad de ciencias. Nadie apostaba por mí, todos en el departamento me consideraban algo así como un tosco dinosaurio de otra era. Y cuando los estudiantes distinguían mi silueta espigada al contraluz recogiendo en batín el rocío del alba, se ensañaban conmigo porfiándome con toda suerte de improperios.

Así es, mi estampa les resultaba cómica, creer en la alquimia en plena revolución industrial era tan demodé como acudir a las carreras de Ascot sin pamela floreada. Tampoco ayudó que me posicionara en la academia de ciencias en favor del polémico Anastasio Kircher al sostener que el poder de atracción entre metales se debía a la fuerza del amor, más potente que el magnetismo. El erudito jesuíta llegó a afirmar haber escrito una partitura cuya música neutralizaba el letal veneno de la tarántula y yo le secundé desacreditándome yo solito. También desarrollé delirantes teorías de física aplicada, manipulé metales nobles desprendiendo calores y efluvios. Además, no había sido durante el año en curso un "niño" precisamente "bueno"...  Al parecer, el muy pillo, había jugado con fuego. 


Antes yo disfrutaba con lo que hacía. Preparaba infusiones de salvia, mantecona, pentasites hiprydus y tomillo y vahos con aceite de eucalipto para aliviar el asma alérgico  que al viejo Balance le causaba el polvo de los libros, así como colutorios de polvos de peroxido de hidrógeno y bicarbonato de sodio disueltos en zumo de limón recién exprimido para la dentadura de mi amigo Chester. Comentaba los versos coránicos con Hatchid mientras con el fuelle avivaba la lumbre para forjar una llave maestra capaz de abrir noventa candados distintos. Por entonces, no era más que un humanista trasnochado, un soñador empedernido, un visionario venido a menos. Dominaba  muchas lenguas, vivas y muertas, destacaba entre mis coetáneos en nociones de metalurgia. Estaba versado en todas las artes, claras y oscuras, me describía a sí mismo como "filósofo de la naturaleza".  Y a pesar de todo, nunca conseguí brillar y apenas recibí un apodo mordaz. Me arrinconaron, no me dieron tregua. A los ojos del mundo sería  Anathole, el bufón. Y no es de extrañar, correteando por la hierba en bata, gorro de dormir con pom-pom y babuchas... A decir verdad, sólo me faltaban los cascaberles, 

De modo que cuando Fergus reconoció mi valía y se ofreció a costear mis experimentos, accedí. Creía en mi y aproveché la ocasión. Por fin tendría la oportunidad de liberarme de complejos y rencores y crear algo excelso. Mi nuevo mentor, un excombatiente de alta cuna y mente cultivada, era locuaz y carismático. A su lado, todo parecía posible. Y borracho de euforia, me condujo al umbral entre el Bien y el Mal, Fergus me colocó a un paso al abismo. Pero la decisión era mía...  Y dudé, por algún tiempo. 

Fergus compartía mi fascinación malsana por los escritos de Anastasio Kircher consurados por Los Lackingtonians. Eran libros encadenados y los robé para él. Primero leímos juntos el Magneticum naturae regnum sive disceptatio physiologica. luego se nos revelaron los secretos del Ars magna lucis et umbrae y las delirantes elucubraciones del Sphinx mystagoga... Y en tanto nos afanabamos por desentrañar su esencia, yo me envilecía sin remedio. 

Hasta que en la trastienda de El Templo de las Musas Fergus me regaló el día de su onomástica el anexo por siglos extraviado del Guilielmus Malmesburiensis, Gesta Regum. Lo abrí con premura, olía a frutas silvestres. Entornando los ojos, devoré con ansias aquel capítulo deliberadamente extraviado por siglos. Y al ilustrarme, se hizo La Luz. Entonces deseé conocer los secretos más allá de las nubes. Me postré subyugado ante El Magister, la noche se tornó día y el vuelo en una obsesión. 

Una vez me introduje en La Orden, mudé en alguien nuevo. Me volqué de lleno arduos estudios que me alentaron a emprender una invención olvidando al fiel Hatchid, lo que supuso para Fergus doble divertimento. Dependiendo en lo emocional de mi aliado, volví a otros la espalda. El y su causa lo eran todo, le pertenecía en cuerpo y alma. 

Ya, en solitario, sin apenas conexión con el mundo, hube de sortear algunos tropiezos, en apariencia, insalvables. Pero con la biblioteca de Fergus a mi disposición y su apoyo incondicional, recuperaba el aliento en cada escollo y volvía al trabajo. Superando intrincados galimatías y haciendo gala de un tesón enfermizo, proseguí ideando mi máquina voladora siguiendo la estela del gran Daedalus. A cada paso, Fergus me alentaba y el premio era demasiado jugoso como para renunciar, ya nada me detendría.

Así pues, una nave diseñada partiendo de las notas de Eilmer, un monje anglosajón al servicio de William of Malmesbury, fue cobrando forma hasta levitar una mañana de septiembre en medio de un humo cían cargado de azufre. Yo la puse en marcha y tras experimentar unas violentas vibraciones, se enderezó y en medio de un ruido ensordecedor, el artefacto conseguio suspenderse en el aire. 

- Magia... - comentaban algunos colegas de los aledaños. 
- Alejaos, es algo diabólico - proclamaron los más exaltados, presa de una mezcla histriónica entre el pánico y la excitación.
- No exageren, señores. El experimento se basa, sencillamente, en la fuente pura de vapor - alegué aferrándose a una frase hecha biensonante y de lo más socorrida para explicar lo inexplicable. 

Les brindé algo sublime, etéreo, acariciando la utopía. Demasiado para sus pobres mentes, la mediocridad es un pecado capital. Me referí de soslayo a la Fuente de Energía Pura pues, en su triste existencia, le atribuyen a semejante juego de palabras biensonantes un sinfín de propiedades inimaginables. Y así acallé sospechas sin tener que rendir cuentas, gocé de su admiración sin apenas explayarme. Nada me obligaba a compartir mis descubrimientos con podencos sin nombre condenados al anonimato. Ni tenía el deber de informarles sobre la Nueva Aleación Universal. Hierro enriquecido y níquel... La fusión eterna, inquebrantable. Dura como el diamante y ajena a los campos magnéticos. Mi as en la manga, mi arma secreta. Así pasen los siglos, mi pasaporte a la posteridad. 
          
No insistí en demasía en justificar mis métodos, a pesar de que mi alma herida no deseaba más que sorprenderles. Tras años de marginación, el reconocimiento de los académicos no me era un asunto del todo indiferente. Pero mi inteligencia supera a mi ego y supe exhibirme lo justo, sin mayores concesiones. Mi mayor castigo, permanecerían en la ignorancia. Por eso, lucí mi Apparatus Volans en un instante de gloria hasta que el olor sulfuroso fue en aumento y todos los curiosos presentes cayeron fulminados a mis pies en torno a un mecanismo infernal que rugía como un dragón echando fuego.  

- Gracias por su atención, caballeros - como llevaba puesta una máscara anti-gas, contemplé el espectáculo sin inmutarrme. - Si bien, espero comprendan que sus necias opiniones me aburran sobremanera.

Les dejé con la miel en los labios y una promesa implícita de miedo intenso.

Monté en la nave y al despegar, atravesó la balconada. Fergus pilotaba en la escotilla, nos aguardaba un extraordinario viaje. Jamás alguien surcó el viento a bordo de un ingenio similar, aquella ascensión era un hito sin precedentes. Lástima que no estuviera cerrado el ventanal, la ascensión entre astillas de cristal habría sido legendaria. Pero la operación requería sigilo, Fergus fue muy claro al respecto. Y es que eso no era más que el principio, un pequeño paso de gigante. Para mí, solo se trató de una prueba, ya se me exigiría mucho más en adelante.

- Magnus opus meum, contemplad maravillados 
- Calma, Phelps, ya atronará al oír nuestros nombres - me apaciguó. 
- ¿Y cuándo será, Maestro?. 
- El tiempo corre a nuestro favor, Anathole. Impatiens, no os apuréis por tan poca cosa. La batalla ya está escrita y El dominium tendrá lugar en su debido momento. 

Así fue como ocurrió, por fin la escalera de Jacob se desmorona. Temblad y rechinad, malditos, pues vuestro mundo agoniza y la hecatombe es inevitable. Desde la empatía, os aconsejo: Orad suplicando clemencia para regocijo de El Iluminado. Pues muy pronto la luna vencerá al sol y en vertiginoso declive dará paso al Nuevo Orden. Elegid entre vivir o morir antes de que Mi Señor se adueñe de los cielos y no haya redención posible.

Ave, Dominus. Larga vida en la Senda de la Muerte. 


"Postrémonos de terror ante la brillante estrella, fuente de lágrimas para muchas madres, Hace mucho que no te veía y ahora eres mucho más terrible porque te veo blandiendo la ruina de mi tierra". Malmesbury, Gesta Regum, capítulo 225.


Dejo mi testimonio, a modo de expiación y advertencia.        
Que Dios me perdone. Anathole Phelps.         

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Fueron tres páginas intensas, de dolorosas confesiones que citó un Chester fosilizado y pétreo. Sus venas eran grietas y el éter que despedía comenzaba a resquebrajarse. 

- Sphynx - Solo acerté a decir sonriendo, sin aportar nada nuevo, actué por instinto.   

Honestamente, no fue una exclamación ni un abrupto. Creedme, tampoco una burla. Conmocionado, solo me vino a la mente la imagen de un gato esfinge egipcio sin pelo conocido como Sphynx desde tiempo inmemorial. Criatura estática, insípida, una raza inusual y enigmática donde las haya. Como Chester Rogers, en su conjunto, caballero un tanto atípico de apariencia dispar.  

- ¡Cómo puedes reírte en un momento así! - me reprendió Ahwar. 
- Tras evaluar los daños, querida, compruebo que nuestro Chester sigue pareciendo un felino después de todo y me resulta alentador -. Mi cínico comentario se quedó sin respuesta, Ahwar optó por ignorarme y no pude reprochárselo dadas las circunstancias.   
- No es él sino su sombra, el que escribe - logró añadir Ahwar con ternura en un intento desesperado por mitigar su pena -. Anathole ya no es quien era, Rogers, está como poseído. 

Y mi nueva estatua de hielo asintió clavando sus pequeños ojos asustadizos en el diario de las mil verdades. Ahwar tenía razón, Anathole estaba perdido. El humo le nublaba el juicio. El azufre, los sentidos. Sin norte ni sur ni oriente ni poniente... No miras, no escuchas, acaso olfateas. La muerte huele a rojo y gris y si hay algo más adictivo que la sangre, son las cenizas. 




 

* En adelante, intentaré publicar cada semana para terminar el libro antes del verano. Besos.



* Portada de IRENE SARAVIA, mi directora creativa. Contar con su colaboración, un privilegio.