viernes, 10 de febrero de 2017

«LUMINESCENZA» Capítulo 8: Larguetto Affecttuoso

«LUMINESCENZA» Capítulo 8 
Tacentibus melodiae...











"No basta con oír la Música, además hay que verla".

Igor Stravinsky                     


           

          










Cap 8. Larguetto Affecttuoso


Aquella noche, en mi cuarto de huéspedes, Anya necesitaba respuestas. De modo que se postró de rodillas, tomó la Biblia sobre las yemas de los dedos y leyó para sus adentros el Eclesiastés desde su inicio hasta el número doce. Pasaron las horas y Anya perseveraba musitando aquella repetitiva tonadilla. Y no fue sino con el alba que cayó exhausta sobre la alfombra impoluta, invadida por una súbita sensación de ligereza que la invitó a levitar hasta quedar encaramada al techo. Era y no era ella, experimentaba una suerte de desdoblamiento empíricamente inexplicable. La habitación venía siendo la misma si bien, bajo la luz tornasolada, los objetos se difuminaban a su paso como en una escena imposible del país de las maravillas. La muchacha se sentía libre, jovial. De repente, flotar se le antojaba un juego de niños carente de casillas rojas. A su disposición, un dado en blanco. Y como el espacio ya no era tal, su vista alcanzaba los Cárpatos. Y más allá, un mar de nubes.. Lozana, receptiva, frente a un cielo sin horizonte. 

Pero Anya cometió el error de mirar hacia abajo y contemplóse, a sí misma, cual ángel caído y la imagen la sobrecogió sobremanera. Menos mal que recordó las amonestaciones de su tía Jade. - "Esa barbilla, erguida o flaquearás. Querida, saca pecho. Que tu presencia sea imponente. ¿Comprendes? Domina la estancia, ilumina tu risa. No te amilanes, limítate a resplandecer. Y si han de odiarte, que sea por envidia." - La antigua guardiana era, ciertamente, una mujer compleja. Altiva y distante, como un corzo blanco. Ante todo, imponente. Estriónica. Teatral. Imponente. Deslumbrante. A decir verdad, la discreción no era del todo su lema. Profunda, banal, coqueta y a la vez, poco amiga de zalamerías. A todas luces, un nido de contradicciones. Y sin embargo, coherente. Y por supuesto, de lo más auténtica. Cabalgaba sin montura igual que una Amazona y ningún hombre se le resistió jamás. Salvo... Ufg, no me está permitido decirlo. Alguien a quien, en un momento de debilidad, Jade no solo confió su vida. También le hizo partícipe de cada uno de sus secretos... 


La memoria de Jade, la revitalizó. Y fue entonces que Anya, dolida por la traición de aquel galán sin entrañas, frotó el anillo con inusitado brío. Tía Jade agonizó años ha en sus trémulos brazos de chiquilla... El desenlace de Jade la motivaba, la nueva Jadarita estaba decidida a todo. 

Voló como un espectro grácil y diáfano y con la delicada levedad de una pluma se dirigió al atelier de un anciano ebanista donde manipulaba con sumo cuidado un violín barroco obra del mismísimo Girolamo Amati.“Magistro Hieronimus che fa i liuti“ - Rezaba la inscripción al dorso, se trataba de un ejemplar único. Hermoso, completo y bien ejecutado según los estrictos cánones de belleza y simetría. De línea sensual y curvas excelsas sobre madera de Pernambuco. Como el hombre de Vitrubio, modelo de proporción. Y por añadidura, se trata de un instrumento genuino, anterior a cualquier Stradivarius. Habiendo de ser pulido a la antigua usanza tal como hicieran siglos atrás los grandes maestros de Cremona en la época dorada de la luthería. 

El hombrecillo ya había reforzado los puentes más planos de lo habitual para facilitar las dobles cuerdas. Habría de comprobar los agarres de arco adelantados que permitirían cambios rápidos, seguros y medidos. Debería afianzar las sujeciones arcaicas que sitúan al violín más bajo, casi sobre el hombro, a la manera en que los músicos tocaban ritmos desenfadados durante los equinoccios en los bailes antiguos... Anya contemplaba, sin ser vista, el pulcro trabajo del artesano. Su labor esmerada con el compás recalculando el grosor de las tapas, fondos y aros mancillados por el uso. Su arte manejando de los clavijeros, la cola, el cejill. Con calibre o pié de Rey, escuadra y otros reglajes. Provisto de limas de matricero para los trastes. Sin olvidar la inevitable cejuela. En medio de un fuerte olor a cedro del Brasil de las planchas... Místico. Asceta. Venerable. Que no eterno... 

Pues, de repente, el refugio quedó vulnerable. Desprotegido de las fuerzas oscuras, le fue arrebatado su dulce recogimiento. Y conforme las sombras avanzaban, el artersano palideció. Conocía al visitante, de nuevo bajaría la cabeza. Y en esta ocasión, podía ser castigado puesto que el encargo aún no estaba listo. Se apresura, lija con prisas. El pánico le acecha, le queda poco tiempo. Una vez apartadas las cuerdas de tripa, se disponía a cambiarlas cuando, para su sorpresa, cerró los puños y haciendo gala del mejor de los temples, nuestro amigo se detuvo. Pétreo, se reafirmó titubeante. "No, no lo haría." Claro que se sabía observado... En efecto, un hombre al contraluz de rostro anguloso, surgido de la nada, le taladraba con la mirada desde el rincón. De repente, éste dio un paso adelante, Firme, contundente. Y con él, toda ansia de lucha del luthier se evaporó en un instante. La amenaza había surtido efecto. el luthier se rendía sin apenas rechistar. Alicaído, parecía más viejo. Y una vez aplacado el siervo, todo seguiría su curso. Lástima que claudicara, su disidencia fue más fugaz que la eclosión del hibiscus a eso de la medianoche. 

Obediente, el ebanista recuperaría la concentración. Falto de aplomo, cogería el cabello lacio y negro de la geisha para asirlo al arco sin pestañear a sabiendas de que aquello no estaba bien. La raíz del capilar blanca y abrupta y ese persistente olor a miedo... Todo conducía a pensar que la malograda concubina había muerto a sangre fría. Pero yo no soy quien . se decía - No soy ningún justiciero. Y siendo honestos. ¡Cómo culparle! Ignoró los claros signos de fatalidad y continuó, haciendo lo propio con los hilos sedosos de araña-jirafa asesina de Madagascar. Estaba ciego. O al revés, tremendamente lúcido. Y engancholes con firmeza a cada una de las clavijas, tensando las cuerdas entorchadas en plata. 


- ¿Cuánto falta, Caelsius? - apuntó con severidad el cliente, cuyo timbre a Anya no le resultaría ajeno... 
- Amo, ya casi he terminado -se atrevió a contestar con voz temblorosa el carpintero, suplicante, a modo de excusa. 

Era obvia la incomodidad de Caelsius, así como lo apresurado de ese remate final e imprevisto cargado de doble intención... Anya lo sopesó, todavía había esperanza. Los ojos del ebanista pedían socorro. Y la muchacha, aceptando el embite, se dispuso con absoluta dedicación a escudriñar cada detalle. Caelsius limó nervioso las escotaduras para luego centrarse en embellecer desmesuradamente los calados, dotándo a los surcos de las Effes de una silueta forzada en exceso rococó y  de lo más atípica, con filigranas deliberadamente acentuadas. Así es, mientras el agujero izquierdo mantenia la forma de f convencional, el hueco derecho perfilaba una g claramente perceptile. El ebanista lagrimeaba, consciente de que aquellos desafortunados surcos de contorno inverosímil eran, por sí mismos, una imperdonable afrenta contra el número aúreo y el espléndido orden del fimamento. Mas tenía de plasmar un mensaje de alarma que naturalmente, a Anya no pasaría desapercibido. fg... Era un aviso. Y con ello, el luthier saldaba su cuenta. Definitivamente, no estaba en deuda con el universo. 

Una vez concluído el trabajo, El Amo agarró el violín Amati y sin entrar en valoraciones, entornó el arco contra las cuerdas decidido a actuar sin demora. Y al ensayar unas notas aleatorias, por extraño que parezca, ningún sonido fluyó por el atelier maldito. No flotó la música y lo más raro es que aquel mutismo a nadie sorprendió. No sonaba. O sí... Pues un perro aullaba a través de la puerta. El mirlo chirriaba con una pena infinita. Algo casi imperceptible estaba pasando... Y es que ni la vibración del cabello ni el titile de la seda están destinadas al limitado sistema auditivo de los humanos. Es más, aquella sorda melodía honraba a un solo espectador... 

Se sucedían las primeras notas y a pesar del silencio, el intenso vibratti ya preñaba de inquietud el aire. De inmediato, les invadió una sensación extraña, como si miles de minúsculos aleteos sincronizados, lo distorsionaran todo. En minutos decayó el día y la temperatura descendió salpicando la madera de escarcha hasta la desolación. Y de nuevo, olía a miedo. Intensamente. Por todas partes. Mientras El Amo interpretaba una sonata en sol mayor de Giuseppe Tartini. Tremenda. Inconfundible. Con semejante comienzo, no podía ser otra que Il Trillo del Diabolo. Y bordando el arranque, El Amo emitiría la llamada y el Trino del Diablo estallaría como un chorro invisible de reclamos y caricias, en todo su esplendor. 

El Virtuosi arrancaría con la primera pieza. Un movimiento lento, solemne y rotundo que se acelera súbito en varios cambios de tono agudos sobre agudos vertiginosos hasta el chirrido mudo, denso e insoportable. Así fue, atronadoramente bello. Voilà, Larghetto affettuoso. Vibrante, callado, contenido. Y tan salvaje, tan poderoso, que Anya acabó retorciéndose de dolor. Me temo que ni Anya ni Jade son invencibles.. De ser un hibiscus, marchitaría sin excepción. 

Con un solo interlocutor, el diablo. Una declaración de amor en toda regla. Por el amor de una rosa, el jardinero es servidor de mil espinas. No en vano, hay jardines prohibidos... Un solo pinchazo y te parte el alma en dos. 



"Heard melodies are sweet, but those unheard, are sweeter.". John Keats.








* Portada de IRENE SARAVIA, mi directora creativa. Contar con su colaboración, un privilegio. 













viernes, 27 de enero de 2017

«LUMINESCENZA» Capítulo 7: "La musa de William Turner".



«LUMINESCENZA» Capítulo 7
Non Horizon...











“Misteriosa en pleno día,
la naturaleza no se deja despojar de su velo
y lo que ella se niega a revelar a tu espíritu,
no se lo arrancarás a fuerza de palancas y tornillos.”
                         
Johann Wolfgang von Goethe                    

             
       
                          










Cap 7. La musa de William Turner.



Anya salio precipitadamente de la casa de huéspedes, mirando atribulada en ambas direcciones. Buscaba matones a sueldo, figurines infiltrados en aquel escenario. Si El Magister quería acabar con ella, mejor hacerlo en tierra de nadie. Una señorita fuera de su ambiente vagando sola por un barrio infame. Pero no, al parecer ninguno de sus hombres la acechaba. O por lo menos, no se dejaba ver. 

Entretanto, Anya ganaba tiempo. Mientras se pospusiera cortarle el cuello de cuajo, la flagrante amapola silvestre seguiría en pie. Así es, rezumaba olor a agua perfumada con unas gotas de arsénico, mercurio o bismuto.A saber... ocultas bajo una esencia de rosas. Y es que había adquirido recientemente un frasquito de Beautiful for Ever de Madame Rachel en el número 47 de New Bond Street y el vidrio, en un movimiento brusco, le había estallado dentro del bolsillo interior de la crinolina y los volantes de su flunced dress salpicado de gotas de rocío en azabache. 

Por supuesto, se trataba de una huída en toda regla y solo llevaba un maletín de mano, dejando su baúl en el desván así como sus dos enormes sombrereras. Una costurera al uso no se jacta de poseer objetos superfluos. Y por suerte, Anya aún conservaba el espíritu nómada de sus antepasados. Montó apresuradamente en una discreto cabriolé, temerosa del aleteo de las gráciles mariposas. Embutida en una chaquetilla corta de mangas abullonadas y doble botonadura y un pock bonnet de velo fino que le cubría el rostro. Pasaba desapercibida, podría ser cualquiera. Ya, en el modesto carruaje, sacó las cartas del tarot y, con cierta solemnidad, reprodujo la tirada de El Magister.

Panipen gresité lerele lucue drupo, camble Ostebé sos te diqueles on as baes dor buchil y arjulipé sata as julistrabas, sos te merelees de bocata. Questa, tu Olajai Callí. O lo que es lo mismo: "Mal fin tenga tu cuerpo, permita Dios que te veas en las manos del verdugo y arrastrado como las culebras," Esta es tu maldición gitana" Masculló, casi para sus adentros.  

Encendió una vela y fue dejando caer varias gotas de cera sobre cada naipe hasta que en el puente arreciara el viento, apagándose la mecha de un soplo. Para entonces, ya estaban cubiertas El ahorcado y La Estrella de un velo lechoso irregular y traslúcido formando una cortina de formas caprichosas, como una lluvia de gotas de nieve. Y frías como las lágrimas blancas, acorde con su mirada de hielo.. 

"Que te habite el infierno. Que la lluvia te esquive y tu sed sea eterna. Que la luz no te toque. Que sabiéndote ciego la imaginación se te niegue. Que dependas de otro para cualquier movimiento y hasta tu más mínimo gesto tenga un amo impiadoso. Que las lágrimas se encaprichen dentro de tus ojos." 

Y amparada en los Proverbios 26:29. concluyó, sellando su mal agüero. ¿Acaso, de un plumazo, aquel canalla no le había desbaratado la vida? 

"Como el gorrión en su vagar y como la golondrina en su vuelo, así la maldición nunca vendrá sin causa."

Motivos no le faltaban y ganas tampoco. Estaba justificado, aquel extraño hombre era capaz de todo. Pero El Mal, con el mal se multiplica. Y con la magia negra, no hizo sino avivar las ascuas del fuego maligno. Y se apeó frente a un pub, en la orilla norte del Támesis entre galpones y cantinas de puerto. Diques, gruas, torres de cajas, sacos amontonados y grandes moles de cemento. Fuera apestaba a sal y a humo, tanto que costaba distinguir las siluetas de los estibadores descargando té de las Indias Orientales, azúcar de las Indias Occidentales, té de China, vino de Francia y madera de Rusia. En medio de la bruma, el ruido les precedía y sus siluetas les delataban, adivinándose sus aparatosas idas y venidas marcadas por el ruido de ruedas, engranajes y cadenas que a un ritmo frenético ahogaban la marea. En el nº 54 de Wapping Wall, bajo una sencilla fachada de ladrillo visto y trabajos de estuco, lucía orgulloso un letrero: Prospect of Whitby en letras doradas sobre una sobrefachada de madera pintada en verde inglés.

En el interior, una larga barra salpicada de vasos largos medio vacíos con más espuma que cerveza, mesas toscas de madera maciza, ventanas salpicadas de pequeños cristales y un techo alto de color rojo carmín. Su clientela habitual la conformaban deal porters (o transportistas de madera) que amenizaban desde el alba aquel tugurio con cantos galeses a la espera de ser elegidos para estibar por los capataces.

Anya estaba asustada y esquivó tantas miradas que incluso desdeñó la del propio William Turner que la observaba fascinado. El pintor solía acudia al harbour en busca de inspiración. Por fortuna, no coincidió con el juez Jeffreys, conocido como el juez ahorcador, quien solía apostarse en una mesa junto a la ventana para confirmar los ahorcamientos mientras almorzaba. Aunque la pitonisa sí que reparó en el mástil con la horca que se veía desde la terraza entre desvencijados depósitos de almacenamiento. Y allí se apostó, a la espera de algún trapisondista con el que negociar un pasaje para un barco anclado en las dársenas del Millhall. Flotando entre encajes y asida a un triste vaso de agua con soda, la muchacha estaba fuera de lugar. Una riquísima pie, tierna y jugosa... Eran muchos los que se relamían. 

- Un lugar atroz - pensó ella en voz alta.

- Y sin embargo, no hay lugar mejor para conseguir un pasaje hacia ninguna parte - añadí, haciéndome el encontradizo. - Un aguardiente para la señorita, le dará fuerzas para el mal trago que le espera.
- Gracias, pero no bebo. Por favor, márchese. Espero a alguien.
- Nadie se le acercará mientras yo esté a su lado - saludé al célebre artista en la distancia - Y créame, no pienso marcharme. 
- Gritaré, caballero. Y le pondré en evidencia. 

- Por favor, hágalo, me encanta ser el centro de atención. Total, ¿Qué pueden hacerme?  Unas cuántas magulladuras y a casa, seguro que he tenido días peores. En cambio, a usted... Míre a los ligthtermen, están en su terreno. Son los amos de los Surrey Docks, dictan la ley de los astilleros. Y no suelen tratar con damas. ¿Entiende? Si se toman confianzas, no habrá príncipe azul que se enfrente a ellos.
- Turner no permitiría tal cosa.
- Turner con su pincel, caería kao en diez segundos. ¿Apostamos?
- Es usted un miserable.
- Un miserable con agallas. Salga de este tugurio de mi brazo y luego ya veremos.  
- ¿Por qué me acosa? Si viene a matarme hágalo de una vez, se lo ruego. Y ahorrémonos el palabrerío. ¿Qué pasa? ¿De toda la escoria de los bajos fondos, me ha tenido que tocar un matón discreto? Creí que agradecería tener público, para engordar su ego... 
. Siento decepcionarla, miss Vadar. Pero no me propongo asesinarla, muerta no me sería de gran ayuda. Lástima, no le veo el aliciente. Por desgracia, la sangre no me excita en absoluto.
- Entonces, decidme sin tapujos. ¡¡¡Qué demonios queréis de mi!!!
- Desde luego, no el nombre de vuestro perfumista - Fruncí la nariz en un gesto instintivo, soy alérgico al polen -. Mi querida niña, os lo explicaré aludiendo a Shakespeare. Veamos, del séquito de Oberon seríais... ¡El Hada Primavera! Caramba, eso sí que ha sido brillante.
- ¿Brillante? En absoluto, caballero, su comentario fue inapropiado y desmedido - apuntó alzando la nariz con cierto desaire -. Y lo advertiríais, de no estar tan pagado de vos mismo.
- Disculpadme, Miss Anna, sin querer os he llevado al equívoco. Lo que brilla no es mi ocurrencia, petulante e inoportuna, sino la fabulosa piedra de vuestro anillo. Es lo que me ha traído aquí, Turner me puso sobre aviso.
- No os la daré, significa mucho para mí. ¡Antes muerta! Qué desilusión, de modo que no sois más que un ladrón de medio pelo.
- No me interesa la piedra tanto como su portadora, ella me ha conducido hasta usted. E insisto, la necesito viva. Usted sabe del mito ¿verdad? Al igual que Turner, es un gran viajero.
- No sé de qué me habla.
- Convendrá conmigo en que esa luz no es de este mundo...
- ¡¡¡Olvídela!!! La jadarita solo trae desgracias. La piedra detecta el peligro y daría cualquier cosa por apagarla.
- Pero no puede. Se avecinan tiempos difíciles... Nunca se había iluminado así. ¿verdad?
. Jamás. Y noto su calor, cómo reburjita por dentro... Crece la Luminiscenza.
- Venga conmigo.
- No puedo, juré proteger La Jadarita con mi vida...
- Permítame, al menos, compensarle con un pequeño regalo. Por imponerle mi presencia. Por las molestias...
- Por favor, llámeme Anya. I'm not Anna anymore

Dado que, por circunstancias, se veía obligada a abandonar para siempre la costura, en adelante requeriría de enseres más idóneos para su renovada vocación. Por supuesto, sin ventajas gremiales. Pero heróica, por otra parte. Y ciertamente, de lo más creativa.

Le entregué una daga de hoja curva y para mi sorpresa, tras colocarse sobre las sienes unos ligeros anteojos de niquel ful vue provistos de sendos y redondos cristales opacos de un gris azulado, Anya se puso en guardia y desenvainó con genial maestría. La joven húngara esgrimía un talento innato. En efecto, había nacido para ello. Después, lanzaría las tijeras de modista a modo de dardo para dejarlas clavadas sobre un barril de cerveza. De ellas colgaría su bonete, haciendo las veces de perchero.  


Obiously, aquel accesorio superfluo y almibarado estorbaba a la espadachina. Anya saldría del armario siguiendo la estela del  Karl-Heinrich Ulrich, hasta entonces, el extraordinario e indiscutible rey de las desenmascaradas. Después de tanta floritura, quién lo iba a decir... ¡Vaya con el Hada Primavera!
.


William Turner encontró su musa. Y La Jadarita, por fin se dejó de cuentos.

Colorín colorado, adiós a la glamurosa Anna
Forever and ever, Anya ha vuelto. 











* Portada de IRENE SARAVIA, mi directora creativa. Contar con su colaboración, un privilegio. 

























viernes, 13 de enero de 2017

«LUMINESCENZA» Capítulo 6: "El Señor de los Ejércitos".





«LUMINESCENZA» Capítulo 6 
lucis hyacintho...











           “Sueño no es, muerte no es; quien parece morir, vive. La casa donde naciste,                             los amigos de tu primavera, anciano y doncella, el trabajo diario y su recompensa, todo ello se desvanece refugiandose en fábulas, no se les puede amarrar.


Ralph Waldo Emerson                

             
       
                          

          







Cap 6. El señor de los ejércitos.


La alcoba de Anathole se hallaba en lo alto de un sombrío edificio de piedra anexo a la universidad emplazado en el ala norte, allí se alojaba el profesorado. Aún estaba ahí su bicicleta, por lo que no no debía de andar lejos ni pensaba ausentarse por mucho tiempo. Al menos, no voluntariamente. Y la verdad, no se hizo esperar. Su diario sobre la mesa, estaba demasiado a la vista. Era una flagrante invitación. Sobre el tomo blindado, se suspendían en equilibrio decenas de granos formando una montañita de alpiste. 

- ¿Dónde están los pájaros? Si Anathole se ha ausentado, llevarán días sin comer.  
- No los busques. No encontrarás . A Anathole le turbaban los animales.  
- Discúlpeme, Chester, pero habla usted de él como si ya estuviese muerto. 
- Para mi, lo está. Mira que aliarse con ese fantoche.,, 
- Comprendo. Está celoso.  
- Vamos, amigos, dejemos a un lado los sentimentalismos - así intentó Ahwar apaciguar los ánimos.  
- Discrepo - Chester se muestra distante. - A decir verdad, no somos amigos. 
- En efecto. Si bien, estamos condenados a entendernos, ¿No es cierto?
- ¡Pues centrémonos en lo que nos une! Veamos. ¿A qué tanto alpiste? 
- Si está deliberadamente fuera de lugar, se tratará de una pista. El diario aguarda a alguien y no es un lector cualquiera - de pronto, tuve una intuición más fuerte que mi raciocinio.  
- Si ese diario está destinado a alguien, ese es mi hermano. Era ornitólogo - Ahwar intentó ojear el diario pero no pudo pues atenazaba sus lomos un pequeño candado. 
- Otra bofetada, de nuevo Anathole acudía a otro antes que a mi - Chester, enfurruñado, recorría sin rumbo la habitación. 
- Calma, Chester. Vuelva aquí y no toque nada. 
- Escúchese, sir Graham. ¿Acaso pretende darme órdenes? 

El librero hizo oídos sordos y no dejando de husmear, deambuló curioso por toda la habitación en medio de un ambiente enrarecido. Tomaba trastos al azar y si no concordaban con la imagen previa que tenía de Anathole, los estrellaba rabioso contra las paredes. Hasta que se hizo con una magnífica tabaquera de oro con incrustaciones...  

- Deténgase, Chester. Ya no hablamos de un libro o un tintero, esa caja es una joya de orfebrería. 
- No la maltrataré, descuide - sentí un enorme alivio, mancillar una obra de arte es para mi un acto inconcebible. 
- Necesito uno de esos fabulosos cigarrillos Kyriazi Frères, los mismos que desde Teufikieh hacía traer junto con sedas persas y muscat de batavia desde más allá de la Puerta Sublime  el bueno de Hatchid - Ahwar asintió con los ojos empañados frente a la ventana y al respirar entrecortadamente sobre el vidrio, su  propio aliento se transformó en vaho. 
- No somos aves de rapiña. Un poco de respeto, caballero. Si Anathole estuviera aquí... 
- ¡Pero no está! Ha desaparecido. Sin contarme nada de su vida secreta, ni tan siquiera despedirse  - exclamó Chester entredientes con la mirada fija en el suelo, 

Y de tanto manipular la tabaquera con poco arte y menos destreza, la tapa superior cedió sin previo aviso permitiendo emerger un pájaro autómata del interior.mediante un pulcro engranaje de ruedas dentadas diminutas.  

- Oh, my goodness. ¡Qué ingenio más espléndido! Miren, los puentes que lucen la firma de Jaquet Droz London están grabados a mano con un motivo floral. 

Al tiempo que arrancaba una melodía deliciosa y de todos es sabido que la música amansa a las fieras... Una tregua. 

- Y observen, el mecanismo está dotado de 2x4 camas que se desplazan merced un fuelle y un volante ubicados en la parte trasera capaz de producir un canto prolongado de varios tonos. Extraordinario.
- Y el ave mueve el pico y bate las alas al ritmo de los acordes. Menudo artilugio, tan delicado como sorprendente.  
- Y lo mejor, aquí tenemos al pájaro. Al que nos guía el alpiste. ¿No es fascinante? Anathole seguía el juego a Fergus, pero quizá no estuviera tan convencido después de todo... - Ahwar aún creía en Anathole y Chester recibió su acto de fe como un bálsamo, dejando escapar media sonrisa.  
- Me apuesto mi anillo de prometida a que dentro de la tabaquera hay un mensaje para mi hermano Hatchid. Un dato revelador que nos pondrá en el buen camino - de improviso, sus ojos centelleaban. 
- ¿Acaso no deseáis casaros? Una novia feliz no se desprendería jamás de su anillo de compromiso... Albergáis dudas. ¿Me equivoco? 

Ahwar quedó desconcertada, ante tan sutil estocada no supo qué contestar. Por suerte para ella, algo truncaría tan incómoda charla en un abrupto. Al acabar la melodía, se abrió la caja y en la cavidad... Un objeto captó todas las miradas. En vez de tabaco egipcio, en el interior había depositada una llave que sin duda encajaría en alguna cerradura. 

- Una llave tan pequeña, definitivamente, no abre una puerta - Lo sé, no fui un ejemplo de coraje.  
- Podría pertenecer a un cofre o un baúl - Desoyéndome, Chester miró a su alrededor sopesando el mobiliario.  
- ¿Y si se correspondiera con un candado? - Ahwar de nuevo fue el revulsivo y yo que me creía la privilegiada mente deductiva... 
- Cáspita. ¡¡¡El diario!!! - Entonces lo vi claro, con un poco de retraso supongo. 
- Exacto - Chester asintió con alegría desmedida y como la luna nueva, renació en plata su reluciente sonrisa.  

Y entre dos cigarrillos aplastados a modo de marcapáginas, había plasmados varios capítulos de su vida donde  brotaban en cascada los recuerdos de Anathole. 

- Hacía ya cinco largos años que nuestro cronista escribió aquellas líneas, no sin remordimientos. 
- Fíjense. La letra, empequeñece conforme avanza el relato. 
- Señal de arrepentimiento... - Ahwar apostaba por su inocencia.  
- O al menos, transite un cierto pudor - Chester, más precavido, aún desconfía. 

Y no le culpo. Pues Anathole narra lo ocurrido en Egipto con cierta estupefacción. Consternado, incluso. ¿Pero se entromete? Qué se yo. Saquen, a continuación, ustedes sus propias conclusiones.



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"Beredice,  a 14 de septiembre del año 1866.           

Un grupo de turistas occidentales merodeaban despreocupados por el zoco de Beredice. El pequeño Abdul les guíaba de puesto en puesto en busca de paños, especias, collares y demás baratijas deteniéndose disimuladamente en los tenderetes de sus ocho primos de los que luego percibiría un porcentaje de las ventas. Es extraño, Mr.Ferguson había insistido tanto en incorporar al tour del Nilo esa insulsa ciudad portuaria que el que luego se ausentase debió de inquietar al resto.Y así habría sido, de haber aportado a la comitiva algo más aparte de desdén y desencanto. Yo le observaba intrigado, había algo en él que me embriagaba. Su ostentación... Un poderío... Con su antojo, acababa de contrariar a Lady Willhelmina que tenía otros planes para aquella torrida tarde. Claro que, tras veladas parapetándose en un reservado sin mantener tan siquiera una charla decente, ya nadie dudaba de su falta de decoro ni de sus desvelos por algo más apremiante. 


Desdeñó tanto los deseos de miss Willhelmina que aspiraba dibujar al ocaso los cactus del desierto, como el afán de su padre, lord. Durham, quien, desde su llegada a Africa, albergaba una sola fantasía. Nada que ver con hermosas bailarinas de grandes pendientes dorados agitando velos semitransparentes... No es de esos, le conozco bien. Por el contrario, habría dado gustosamente la mitad de su fortuna a cambio de un sillón de cuero bajo la sombra de una perfumada higuera, el único aroma mediterráneo que soportaba. Sin faltar, de ninguna forma, un vaso de güisqui con hielo

Y es que Tobias Ferguson no había venido precisamente hasta Egipto a hacer amigos, padre e hija le eran del todo indiferentes. Por no hablar de los otros miembros de aquel almibarado círculo, la impertinente viuda y el uraño coronel. A decir verdad, no era nada personal, Mr. Ferguson solo tenía ojos para un mapa manuscrito. Y cuando se desligó de la excursión, dada su escasa popularidad, dispuesto a alquilar un camello a cualquier precio, su desplante ya no soliviantó a nadie, perderle de vista casi supuso un alivio. En su ausencia, era tema favorito de conversación. Mejor así... Nadie sobrevive al más maldito de los secretos.  

-      -  Mira que pagar 8000 dinares por rentar un camello…  - apuntó una airada Miss Willhelmina en tanto se abanicaba frenéticamente.
-          -   Ese hombre, además de advenedizo, es completamente estúpido – corroboró su padre mientras se secaba el sudor de la frente con un pañuelo de cashemire a base de ligeros toquecitos. 
-     - Se lo tiene bien merecido, el muy insolente – añadiría la anciana viuda Mrs. Gladys, acostumbrada a sentenciar a sus sobrinos categóricamente. 
-           -  De haber mediado Abdul en la transacción, ese estirado habría pagado tan solo la décima parte… -  concluyó el coronel Barllet pagado de sí mismo, olvidando que jamás se libra una batalla en las dunas y elementalmente, no hay enemigo pequeño.  

Por suerte para Abdul, Mr. Tobias Ferguson le mantuvo al margen. Si hubiera estado al corriente de sus planes, habría tenido que matarle. Prescindiendo de sus servicios de intérprete, le perdonaba la vida. Nada qué ver con la compasión, pobre excusa de los débiles. De haber llevado pantalón camel, quizás le habría pedido ayuda en la transacción. O de contar con un frasco de perfume ambarino, al menos. Pero para este insólito paseo Mr. Ferguson iba vestido impecable de un blanco glacial impoluto. Y sabía, por experiencia, que los fluidos de un cuerpo estrangulado en contacto con la calima se tornan aún más pringosos si cabe. En suma, no llevaba guantes y al apretar le sudarían las manos… Demasiados inconvenientes. O lo que es lo mismo, argumentos más que suficientes para desistir viniendo de un hombre que se cambia de calcetines tres veces al día y se enjuaga la boca con agua de azahar.

Mr. Ferguson sería sin duda un hombre de difícil trato. Y sus puros en ambientes cerrados olían a rayos, eso era de dominio público. Aunque en lo referente a su apariencia, siempre se mostraba intachable, correcto en grado sumo y aquel aciago día no podía a ser menos. Se propuso no faltar a la etiqueta y eso le honra. En efecto, no todos los días se convoca a las criaturas del inframundo… Tas dormir durante centurias, merecían un gran recibimiento. Lo suyo era ataviarse adecuadamente con un tejido noble, acorde a un acto ceremonial extravagante y grandioso. 

Tobías Ferguson partió hacia el interior alejándose del Mar Rojo y atizando al camélido sin piedad, se distanció de la medina camino de las arenas. Y una vez frente al Templo consagrado a Serepis, se apeó en medio de un paraje desolador: Piedra rendida al sol y polvo, nada más que eso. Lo peor, el aire, que olía a muerte. Hacía siglos que el dios Serepis no recibía ofrendas y en tal ocasión, tremendo fiasco. Tampoco le harían los honores, me temo. Mr. Ferguson tomó la petaca y en señal de burla, empapó los grabados con brandy añejo. El dios egipcio no le inspiraba ningún temor, habría de postrarse como cualquier otro. Acto seguido, desplegó el mapa sobre el altar medio derruido, sacó la brújula y tras cotejar los datos topográficos, se asentó en un terreno colindante donde aguardaría al crepúsculo.  De modo que fumó y fumó, matando las horas. Y solo cuando el cielo enrojeció, se puso por fin manos a la obra. 

Los nudillos en tensión, las pupilas dilatadas...  Dibujó con sangre a las diosas Isis y Neftis con las alas desplegadas, símbolos inmortales del Antiguo Egipto. Esmerose en los preparativos, tramaba algo excelso. Hasta que llegado el eclipse lunar, pronunció despacio aquel oscuro ritual en la lengua de los faraones para terminar con aquella frase que repetiría sin acritud una y cien veces: INTŠ ʽNH mientras su bastón con empuñadura de calavera de ibis golpeaba el suelo con una furia despiadada. INTŠ ʽNH. “Renace, animal” proclamaría a la noche, de ahí que temblaba la tierra y hasta el viento se detuviera en seco por miedo a represalias. 

Si bien, al principio no ocurrió nada. Y no fue hasta hacerse la completa oscuridad que estalló el firmamento convergiendo sus rayos en el bastón que alzaba a modo de báculo. Entonces las bestias despertaron lentamente tras un sueño de 2000 años frente al padre protector. Uno por uno, 86 gatos domésticos, nueve perros, tres cercopitecos verdes y un papión oliva se pusieron en pie con el pelaje erizado, la lengua azul índigo, el iris de un verde hipnótico..,  Definitivamente, eran seres de otro mundo.  La negrura salpicada por cien pares de ojos eléctricos, Nada más lejos de una Noche de Paz. Holy Night... Aún siento escalofríos. Un cementerio ancestral de animales sagrados era profanado mientras el dios Serepis miraba hacia otro lado... Insólito. Anodino. Y es que el dios egipcio jamás volvería a ser quien era, destronado de su propio palacio, reconvertido a mero sirviente. 

Entre todos los espectros, pronto destacaron dos flamantes gatos acicalados con cuentas de cáscara de avestruz así como un extraordinario mono verde envuelto en cadena de hierro forjado con malvasías. Enseguida, ambos se erigieron como líderes de sus respectivas especies haciendo gala de una autoridad innata. Una vez, establecida la jerarquía, Mr. Ferguson contempló sus huestes con satisfacción, consciente de que su tropa inmortal en breve se proclamaría ama de la noche. Y sintió una oleada de calor, cómo una enorme sensación de poder le preñaba la sangre. 

Y es que Chong era de fiar, pero los demás eran unos ineptos. ¿Cuántos de ellos le seguirían hasta el final sin cuestionar la misión? A saber… A parte de Chong, no apostaría por ninguno. En cambio, sus nuevos reclutas eran letales y le acompañarían sin dudarlo hasta el mismísimo infierno. Con total seguridad, le serían incondicionales en la lucha sin esgrimir causa o motivo. Pues todo se lo debían a Tobías Ferguson, no en vano les había devuelto la vida. Sin él, no serían más que polvo. Desde entonces cuenta con leales criados.. Esclavos peludos que sin apego ni memoria le rinden pleitesía más allá de la veneración.

Así es, mal que me pese nos rondan las sombras y tardé demasiado en saberlo. Tobías Ferguson está listo para dar un paso atroz y en cuanto se le nuble la vista y entre en trance… Preparaos. Tendrá lugar. El fin. Es tiempo del Apocalípsis. El Magister sembrará el terror y el mundo vagará en tinieblas. Cuando comience, llegará a su cénit. Por supuesto, no es hombre de medias tintas. Aceptémoslo porque está escrito en la Biblia y así reza el Libro de las revelaciones. 

Y toda criatura, del cielo, de la tierra, de debajo de la tierra y del mar, y todo lo que hay en ellos, oí que respondían: 

«Al que está sentado en el trono y al Cordero alabanza, honor, gloria y potencia por los siglos de los siglos ... 

...Se les dio poder sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con la espada, con el hambre, con la peste y con las fieras de la tierra.»




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Y fue así que Anathole supo de la verdadera naturaleza del Magister.



- Estaba ahí, lo vio venir desde el principio - Chester le propinó un puñetazo a la mesa y en esta ocasión nadie se atrevió a reprobar su comportamiento. 

- Y a pesar de todo, calló, el muy cobarde. Y le dejó hacer.

- Anathole encubrió a Fergus y eso le convierte en su cómplice - apuntó una Ahwar inexpresiva quien a esas alturas parecía implacable. 
- ¿Cómo iba a enfrentarse a él? Era un pobre sabio, frágil como las alas del colibrí - de súbito Chester defendía a su colerrigionario y me confundió tan drástico cambio de actitud. 
- De acuerdo, no es ningún héroe. Pero consentir en la maldad, son palabras mayores.
- ¿Sería Fergus su maestro? - preguntó Ahwar, intentando conocer aquella relación peregrina. 
- Quizás le admirara, aquel extranjero era una fuente de sabiduría. 
- ¿Le consideraría su amigo? 
- !Claro que no! Sería inaceptable - Chester necesitaba negarlo, sin aceptar lo evidente. 
- ¿Por qué creéis que no le delató? 
- Tal vez, por miedo... - Ahwar nos ofreció una justificación demasiado generosa. 
- Más bien, por soberbia. Anathole ansiaba reconocimiento científico - Chester, que le conocía bien, arguyo una razón con bastante más sentido. 
- Algo debió de prometerle Fergus y lo engatusó - afirmé con total seguridad, me han sobornado muchas veces. 
- Después de librar una titánica lucha interior, claudicaría... - tragué con aquello para no herir a nadie pero esbocé un gesto de lo más escéptico. 
- ¿Ahora está de su parte, Chester? - así soy yo, un perfecto "idealista". 
- Sencillamente, lo comprendo. Todos somos vulnerables.
- A ver. ¿A qué? - preguntó Ahwar no sin cierta arrogancia. 
- Al hechizo de la serpiente... O lo que es lo mismo, a las lisonjas del diablo... - intervine brillantemente en un alarde de prosa poética. 
- No todos, caballeros, solo flaquean los débiles - quizás por el dolor de su pérdida o bien, por su gran autoestima, Ahwar se mostró inflexible al respectro. 
- ¿Lobos contra lobos? Recuerden, el hombre en esencia no es malo por naturaleza - Y aullé, regodeandome en la cruel ironía. 
- ¿En verdad eso cree, Ahwar? - Chester no daba crédito -. Ojalá no os halléis jamás en medio de semejante encrucijada o sucumbiréis babeando como un perro rabioso. 

A lo que Ahwar no respondío, se limitó a encogerse de hombros.

Mucho me temo que tenía razón el librero, para cada alma mortal existe una rica golosina. Sea fama, fortuna... Prestigio. O se muera por delicias turcas. Perdónala, Dios bendito. A fin de cuentas, vuestro hermano Simón Pedro os negó tres veces... 

Y dicho esto, Chester tuvo a bien agasajar a nuestra pequeña dama con la sonrisa más triste del mundo.










* Portada de IRENE SARAVIA, mi directora creativa. Contar con su colaboración, un privilegio.