viernes, 2 de diciembre de 2016

«LUMINESCENZA» Capítulo 4. "Anya, la última Jadarita"


«LUMINESCENZA» Capítulo 4 
lucis hyacintho...













            “El hombre tiene mil planes para sí mismo. El azar, sólo uno para cada uno.”


Mencio                     
       
                          

          







Cap 4. Anya, la última Jadarita.


Desde luego, Miss Vadar era la persona idónea. Su tez aterciopelada, el iris violeta. La voz monócroma, cavernosa, la dentadura impecable y ese acento forzado de ninguna parte que flotaba en el aire con sus predicciones. Se trataba pues de una figura singular con un turbio pasado que forjaba aún más el enigma. Y toda aquel aura de misterio... Sencillamente, perfecta. Anya Vadić se había inventado de la nada a sí misma. En un gremio, por lo general, carente de glamour, Miss Vadar resplandecía. Sin duda, la mejor elección. Por supuesto, nadie mejor que ella. Claro que la fama expone a todas las miradas, me temo incluso que a las más sombrías.

Naturalmente, Miss Vadar tenía poco de pitonisa, aunque decía poseer un don que adornaba a conveniencia. Ante todo, era una mujer discreta y en aquella improvisada sesión comprendió que su mutismo era una cuestión de vida o muerte. Si en algo apreciaba su vida, lo olvidaría todo... Callaría pues sin que nadie le advirtiese.

Tan pronto contactaron con ella, la adivina se mostró incómoda. En su trabajo solía avenirse a un protocolo y en esta ocasión le obligaban a renunciar a él sin preguntas. Esta visita rayaba en lo excepcional, acudía a ella a ciegas sin ningún guión escrito. La recogió un extraño carruaje emplomado y sin corceles, tan solo provisto de una vidriera y tres grandes tubos que despedían fuego. Dentro, un pequeño cubículo. Le ofrecieron champagne, que rechazó sin grandes aspavientos. No confiaba en aquella gente. Y una vez a bordo, creyó levitar... Tenía los ojos vendados y como era de esperar, le reapareció ese persistente tic que la afeaba tanto. En efecto, miss Anna Vadar se mordía el labio por dentro compulsivamente hasta hacerse sangre cada vez que se sentía insegura. Y aquella noche, no era para menos. Pues estaba a expensas de un desconocido carente de honor que le imponía sus propias reglas.

Aún así, mantuvo la calma... Anna se aferró al tosco anillo de jadarita, deslucido por los siglos, una joya de familia. Con tan solo frotarlo, decidió que no se derrumbaría. Y con fuerzas renovadas, se concentró en captar a través del lazo de seda que le cubría sus ojos todo cuanto en tu entorno aconteciera. Era tan intuitiva que se regodeó en cada sensación, no pasaría detalle por alto. Sin duda, las ráfagas de luz que pasaban de largo eran destellos de las farolas de gas del distrito de Westminister, también detectó los chirridos de los trenes en Victoria Station. Luego, esa pegajosa humedad que la traía la niebla del Támesis. Atravesaban el río...Más tarde reconocería el ajetreo del Borough Market de madrugada, las primeras subastas de la lonja... Pronto supuso que el carruaje se dirigía al sur para luego virar hacia el este, se lo confirmó el fuerte olor a carbonilla. No cabía otra explicación, ni mil chimeneas asando lechón a la vez desprenderían semejante tufo... Es entonces que el carruaje se detuvo en seco y Anna rastreó como un animal. Apostaría su camafeo a que se hallaban frente a una enorme fábrica en los alrededores de Nine Elms. Y ese golpeteo incesante... Una sala de máquinas, tal vez. "Nadie en su sano juicio se asentaría por aquí salvo que oculte un secreto horrible" pensó, al tiempo que se estremecía de pavor y cual latigazo, le recorrería un tremendo escalofrío.

Una vez en el salón, le despojaron del antifaz y fue presentada a un extranjero que eludió mencionar su nombre. Claro que, a esas alturas, aquel desdén no le asombró en absoluto puesto que no la recibía un caballero sino un rufián, a todas luces y en más de un sentido ya que había tal exposición lumínica que Anna hubiera jurado que era mediodía. Así es, la salamandra rezumaba llamas de siete colores lo que, paradógicamente, no hacía del recinto un lugar más cálido. Ni suavizaba las maneras de su distante anfitrión, un tipo de lo más exasperante... En cualquier caso, poco más llegaría a saber de aquel infame que permanecería de espaldas en su presencia fumando un Montecristo durante toda la velada. A decir verdad, todo ocurrió muy deprisa sin tiempo para charlas ni demás frivolidades. Si bien, pudo hacerse una composición de lugar: En una habitación rococó, un ser ambicioso obsesionado hasta la locura.

- Bienvenida, Miss Vadar, proceda."Tome esta taza y que Dios le haga hablar" así reza el proverbio.  No se demore y lea los posos, encontrará la pieza de porcelana en cuestión sobre la mesa.
- Lo lamento, señor, no practico la cafeomancia. Es una disciplina originaria de Armenia que me es completamente ajena.
- Entonces, hacerla venir ha sido una pérdida de tiempo. Veamos, Chong, llevátela y ya sabes lo que hay que hacer - aspiró el habano y prosiguió hablando, a continuación dirigiéndose a ella. - En tal caso, no me sirve. Desgraciadamente, me veo obligado a prescindir de sus servicios - aquello sonaba a auténtica despedida del mundo, más allá de esas cuatro paredes.

Chong la agarró sin miramientos saltándose el secretismo inicial, al defraudar al fumador había firmado su sentencia de muerte. Tenía que ser útil o antes del ocaso flotaría su cuerpo inerte en los muelles... Apretó los dientes, se estrujó el cerebro como una esponja y ya en el umbral de la puerta, a la desesperada, añadió.

- Aguarde, señor, Escuche, puedo darle lo que quiere - su timbre, dos tonos más agudo. - Le describiré al hombre que busca con tal precisión que creerá tenerlo de frente.
- Sorpréndame, señorita y no solo le perdonaré la vida, será agasajada como una diosa.

Miss Vadar se sentó a la mesa y con un porte en apariencia sereno, acarició el tapete con los dedos. Encendió una vela blanca, también una barrita de incienso y compelió a su anfitrión a que escribiera en un retazo de papel la tan ansiada pregunta. A continuación, barajó el tarot gitano con suma parafernalia y tras elegir al azar cinco arcanos mayores, los depositó del revés. Acto seguido, los voltearía despacio... El loco - La torre - El mago - El sabio... Por el momento, nada concluyente. Temblaba como un merengue.

Por último, apareció "La estrella" a modo de conclusión. ¡Menos mal! Al fin, una revelación que daba sentido a todas las demás cartas. Ya podía disertar sobre aquel hombre y una vez cogiera el hilo, se explayaría de lo lindo.

- El arcano mayor número diez y siete del Tarot es La estrella. El número diez y siete se transforma en el número ocho, que significa en este caso universalidad asentada en el ciclo infinito. Ocho también es el agua de los escorpiones que en este caso está purificada por la luz de las estrellas.
- ¿Quién es? ¿Dónde está? Todo eso no me interesa, le exijo datos concretos.
- "Se trata de un caballero inglés de alta cuna, cínico y almibarado, maldito y encantador, repugnante y bien parecido si acaso es posible. En resumen, una criatura ambivalente con dos caras, capaz de la mayor nobleza a pesar de ser un canalla consumado. Habita en una casa de campo de Blumbsbury custodiada por dos leales sirvientes que por él darían la vida. También hay una mujer que le recuerda quien fue una vez. Y en breve, conocerá a un hombre sabio que iluminará sus pasos... Esto es todo."

- Miss Vadar, no es suficiente. Compréndalo, ha de darme un nombre. Si no me complace, le desfiguraré la cara para que la confundan con una pescadera del puerto. Por su bien, hágase cargo...
- Un momento, puedo hacerlo mejor. Sí, hay algo más. Veo un enorme ave sobrevolando una librería... ¿Le dice algo?
- Ahora sí, daré con él. .

Y así transcurrió una noche de infarto. Al alba, cochero y ocupante regresaron por Grosvenor Bridge hasta una pequeña casita azul al oeste de White Hall donde acto seguido nuestra dama parapetaría durante días enteros. Hasta el martes siguiente, que apenas asida a un discreto bolso de viaje, Anya Vadić renegaría de su alias, abandonaría Londres y en adelante, trabajaría de costurera. A menos que...

A menos que alguien la haga saber quien es y la intercepte en el camino. 

Claro que no había nacido para coser. ¡Cómo negar lo evidente! Anya era una lectora del porvenir, fabulosa coreógrafa de lo probable. Sus ballets, un danzar de cartas volátil, tiempo y papel. Sus ojos, dos velas al porvenir, guía a ciegas hacia lo improbable. Y el esquivo destino, un juego de niños en sus manos prestidigitadoras... Maestra en el Arte de la Incertidumbre. Del tiempo, una estratega. Y sin embargo, a pesar de su extraordinario potencial, El Magister no intentó retenerla, consciente de que, a la larga ella sería un escollo. Es más, un peligroso revulsivo. Descartó aleccionar a aquella singular mujer oriunda de Jadar, sumarla a la causa, convertirla en su acólita leal y sumisa... Un fracaso anunciado, nunca la domaría. Tampoco la mandaría matar porque su poder trascendía a la muerte, mejor lejos que muerta y decidió expatriarla, sin país ni bandera. Un desencuentro de dos almas. El carbón y la plata, el fuego y el agua, el dinosaurio y el meteorito... Nada qué ver, existencias contrapuestas y de colisión, traumática. 

Quizás, porque él se alimenta de odio y Anya Vadić alberga demasiado candor en sus ojos violeta. O por la piedra de su anillo ancestral, la jadarita del oeste de Serbia. De primeras, un mineral insignificante. Blancuzco, terroso e incapaz de emitir, por si mismo, radiación alguna. Carente pues, de toda señal de nobleza. Absurdo, inaudito, se nos hace partícipes de la leyenda de un pedrusco. Sea como fuere, enseguida comprobaría el magnate que sus temores eran bien fundados, ambos resultaban del todo incompatibles. Tanto, que fue marcharse la adivina, caer el habano al suelo e incendiarse la alfombra. Todo, en un fulgor. Nada, en un momento. Mientras, El Magister sufría uno de sus singulares ataques de epilepsia, por lo visto, nada comunes. ¿Fruto del estupor? Podría ser, pisamos un terreno incierto.

Como el Cath Palug, el felino galés que tuvo la desfachatez de enfrentarse al rey Arturo, asimismo El Magister también habría de pagar su osadía. Craso error, confraternizar con La Jadarita, se atrevió a medir sus fuerzas y...  


Según él, no más que una victoria pírrica... 
...Para mí, el fin del principio. 

Acaso una batalla, que no la guerra... 
... En cualquier caso,  meow! 

Una vida menos.












* Portada de IRENE SARAVIA, mi directora creativa. Contar con su colaboración, un privilegio. 

























  





viernes, 18 de noviembre de 2016

«LUMINESCENZA» Capítulo 3. "Anathematis".

«LUMINESCENZA» Capítulo 3 
Iucis caelum...











महान भगवान ब्रह्मा, ब्रह्मांड के निर्माता, उतरा और भाषण लिखने की अपने कार्य के लिए गणेश से मदद प्राप्त करने के लिए व्यास बताया। गणेश व्यास स्मृति द्वारा सुनाई भजन लिखा था और इस प्रकार भरत पंजीकृत किया गया था। गणेश नहीं, इतने सारे शब्दों व्यास की गति से लिख सकता है, या यहां तक ​​कि पूरे छंद खो गए थे।. 
महाभारत                    

                             
El gran Señor Brahmá, creador del universo, descendió y le dijo a Viasa que obtuviera ayuda de Ganesha para su tarea de poner por escrito el discurso. Ganesh escribió los himnos recitados por Viasa de memoria y así el Bharata fue inscrito. Ganesh no podía escribir a la velocidad de Viasa, por lo que varias palabras, o incluso versos enteros se perdieron.
                     Majabhárata                   
               
                          

          







Cap 3.  Anathematis.


Por el momento, en nuestro dulce hogar de almas desoladas no se respiraba precisamente aire de fiesta. Ni Ahwar ni yo teníamos ánimo de conversar y honestamente, éramos un par de extraños si no incompatibles. Si yo recitaba a Keats, ella tócaba el sitar. Mientras yo ensayaba pasos de baile, ella mariposeaba con cascabeles en las babuchas por los rincones. Para ordenar... ¡Qué falta de genialidad! Poner las cosas en un sitio preestablecido, menuda ocurrencia de lo más mediocre. Y con tanto tilín me palpitaba la sien... Con el continuo presagio de la llegada de Papá Noel, creí que me estallaba la cabeza. Así y con todo, soporté su envite con absoluta entereza, sin demostrar mi fastidio, cual genuino gentleman, Hasta una mañana que me quemé la lengua con un sorbo de café, a raíz de aquel pequeño desliz se desató mi ira contenida. Entonces no tuve piedad, mi rostro era de pura furia. Afilé mis sables y katanas frente a ella sin quitarle el ojo de encima... Así la retaba yo a legendario duelo con un gesto claramente intimidatorio. Tengo una habilidad especial para resultar desagradable, practiqué con mi distante padre durante años. Sé cómo incomodar a alguien hasta el extremo sin acaso despeinarme ni perder la compostura.

En respuesta, Ahwar reaccionó satisfactoriamente, sería una fabulosa adversaria digna de mi talento. Con la agilidad de un pajarito fue salpicando las paredes de pequeños marcos color pastel con glicinias disecadas que me cegaban los ojos. Y no contenta con eso, tuvo la osadía de colocar una primera edición de Enma de Jane Austen sobre el aparador mancillando con su ñoñería mi colección catalogada de armas blancas. En consecuencia, me vi obligado a contrarrestar semejante afrenta colgando cuantas litografías de mujeres semidesnudas tuve oportunidad hasta convertir el tabique en un hilarante mosaico de hadas y flores que ambos detestábamos en igual medida. Llegados a este punto, Wells medió con un chocolate de pimienta rosa. Negociamos, depusimos clavos y martillos. Nos concedimos una pequeña tregua, nada exagerado, ella parloteaba mientras yo leía el periódico. Parecíamos un viejo matrimonio que apenas se tolera y sin embargo, por fin estábamos cómodos.
Así es, no nos llevábamos demasiado bien y aún así conseguímos cohabitar en la misma sala de estudio días enteros. Naturalmente, con libertad absoluta de movimientos y sin inmiscuirnos en los pensamientos del otro. Hasta que un día hasta me fumé del tirón media caja de habanos y el despacho era un palacio de neblina. Entró ella, en un arrebato abrió el ventanal y acto seguido, a punto de estallar la guerra diplomática, de repente callamos los dos. Y es que a través del marco de la ventana, se colaba hacia el interior un ave espléndida que en un aleteo triunfal aterrizó sobre su hombro. Me quedé conmocionado, lo nunca visto. Un ser alado, sagaz y poderoso, de sobrecogedora grandeza y cercano al mito se precipita dentro de la habitación y se posa sobre mi invitada... De infarto.

Movido por la histeria y con un febril instinto de supervivencia, me dispuse a arrojar al susodicho un cenicero de bauxita cuando la muchacha, serena, alzando el brazo me lo impidió. Y menos mal, tengo tan mala puntería que podía haber herido a Ahwar. O lo que es peor, golpear la cristalera de William Morris y eso sí que habría sido fatal, toda una catástrofe. No solo por la obra, espléndida. Sino porque la sala estaría helada, resultando insuficiente la chimenea. En cualquier caso, me detuve, evitando múltiples desenlaces esperpénticos. Y entonces ella me contó que aquel ave majestuosa era el halcón de Hatchid, su fiel compañero. Ignorando mi cara de estupor, la muchacha se explicó con total parsimonia. Por lo visto, rapaces y hombres llevaban conviviendo en la familia Pamuk siglos y siglos durante generaciones. Ruk, que así se llamaba aquel pájaro descomunal, tenía la mirada de hielo y lucía un plumaje cristalino. Bendecida en las cuevas budistas de Ellora a las afueras de Auranghabad según el ritual de la luz en honor al ave solar Garudá y la serpiente Naga, pertenecía a una estirpe de pájaros legendarios presente en el quinto libro de Simbad y en los relatos marineros. Desde luego, no se trataba de una mascota al uso. Más bien, era un guerrero nacido para proteger a su amo. Su misión obedece a una tradición milenaria, cada Pamuk cuenta desde siempre con su ángel custodio


- Si Hatchid murió, entonces Ruk fracasó. 
- Y está dolido, sabe que le falló y es por eso que se le caen las plumas. 

Me fijé en las calvas del animal, daba verdadera lástima. Se le veía mancillado en lo más hondo. Y le comprendí, a fin de cuentas Hatchid enfermó en mis brazos y yo tampoco supe defenderle. 

- Y ahora Ruk languidece... 
- Así es. Y él también morirá si no le acepto como guardián, buscaba un Pamuk a quien cuidar y me ha encontrado.

Al parecer, la caravana de la familia Pamuk partía históricamente de Antioquía, pasaba por Baalbeck y Palmira, atravesaba Mesopotamia, a lo largo de Nisibis, Ctesifonte y Seleucia y penetraba en la meseta del Irán, pasando por Ecbátana, Ragas y Hecatómpilos. Cruzaba después El Jurasán por Nishapur, cruzaba el Turkmenistán Meridional bordeando el Oxus para luego ascender hasta Bujara, alcanzar la Sogdiana por Samarcanda y llegar a la cuenca del Tarim en Kashgar en la remota región de Sinkiang cerca del Tibet. Allí cambiaban coral, ámbar y lana por especias, ébano y piedras preciosas de la India así como hierro de extraordinaria pureza, pieles raras, sándalo, agujas, aceites y barnices procedentes de Extremo Oriente. Si bien, el material más preciado eran los tejidos de seda chinos, especialmente los brocados de Shang-du que por sí mismos justificaban todo el viaje. Y una vez realizado el trueque, sus camellos bactrianos, cargados de seda, partían de vuelta a occidente desde la capital de Han a través de Kansu, Samarkanda y continuaban por Antioquía hasta la costa mediterránea... En resumen, recorrían medio mundo.  

- En territorio chino, desde los tiempos del Emperador Wu-Di, la ruta estaba jalonada por una serie de fortalezas y monasterios budistas, que protegían a los mercaderes y les daban cobijo, Pero, por desgracia, durante la maryor parte del recorrido no había vegetación; sólo encontraban desiertos de arena, hielo, nieve y glaciares. A veces, los caravaneros sufrían accidentes o enfermedades, toda suete de penalidades asolaban el arduo camino. Otras tantas las caravanas eran asaltadas por bandas de feroces asesinos.

La observaba, estaba preciosa cuando le hiervía la sangre. Los mismos pómulos, la misma boca que Hatchid. Tan apetitosa como la de su hermano, me entran ganas de besarla... Pero siempre mantuve una máxima en el amor, me está vedado confraternizar con dos miembros de una misma familia, rayaría en lo incestuoso. Anwar seguía hablando y hablando, cada vez más efervescente. En algún momento, debí dejar de prestarle atención. y temo que se hubiese dado cuenta porque me escrutaba de un modo... Asentí sin demasiada complicidad. Lo sé, parecía distraído.

- ¿Te quedas tal cual? ¡No reaccionas! Graham, tienes la sensibilidad de un rinoceronte. Veo que no hay nada en el mundo que realmente te importe.
- Chiquilla, eres injusta. En defensa del difamado rinoceronte alegaré que huelgan las comparaciones. Los rinocerontes sí que se comunican entre sí mediante seis intensas vocalizaciones con propósitos bien distintos. Emiten llamadas de contacto, señales de cortejo y aunque no son frecuentes porque la especie se sabe fuerte, también articulan ocasionalmente sonidos de alarma en caso de peligro inminente. No les ofendas, nada qué ver conmigo. En cambio, yo... Sobre mí, poco puedo decir que no me perjudique. Sencillamente, no soy de lágrima fácil. He sido criado en la más estricta contención, cualquier exceso era considerado impolitely y por más que me pese, aún no ha llegado a mis oídos atrocidad capaz de escandalizarme.

Lo que no era del todo cierto. Cierto, su crónica no me impresionó porque ya leí sobre los peligros de la Ruta de la Seda en las memorias de Guillaume de Tyr, Jacques de Vitry, Jean de Joinville o el mismísimo Marco Polo. Una Ahwar decepcionada acarició a Ruk y en tanto le rozaba, recordó algo. Salió a toda prisa camino de su dormitorio y yo la seguí. Deseaba disculparme y no sabía cómo.

- Cuando me fui de casa, dejé atrás muchas cosas y créeme, no me importa. Era un precio ridículo a pagar por retar al destino y vivir una vida de la que por linaje me ha sido asignada - se toca el lóbulo de la oreja tanteando el pendiente de orfebrería regalo de su prometido, una auténtica joya. - Pero no renunciaré al libro de Razmanma que Hatchid me regaló, es una traducción persa del Majabhárata muy querida, Ese libro persa y Ruk son lo único que me queda de mi hermano. Además, es un ejemplar es único y lo hizo traer desde la biblioteca de Chinguetti en Mauritania para mi. 
- Pero estábamos en otra cosa... ¿Por qué sulfurarse por el paradero de ese libro precisamente ahora?
- Fue por el halcón, él me condujo al libro. Hatchid era un gran maestro cetrero, ¿Lo sabías? Tras su entierro, Ruk sobrevoló el cementerio durante días. 

Cómo iba a saberlo, si no acudí al Campo Santo a darle un último adiós a mi amigo. Desvié la mirada, sentí vergüenza. Pero ella prosiguió contándome, sin reprocharme nada, consciente de mi desazón. Lo cual, fue todo un detalle. 

- Luego recordé que en el Razmanma hay un cuento sobre rapaces que Hatchid me leyó una vez: "El halcón y la paloma". 
- Lo conozco, es una historia muy triste y carente de moraleja. Extraña lectura para dedicar a un niño... 
- De hecho, escucharlo me afligió. Entonces él me preguntó por qué estaba tan triste y le contesté aludiendo al sabio Patanhali: "El camino de la evolución es un camino de sufrimiento". 
- Una gran reflexión que, por supuesto, comparto. 
- Pues no deberías. Mi hermano, tras recitarlas, lejos de asentir me reprendió cariñosamente, "El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional", añadió. Son palabras de Buda y con ellas me alentaba a perseverar en mi búsqueda de la felicidad, a pesar de las penurias.


Tras recordar la escena, Ahwar sollozaba discretamente. Yo también me emocioné e incapaz de reprimir las lágrimas, argüí una estrepitosa reacción alérgica a las glicinias con una doble intención... Por una parte, quería parecer fuerte. De paso, contaba con una última oportunidad para deshacerme de esos cuadritos tan cursis... Brillante. 


Sin embargo, ella me caló al instante, lo intuí por su media sonrisa. De inmediato, supo que disimulaba pero no se rió de mi, no era propio de ella. Me atrevería incluso a afirmar que desperté cierta ternura en sus ojos, Es más, rebosaba calor y empatía. Una señorita de casta, preocupándose por los sinsabores de un gañán como yo... Inaudito. Aquella mujer se mostraba ante mí tersa y transparente y fue entonces que decidí confiar ciegamente en ella, casi tanto como en Priscilla, mi idolatrada iguana australis. Y para mi sorpresa, al poco comprobé que la conexión era mutua. Una vez Ahwar encontró el librito en el bolsillo de un abrigo, me lo enseñó sin remilgos. Deseaba compartir conmigo aquel pequeño rastro Hatchid, su último destello. 

Repasamos juntos el libro entero deleitándonos en la exótica belleza de sus 134 ilustraciones. Y estábamos los dos ensimismados cuando ante el colorido retrato del cetrero, la magia se esfumó. Fue un tremendo shock, no estaba preparado para eso. Fue tal la impresión que palidecí, casi desfallezco. Y es que reconocí a Hatchid, aquel rostro cetrino era su misma estampa.


- Interesante. Tu hermano y el cetrero son idénticos, como dos gotas de agua - era algo en verdad siniestro. 

- Yo iría más allá, creo que el cetrero con su dedo índice extendido pretende decirnos algo. Señala al cielo... o al halcón en pleno vuelo... 

- O la parte superior del manuscrito donde Hatchid ha escrito una frase en latín. Conozco bien su laboriosa caligrafía. No me cabe duda, lo escribió de su puño y letra.

Si quis furetur,
Anathematis ense necetur.

- Traduce, Graham. Qué raro... Si estuviera escrito en persa, lo entendería. 

May the sword of anathema slay
If anyone steals this book away.

- "Que la espada de mate en la fe a quien ose robar este libro". Se trata de una horrible advertencia al potencial ladrón de El Razmanma, Hatchid le amenaza con la excomunión. 

- No puede ser, esa actitud inquisitorial no encaja con la personalidad de mi hermano, era un espíritu libre. Él no haría jamás algo así. Además, hay más cosas que no cuadran. 

- Ilústrame. ¿Dónde ves el sinsentido?

- Hatchid no sabía latín. Además, era musulmán y detestaba la excomunión y condena cristiana. 
- Tal vez no le conocieras tan bien como crees... - tocábamos un tema delicado pues la homosexualidad de Hadchid no era de dominio público.  
- Me consta que no me lo contaba todo.... - sabía de su orientación sexual -. Pero mi hermano no desconfiaba de mi, no hasta ese punto - Ahwar se puso rígida, es cierto, pero no percibí rencor alguno.   
- Quizás, utilizara deliberadamente palabras artificiosas para que las desdeñes como tales y busques más allá algún mensaje subyacente. Un secreto cifrado, una especie de adivinanza. 
- ¿Y por qué haría algo así? 
- Por lo mismo que te leyó de niña un cuento sin moraleja. Para avisarte de que el dolor puede llamar a tu puerta... No intenta proteger El Razmanma de los intrusos sino a su queridísima hermana. 

Lo vi, con una nitidez prodigiosa. En efecto, la cita en latín guardaba un mensaje oculto... Si él fallecía y el halcón encontraba nueva dueña, Ahwar repararía en el libro. Entonces estaría en peligro... le ofrecía una escapatoria.

- Hay algo más. Si la amenaza en latín es tan importante... ¿Cómo permitió que se manchara de aceite? Hatchid no era descuidado y esto es una chapuza. 

En efecto, había una gota de aceite vertida sobre las últimas letras de la palabra anathematis.

- ¿Y si lo hubiera derramado adrede? Podría ser parte del acertijo... 
- Y si... Anath - oil... Anathole. ¡Lo tengo! Anathole se llamaba el tutor de Hatchid, ahora es librero en El Templo de las Musas. Es un hombre excepcional, sabe muchísimas cosas y mantiene amistad con personas un tanto peculiares... 
- Es nuestro hombre. Y conozco esa librería. 

Nosotros, perdidos en un mar de sombras y tuvo que resurgir un ingenioso Hatchid desde ultratumba para mostrarnos el camino... Magnífico, arrebatador. Le amaba, de verdad que sí, más que a nadie en este mundo. Quise verle, yacer con él. Me pregunté como sería tener sexo con un muerto en una sesión de espiritismo... Lo consultaría. Aunque me cuidé de pedirle a Ahwar opinión al respecto o huiría despavorida. Claro que ella, por su parte, también "olvidó" contarme que El Libro de Razmanma es El libro de las Guerras. 

Dos amigos con secretos... Inquietante. Y sin embargo, es justo cómo me gusta. A decir verdad, no esperaba menos. Así somos, lince y pantera. Unidos, valga la redundancia, por un maldito-anatema. 











* Portada de IRENE SARAVIA, mi directora creativa. Contar con su colaboración, un privilegio. 

























  


viernes, 4 de noviembre de 2016

«LUMINESCENZA» Capítulo 2. "Doble o nada".

«LUMINESCENZA» Capítulo 2 
Sacri lumine...












        
“El tablero es el mundo. Las piezas, el fenómeno del universo, 
las reglas del juego son lo que llamamos leyes de la naturaleza y el
jugador del lado opuesto, se encuentra oculto a nuestra vista”.


Thomas Huxley                      
                      

                                                                                
                                         











Cap 2.  Doble o nada.


Después de Hatchid, solo hubo lluvia y más lluvia. Al menos, en mi cielo, no el noveno sino el décimo, debí pasarme de largo e internarme en la penumbra. Entretanto no recibí visitas, tampoco frecuenté los bares de WhiteChappel ni aposté a las carreras de galgos. Incluso dejé de pasear por Hyde Park a la vera de Priscilla, mi hermosa iguana australis, la hembra más dulce y leal de todas cuantas he conocido. Mi bella Pris, por falta de sol, comenzaba a amarillear y cuando insistió en entrar por el espejo comprobé que al parecer, estaba más cegata que de costumbre.

Como contrapartida, enclaustrado en casa, saneé mis finanzas, mi renta anual disfrutaba de un remanso de paz y mi contable no daba crédito. Pero aquello era insano, tararear el aria Che gelida manina de La Bohéme bajo las sábanas y releer tres veces The Decameron de Boccacio con una vela en el alda no pintaba nada bien, eran síntomas de desvario. Mis amigos intentaron animarme agasajándome con una visita a domicilio de la mismísima Patty DeYoung. Sí, la cantante de variedades más célebre por sus tres senos que por sus mediocres numeritos de vodevil. Walt y Thomas también probarían a rescatarme haciendo venir a los hermanos enanos acróbatas de Picadilly Circus que sobrevolaron de lámpara en lámpara los altos techos de mi alcoba para luego descolgarse por las cortinas. Les ovacioné, aplaudí con fervor, tenía que hacerlo. Pero igualmente, resulto inútil. Soy un mentecato, de acuerdo, pero respeto el trabajo ajeno pues yo jamás me esforcé en la vida, quizás porque nada me interesó lo suficiente. Primero, Guss... Luego, Hatchid... Mis ilusiones se evaporaron con ellos. Hacía muchos años que no tenía esa sensación de vacío, desde que perdiera al pequeño Guss y con él, mi as de corazones. 

Permanecí en cama durante catorce largos días, ácido e intratable, con el semblante mustio de entonces. Era una grotesca calcomanía de mí mismo, de ese otro Yo que de muchacho todavía sentía empatía. Necio de mi, que por fin me creía inmune... Y fue más bien al contrario, la dichosa herida otra vez no supuraba pus sino bilis. Cargaba con una... No. Dos ausencias. Tan patética resultaba mi estampa que Mr.Wells tomó cartas en el asunto. Tras frotarse con saña las sienes en busca de un plan audaz y cruzar unas cuantas misivas con el director del zoológico de Regent's Park, mi eterno ayuda de cámara idearía una artimaña de lo más absurda. Vuelta a la carga, solíamos jugar a algo parecido. Se presentó en mi cuarto, me aseguró sentirse indispuesto, bebió de un frasco negro que regurgitaba espuma. Y ante mis ojos de niño grande, oculto detrás del biombo chino se contorsionó y gimió al borde del colapso. Pensé en socorrerle pero me abstuve. Una vez sube el telón, no se debe interferir, así son las reglas. Me limité a mirar y contemplé su silueta durante "la transformación", encorvándose y enmelenándose hasta convertirse en simio. Bueno, o eso me dio a entender el octogenario Wells en una especie de broma pesada, tan propia de él que llevaba su sello inconfundible. Como tantas veces, una canica de vidrio rodó por el enlosado precedíendo a la función y ésta no iba a ser menos. De nuevo aquel hombrecillo, a pesar de sus achaques, se proponía despejar mi niebla de mis ojos. Tenía que ser mi Wells, entregado e incondicional. ¿Quién si no? Él, que siempre fue nuestro faro en una infancia sin estrellas.

El anciano me retó y acepté encantado haciendo tintinear la campanilla, a partir de entonces me ponía en sus manos. Me prestaría al juego, por los viejos tiempos. Nadie mejor que él, me conoce bien. Además, me consta, no quería nada de mi. Sencillamente, lo haría desde el cariño. De modo que cuando irrumpió un orangután en mi habitación provisto de cuello almidonado, corbata a rayas gruesas prendida con alfiler, con camisa de organza, chaleco a cuadros del clan Mc Allister y cuatro guantes impolutos no pude sino estremecerme, Wells me sacaría de mi letargo con una sarta disparates. Confiaba en él, aquella pantomima surrealista era en efecto obra suya. Habría sido un magnífico showman en un espectáculo de burlesque, cantaría operettas y musettes, recitaría las andanzas del rey Arturo y sus nobles caballeros, parodiaría al primer ministro... Tal vez durante otra vida en la que no tuviera que hacerse cargo de mí, su pequeño lastre.  

Tomé asiento en el diván dispuesto a dejarme engatusar por sus cuentos como cuando Gus y yo éramos chiquillos. Pero en esta ocasión arriesgaba, apostando por aquella estampa peluda se salía de su habitual repertorio, intentaría lo imposible. Ese mono pomposo encarnaba, al mismo tiempo, tanto a Jekyll como a Mr.Hyde, las dos caras de un hombre atormentado, mi mismo reflejo... Así es, doble moral, doble color. Naturalmente, blanco y negro. Prometía ser un espectáculo único, creado a mi imagen y semejanza. Por tanto, exclusivo. Y por descontado, sólo para mi. A lo que siguió una punzada de dolor... Porque sin Gus, no sería lo mismo. Si al menos, contara con Hatchid...

Pero enseguida me repuse, se lo debía al viejo. A continuación y sin mediar palabra, mi amigo engominado apartó el jarrón, cubrió la cómoda con un tapete y haciendo gala de unos modales impecables para un energúmeno con dos pares de manos y cabellera frondosa, exprimió un limón criollo así como una lima. Acto seguido, agitaría el zumo resultante en la coctelera junto hielo picado, un chorro largo de ron blanco y una pizca de angostura. Para terminar desenvainando un plátano y con total parsimonia, introducirlo en la copa que me ofrecería en medio de una teatral reverencia barroca extraordinariamente ejecutada. Por descontado, sin derramar ni una sola gota. 

Le dí un sorbo. Había oído hablar del Daiquiri de Santiago de Cuba pero aquella reinterpretación superaba cualquier otra versión a ambos lados del Atlántico. Me puse de pie sobre el colchón y entre consternado y divertido, brindé por Jenkings Cox, el ingeniero estadounidense de la mina de hierro donde se inventó aquel mejunje en un intento desesperado por sobrevivir en una isla sin ginebra. Cox era para mi un héroe, había evitado, a mi entender, un drama regional de fatídicas consecuencias, algo así como el motín del té de Boston pero con más graduación etílica. Erguí los hombros, me disponía a beber un sorbo de aquella maravilla cuando me detuve. Ese aroma delator... Arrugué la nariz, restaban ciertos matices. Lástima, una versión tan mona y sin embargo, no del todo conseguida. Pero se podía mejorar... Naturalmente, el mono sonrío pues ese era el plan desde el principio.  

- My dear Wells, te quedaste algo corto en las proporciones. Lo encuentro demasiado suave, le falta cuerpo. ¡Ni que yo fuera una dama del Ejercito de Salvación! Tal cual, es un refresco de pícnic - extendí el brazo, copa en mano. - Vamos, alégrame este jarabe. Requiere algo más de chispa, está incompleto. Cárgalo de ron hasta los bordes. También necesita un regusto a cereza negra, yo añadiría un toque de Marraschino. 

Compelí a un atribulado Wells, un tanto superado por la situación. Le puse en serios apuros, aquello le venía grande. En un amago de reflexión, se rascó la cabeza no consiguiendo sino despeinarse la frente luciendo en adelante un tupé divino. Entonces una mano arrugada asomó del biombo con la ansiada botella de licor balcánico acompañada de una risita viejuna... El director de escena parecía divertido. 

Repaso los gustos de Wells, recuerdo cuáles son sus favoritos. Exige mi interacción, no quiere que permanezca pasivo. Y en cuanto al código de honor, no me perdonaría si desbarato la quimera antes de tiempo: Estudié la situación, puesto que Wells ha adiestrado magistralmente al chimpancé para que le supla con pulcritud no debía desenmascararle, sería poco respetuoso. Así pues, decidí continuar con la pantomima tratando a Wells-Barman como si fuera el genuíno. Hice lo que se esperaba de mí, un tipo arrogante e inmaduro. El simio hubo de aderezar mi copa con un buen lingotazo de licor de caña y lo desempeñó con bastante destreza.

- Sí, esto ya está mejor - pegué un trago contundente. - Atención, hoy es un gran día. Nos hallamos ante el primer daiquiri de plátano de la historia... Magnífico. 

A lo que el mono reaccionó exultante y deduje que las expresiones de júbilo serían comunes entre los visitantes de la jaula o recinto en el que le tuvieran confinado. Por eso le dio por dar palmas y más tarde, volteretas. Un mono ocasionalmente feliz con gran espíritu deportivo... Le adoptaríamos. Por suerte, resultó gustarle el ruibarbo con almibar, los plátanos escasean. Lamentablemente, el verdadero Wells le ha iniciado perversamente en el  espantoso vicio de la achicoria. En fin, nadie es perfecto. 

Y puesto que el ambiente se iba distendiendo y el daiquiri amenazaba con causar serios estragos en un estómago amenazado con comer solo apio de por vida, gocé de mi momento de gloria como si no hubiera un mañana. Y crecido como nunca, tuve unas palabras en memoria de alguien a quien detesto manifiestamente por haber tenido la desfachatez de untar pan con chutney, jamón de york, brotes de lechuga y el resultado, comerlo con las manos. Estaba pletórico, su aberración culinaria por fin quedaría ensombrecida en breve por mi fabuloso cóctel de moda. Llevaba años aguardando una oportunidad semejante y no me privaría del momento, de ninguna forma. 

- Lord Sandwich, mis condolencias. Lamento comunicarle que estúpida ocurrencia de juntar pan con roastbeaf, col morada y mostaza de Dijon ha pasado a mejor vida - suspiré aliviado, aquel hábito bárbaro e inmundo resultaba indecente incluso para mi. 

Entonces me brotó una duda existencial, de repente me creía un genio: Si la Tierra de repente girara en sentido contrario... ¿Desevolucionaríamos? De acuerdo, Wells-simio era una falacia. ¿Pero qué pasa con Lord Sandwich y sus retrógrados seguidores? Ellos sí que eran claros paradigmas de un considerable retroceso. Se lo preguntaría a Darwin, a ver que´opinaba al respecto. Por desgracia, no tendría ocasión pues dada mi futura e inminente condición de declarado "muerto", inevitablemente se resentiría mi vida social, no resultando del todo apropiadas mis consultas científicas a los vivos. Un fantasma ha de prodigarse poco. Trasnochar no sería de buen gusto, ciertamente y menos, bajo la luna llena. 

Si bien, yo ya me hallaba brillante, excelso. Inconmensurable. Tan capaz y ligero que casi podía volar, un astro del firmamento. Y llegados a ese punto de euforia desmedida, poco realista pero a la vez, muy propia del eterno adolescente del el que llevo décadas disfrazado con enorme éxito, ni siquiera mi conversación postergada sine die con el padre de la Teoría de la evolución podía frenarme ya.   

- Avise a Harpper, el mayordomo. - vociferé para que tomara nota el verdadero Wells, a su edad, un poco duro de oído - Con motivo del Nuevo Daiquiri celebraremos una gran fiesta. Desdeñe cualquier decoración frugal. De refrigerio, evite los entremeses habituales, quedando taxativamente vetados los sandwiches de pepino. ¿Entendido? Quiero que de las fuentes renacentistas brote cacao con tamarindo en un jardín con hibiscus, también palmeras y camareros apenas atabiados con plumas coloridas, ofrezcan a mis comensales delicados bocados de frutas exóticas. 
Invitaremos a los de siempre, aunque en es esta ocasión también incorporaremos caras nuevas. Estudiosos, doctores, personal académico... Hombres de ciencia, en definitiva. Suyo es el futuro - el mono me miraba atónito con las cejas alzadas y los ojos como platos -.  ¿Cómo? Percibo cierta indecisión... Por Dios, Wells. ¡Improvise! No sea tan estrecho de miras, corren aires nuevos. 

Mi creciente entusiasmo por la ciencia me delató, noté que me ruborizaba. Nunca fui un visionario, el avenir jamás me intrigó lo más mínimo. Y sin embargo, de pronto, ese repentino interés por mil estudios novedosos y otras tantas líneas de pensamiento... Me escuchaba y no me reconocía. Así es, ese maldito lunático no podía ser yo. No obstante, no flaqueé y renegando de todos mis principios, proseguí en la misma línea. 

Presiento que el daiquiri de plátano será la copa predilecta de espías de etiqueta, ladrones de guante blanco, mafiosos sicilianos, traficantes del caucho, magnates de los astilleros... Así es, doble moral, doble licor. Nada que objetar, tan solo son criaturas complejas como yo. Personajes influyentes, de ellos depende que el mundo gire en un sentido y no en otro. Adelante. ¡Qué sean bienvenidos!  Es más, deseo conocerlos a todos. 

Por supuesto, a nadie engañé. Tampoco tenía a quien, el pobre mono no cuenta. En efecto, aquello sonó muy raro incluso para mis oídos. En Sodoma, una recepción seria... ¿Y para desconocidos?... Hasta el Wells de pega sospechó, no se le escapó que tramaba algo. Simplemente, lo sé, no sabría explicarlo.... Quizás por un balbuceo quejoso o por el consiguiente despliegue de labios a modo de sonrisa payasil. O porque en el fondo de mi ser me sentía un farsante. Apuré el daiquiri de plátano, convencido de que era perfecto para mí. 

- Otro más y lo veré todo doble. Idóneo para este menda y demás fantoches como yo.  

Todavía en batín, insté a un mono atónito a actuar con premura -. ¡Cómo! ¿Aún ahí parado? Diantres, Wells, reaccione. Tómese una achicoria con Harpper y póngale al corriente de todo lo dispuesto con pelos y señales. 
- Igijigiji Gijigi Jigiji Gííííííííí
- Por Dios Santo, qué risa más estúpida. Y por lo que más quiera, deje de enseñarme los dientes.  Uhm, mire que se lo advertí... Y encima, la lengua azul. Obviously, demasiada achicoria. 

Tres horas después estaba afeitado y aseado mirando a los transeuntes, hecho un figurín. Fue entonces y no antes cuando percibí su presencia por primera vez, me sentí observado. pero lejos de alarmarme, opté por la diversión dedicándole a mi voyeur, afín u hostil, un strepptes de lo más elaborado con coreografía propia... Permaneció inmóvil detrás del visillo en el inmueble de enfrente hasta me asomé al ventanal e hice que me caía. Entonces salió de su escondite y gritó señalándome y pidiendo ayuda. Entonces comprendí que no se trataba de un esbirro enviado para vigilarme sino de una muchacha de piel tostada con unos rasgos reconocibles y un corazón enorme. La reconocí, había visto su foto en casa de Hatchid, era su hermana أحور Ahwar cuyo nombre significa Rayos de Luz... Lo ví claro, era cosa del destino. Cierto, jamás creí en los hados y puestos a creer, no debería desdeñar que en inglés significa Guerra... Pero acababa de romper con todo, una transgresión más a esas alturas era del todo indiferente. Además, si el azar me había salvado la vida, convine que apostar por Ahwar sería para con él mi pequeño homenaje.  Así que confié en las coincidencias cósmicas y la dejé entrar en mi vida. Me presenté como un buen amigo de Hatchid y ella se limitó a sonreír. Para qué negarlo, sabía perfectamente quien era. La encontré empapada, le ofrecí ropa y cobijo. Necesitaba saber, igual que yo, de modo que la acogí en mi casa y de la noche a la mañana se convirtió en mi asistente. 

A Wells le complació la noticia, también Harpper parecía esperanzado y desmanteló deliberadamente la antigua habitación de Gus para que hiciera las veces de despacho. Al principio, me enfurruñé. ¡Cómo se atrevía a hacer tal cosa! Aquello era una profanación en toda regla. Durante dos semanas no logré atravesar el umbral, al mes conseguía permanecer de pie junto a la pared sin tocar una silla tan siquiera hasta que un día Ahmar movió sin querer uno de los trenes de juguete de Gus sobre el estante y estallé de ira... Al rato, recapacité, le pedí perdón durante la cena y fue entonces que por fin comprendí. Gus no volvería jamás y yo necesitaba otro compañero de juegos. En adelante, Ahwar y yo maquinaríamos juntos mientras Harpper y Wells, al fin relevados de mi díscola crianza, envejecerían un poco menos. 

Preparamos en tándem los detalles más osados de la fiesta, derrochamos ingenio, tiempo y dinero en nuestro afán por adquirir maravillas capaces de fascinar a unos invitados tan ilustres como selectos. La sorpresa no era suficiente, teníamos que embelesarlos, cuativarlos, precisábamos de una maniobra de seducción y en eso yo soy un experto. Les llevaría a mi terreno. Música tenue, mujeres fáciles, bebidas sugerentes, un crisol de sombras y bajarían la guardia, los tendría a mis expensas. Una vez propiciado el climax, llegaría la ronda de acertijos y adivinanzas para alimentar sus egos, retaríamos a los asistentes con toda suerte de mapas, criptogramas, laberintos y demás galimatías con el propósito de identificar a El Magister y pagarle "generosamente" con su propia medicina. Sentí la tentación de ponerle cara, deseé con todas mis fuerzas que fuera el ganso de Lord Sandwich pero erre, sin duda nuestro hombre era alguien mucho más suspicaz e inteligente. Secretamente, albergaba un temor... Por nada del mundo podía tratarse de Guss, no lo soportaría. 

Aún hoy pienso en ello y ahora que intuyo Su Nombre, no puedo evitar reír de puro sarcasmo. En realidad, estamos fatídicamente unidos. Siempre fue así, supongo. Es más, me atrevería a afirmar que El Magister da sentido a mi vida... Por San Valentín, podría hacerle un regalo con aroma a pachuli, matices de frutos rojos, madera de cedro ahumada... Y por qué no, un sutil olor a pólvora . escupo -. De algún modo, somos una pareja entrañable. 









* Portada de IRENE SARAVIA, mi directora creativa. Contar con su colaboración, un privilegio. 

























  



sábado, 22 de octubre de 2016

«LUMINESCENZA» Cap 1: "El Noveno Cielo".





«LUMINESCENZA» Capítulo I 
Regina lucem...












El movimiento de las olas,
dia y noche viene del mar,
tú ves las olas, pero, qué extraño...
No ves el mar.

Noche y día el Mar tiene espuma.
Ves la superficie espumosa, pero no el Mar.

Estamos chocando unos con otros como barcos:
nuestros ojos están a oscuras, aunque el agua esté clara.
Dormidos en el bote del cuerpo, flotamos
ajenos al Agua del agua.

El agua tiene un Agua que la conduce;
el espíritu tiene un Espíritu que lo llama.


                                                                                  ~ Yalal ad-Din Muhammad Rumi ~              Poeta sufi.           














Cap 1.  El Noveno Cielo


Indagué, soborné, vendí mi alma para dar con aquel pujante misterioso, uséase mi nuevo mejor amigo que con su audacia y determinación había disparado mis aletargados niveles de adrenalina y quisiera o no, había suscitado mi apetito. Con tal de incorporarme al juego soporté conversaciones retóricas con los señores de la banca, hasta me vi obligado a adquirir un horrible jarrón chino de la dinastía Chou (en francés, determinada hortaliza) para congraciarme con la casa de subastas y como si de una broma del destino de tratase, nada más comprar aquella vasija tuve que deshacerme de ella pues estaba policromada en un amarillo desvaído y para más inri, tenía forma de col... Solo de verlo, la úlcera del estómago me producía ardor. 

Menos mal que al cabo de tres meses obtuve mi recompensa, por fin se me proporcionó un nombre: Hadchit Pamuk. Mi hombre misterioso era un comerciante libanés residente en el Soho. Al parecer, procedía de una legendaria familia de mercaderes proveedora habitual de alfombras persas para cotos de caza y colaboradora textil del padre del Arts & Crafts, por supuesto te hablo de William Morris. Will y yo no éramos íntimos, por suerte para él nos movíamos en muy diversos círculos, el suyo bohemio, el mío bastante más frívolo. Aun así teníamos amigos comunes merced a las paradojas existenciales de nuestro bullicioso Londres y entre aquellas amistades destacaba por su lealtad y savoir vivre el bueno de John Ruskin. Conversé con el gran mecenas y tan generoso como siempre, accedió a propiciar mi encuentro "casual" con Mr.Pamuk en terreno neutral, la casa de campo de William conocida como Kelmscott Manor. 

Dos semanas antes, ya estaba todo dispuesto, me transladaría hasta Lechlade en ferrocarril donde me recogería una calesa que, a la sazón, compartiría con un caballero impecable de acento peculiar y tez aceituna. El plan funcionó a la perfección. De inmediato, mi lozano Aladino, señor de las alfombras, y myself congeniamos, coincidíamos en multitud de facetas salvo en en lo referente al té de la tarde. Él mismo me confesó su inocente adicción al té turco por cuyo aroma sentía un pudor reverencial. Era un hombre de una vitalidad exultante que con igual recitaba el shahit como describía el comportamiento de un lagarto del desierto. Le delataba esa apasionada mirada, sus ojos negros lo escrutaban todo. De curiosidad insaciable y sensibilidad exquisita era como un pequeño rajá tan cerca de la ciudad y a la vez tan lejos. 

Durante los meses siguientes nos carteamos, vimos juntos en el Covent Garden Theatre "Nuestro primo americano", una comedia de Tom Taylor. Pescamos salmones en el estuario de Gravesend, nos bañamos en Hamstead Head, paseamos por High Park reparando en las ardillas. Y fue allí, en medio de un improvisado picnic que me dí cuenta. Compartimos una manta, brindamos con velas. Ahí estaba Hadchit, exultante, cada día se engalaba más y lo hacía para mí. Por supuesto, confundió mis intenciones. Debí de enviar algún mensaje contradictorio... O no. Me gusta la ambiguedad, soy un Dorian Grey encantador consciente de mi atractivo que derrocho en grandes dosis, por supuesto jamás escatimo. Para seducir a mi presa, no reparo en artimañas, sea grulla o ratoncillo. Me considero una especie de mago, pues despierto criaturas dormidas. Desde mi óptica, no es sino un acto de bondad pero claro, no todos piensan lo mismo. 

Tres días después por fin era invitado a Gerrard Street 14, una casita aristócrata coqueta en tiempos del rey Guillermo, ahora un tanto descuidada pero aún rezumaba cierto abolengo. Toqué la campanilla y el mayordomo asiático me hizo pasar. 

Kon'nichiwa, Shi Graham. Dōzo, acomódese en el salón, Masutā Hadchit le recibirá enseguida - el nipón avivó la lumbre -. A continuación se le obsequiará con un jerez, señor, así le será más grata la espera. 

Entretanto, me entretuve pensando por qué aquel hombrecillo asiático me resultaba tan familiar. Reconocer caras, uno de mis juegos favoritos. Solía practicar a menudo en un antros turbios que frecuentaba provocando a algún caballero con una reputación que mantener... Entonces disfrutaba de lo lindo regalando un saludo cordial. 

- Buenas noches, Mr. Wallace. Recuerdos a Mrs. Wendolline, seguro ya está durmiendo a estas horas como un angelito... 

Apenas cruzábamos cuatro palabras y les hacía sentir incómodos. ¿Una torpeza por mi parte? Diría que no, más bien un simple divertimento. Despreciando su mezquindad, de paso me reprendía a mí mismo. Pero en el enigma del mayordomo duró poco la diversión. Pues nada más entrar, toda una suerte de objetos inusuales captaron mi interés postergando todas mis cavilaciones. Hasta que se personó la doncella con el vino y el misterio se desvaneció...A ella también la conocía. Mi memoria juguetona la relacionaba con un pañuelo... Por fin caí en la cuenta, se trataba de

la mujer del foular amarillo. De inmediato dudé de Pamuk quien de repente apareció ante mis ojos como un ser de lo más retorcido. Entonces... ¿Esa subasta no fue más que una farsa? Al reconocer a sus cómplices en Christie`s, le admiré y detesté por igual. Le dí la razón al coronel, también al socarrón de Mr.Durham. Los daguerrotipos no eran sino un pretexto para llamar la atención de la aristocracia y yo había picado el anzuelo. De ser así, estaba perdiendo el tiempo... No, me negaba a creerlo. De Hadchit me esperaba algo más, un motivo más sublime. 

Cuando Hadchit se presentó en el salón con esa sonrisa de adolescente no daba crédito, no podía ser que aquel alma cándida hubiera ideado un plan tan sutil y complejo. Me condujo a su estudio, sobre un montón de carpetas catalogadas por letras de dos alfabetos distintos, descansaba una paloma de madera, Hadchit no tuvo más que sujetarla entre sus manos, soplar y el ave alzó el vuelo. 

- Qué maravilla de artefacto, Hadchit. ¡Es un pájaro autómata! 
- Quería enseñártelo porque así es como soy, un soñador incurable. 
- Definitivamente, amigo mío, no dejas de sorprenderme -. Entre entusiasta y resentido respondi con cierta ironía -. Dime, ¿dónde la conseguiste? 
- La construyó por encargo un artesano de Ürgüp en el corazón de Capadocia a partir de los planos del astrónomo y matemático Arquitas de Tarento. La talló en madera de fresno, de ahí ese tono cremoso con vetas agrisadas. 
- ¿Y cómo consigue volar? 
- El mecanismo es muy arcaico y sencillo, la figura es hueca y se mantiene suspendida merced al aire que guarda dentro del armazón. 
- Magnífico. 


Como de pasada le pregunté por los daguerrotipos, con esa sutilidad que me caracteriza. Y una a una, Hadchit me fue haciendo partícipe de todas sus joyas, según él, íntimamente relacionadas con ملكة النور, Malikat Alnnur o lo que es lo mismo, la reina de las luces. Su despacho era un gabinete de curiosidades orientales y al parecer todas ellas obedecían a una misma pasión, la búsqueda del paraíso. Me mostró su clepsidra, un reloj astronómico de agua que estudia la edad de las estrellas. Puso en mis manos un Corán azul de pergamino teñido de índigo escrito en oro durante la gloria de Bizancio. También poseía un Khamsa del poeta hindú Amir Khusrau Dihlavi así como una valiosa colección de masnavis persas. Manipulamos con sumo cuidado "El jardín amurallado de la verdad" del poeta Hakim Sanai, luego leímos fragmentos de "El lenguaje de las aves" de Farid al Din Attar para detener nuestros guantes de seda en los secretos de "El Matnavi de los nueve cielos" del místico Amir Khusrow, discípulo de Nizamuddin Auliya de Delhi y padre del Qqwaii sufí y su música devota y fue cuando me explicó excitado y con los ojos vidriosos que existen Nueve Cielos accesibles no ajenos a este mundo, que El Noveno es el المملكة الضوء en árabe Almamlakat Alddaw o Reino de la luz, también conocida por la alquimia oscura toscana como Luminiscenza. 

Me dejé agasajar con un kahve, café mocca árabe especiado más bien dulce, con posos y especiado con cardamomo. Lo preparó con primor él mismo con gran solemnidad así como su çay aromático para él, un té negro de Anatolia muy dulce macerado en doble tetera samovar servida en vasos con pan de oro y forma de tulipán, manipulando delicadamente las especias como portadoras de algo sagrado. Con sus confidencias comprendí que no me ocultaba nada, estaba locamente enamorado de mí y deseaba compartir todas sus inquietudes conmigo. Era un soñador, un asceta, un visionario. Y su recóndito interior, brillante e inmaculado. Cómo consiguiera los daguerrotipos era un tema que carecía de interés, los deseaba y punto. Los sacó para mi de un cajón cerrado con una llave que llevaba asida al cuello, se disponía a enseñarme su bien más preciado. Quién era yo para juzgarle, si atesoro en mi poder todos los vicios terrenales... Y fue entonces que le besé convencido de que él era mi alma gemela. 

Lástima que nuestro romance fuera tan efímero, apenas diecisiete minutos después nuestro idilio se había evaporado pues tras cada sorbo de té massala Hadchit me miraba extrañado... ¿Acaso dudaba de mi? ¡Qué injusto! Por desgracia, la inocencia de Hadchit me había desarmado y para mi sorpresa, estaba siendo más honesto con él de lo que habitualmente tenía por costumbre, 

- Hay algo... Es el té... Tiene un dulzor singular... No sé, embriagante, distinto. Intenso.

Sonrió al apurar la taza para a continuación desplomarse frente a mi con las extremidades rígidas y la boca ensalivada ante lo cual, el mayordomo acudió raudo haciendo gala de una frialdad pasmosa. 

Yurushimasu, Shi GrahamMasutā Hadchit se encuentra indispuesto y necesita reposar. Si es tan amable...  - me tendió mi abrigo sin demasiados miramientos -. Sayōnara, Shi Graham. Sentari, no vuelva -. El japonés comenzaba a perder la paciencia. 

Fui acompañado hasta la puerta casi a empujones y yo accedí de mala gana, no sin antes llevarme un souvenir de la velada. Ejem, birlé nuestras dos cucharillas. 

No volví a ver a Hadchit, aquella sería su última sonrisa y se la dedicaría a un intruso, qué triste. Murió tres días después y fue enterrado en el cementerio musulmán de High Wycombe a donde, muy propio de mí, no me digné a asistir. La lealtad no es muy fuerte y el negro no combina con mis ojos. Si bien aquella mañana ventosa me encerré en mi pequeño laboratorio y en mi afán por analizar las cucharas con los efluvios sufrí un ataque de asma. A pesar del percance, el esfuerzo mereció la pena. Detecté disuelta en su té una alta concentración de plomo lo que no tenía sentido pues nuestras tazas eran indistintas, el agua vertida procedía de la misma jarra, el mismo Hadchit se esmeró en preparar las bebidas y ambos nos servimos del mismo azúcar. 

Si bien, había una explicación y cuando lo descubrí, sentí desfallecer. Por lo visto, estuve tan expuesto como si bien el destino se decantó a mi favor. O si lo prefieres, jugué bien mis cartas sin saberlo. Endulzamos tanto el té como el café con cristales de acetato de plomo que alguien reemplazó deliberadamente en el azucarero. Hadchit ingirió té edulcorado con veneno si bien no fallecería en el acto, quedó en manos de los criados quienes durante los tres días siguientes desvalijaron la mansión y pusieron los medios para agilizar su agonía. En cambio, yo, ni siquiera enfermé debido a que descartando el té, opté por el café y los abundantes posos del kagve absorbieron el metal pesado purificando por azar el líquido. 

Fue una medida desesperada, aquella panda de rufianes que yo creía conchabados con el pobre Hadchit, en realidad se habían parapetado en su casa del Soho con distintos pretextos para vigilarle y medir sus movimientos. Su objetivo era naturalmente, robar los daguerrotipos en el momento oportuno. Entretanto, cotejaban sus libros y leían la correspondencia que mantenía con librepensadores y eruditos, tejiendo a su alrededor una densa tela de araña... Cuando mi llegada lo precipitó todo y el plan de El Magister se fue al traste. En tanto desvelo su identidad, así es como llamo a su jefe. Es obvio que trabajan para un tercero al que seguí los pasos y aceché hasta que esa alimaña puso precio a mi vida... Significa que estorbé lo suficiente. 

Conmigo se equivocaron, permitiéndome vivir pecaron de buenos o de mediocres. Tremenda falta de osadía, la suya. Fue un error descomunal del que se lamentarán siempre. Pues desde aquel calamitoso té de las cinco no he cesado de acecharles y perseguirles. Por Hadchit, por mi alma perdida... Lo confieso, enojar a Mi Némesis me resulta de lo más gratificante. Él es el archienemigo que da sentido a mi vida, su mera existencia me renueva.  
Volviendo al personal del servicio, resulta obvio no podían permitir que mi anfitrión me revelara la esencia de Luminiszenza, a un vividor aburrido y sin escrúpulos... No les quedó otra, tuvieron que improvisar. Ahora lo sé, debían evitar que los contemplara a cualquier precio porque embelesan de tal modo que no habría vuelta atrás. Me equivoqué con Hadchit, no era el hacedor sino la víctima. Y con su muerte, la casita de Gerrard Street 14 quedó tan desierta como mi corazón, huyeron con Mi Tesoro y me apuesto una oreja a que desaparecieron a bordo de una nave psicodélica que acaso intuí en aquel callejón. Un artefacto extraño de otro tiempo o de otro mundo. De la que por entonces, solo había olido el fétido humo azul que despedían sus tripas grasientas y escuchado el estrépito de sus engranajes.

Qué puedo añadir, soy un tío con suerte. Lo admito, nunca tuve buen gusto para las mujeres. Sin embargo, tengo un sexto sentido para el alcohol. Mi lema: nunca rechazo una copa, por decoro, no obstante soy yo quien elige el brebaje para cada ocasión. Bebo siempre lo que quiero. Y si es en taza, un mal menor... A falta de ponche, café. La misma regla, por extensión. 

Vaya, si ahora resulta que hasta tengo ciertos principios. ¡Brindo por eso! Tal como amaneció el día, hoy me decanto por un Chartreuse... Delicioso. Mal que me pese, aún conservo un resquicio de nobleza. Bebo. Me atraganto. Toso. Me importa algo por primera vez en mucho tiempo. Lo que, inevitablemente, me hace vulnerable y eso es una catástrofe.¡'Maldición! Tantos años forjando una coraza y ahora, sin más, se me cae a pedazos. Por otra parte, si aún tengo redención... ¡Válgame el cielo! Cualquiera de ellos. No, mejor el cielo de Hadchit. De hecho, siempre me gustó el número nueve. Me relamo los labios. ¿Y si lo encuentro? Quizás no sea tan perverso, después de todo. 









* Portada de IRENE SARAVIA, mi directora creativa. Contar con su colaboración, un privilegio.