viernes, 13 de enero de 2017

«LUMINESCENZA» Capítulo 6: "El Señor de los Ejércitos".





«LUMINESCENZA» Capítulo 6 
lucis hyacintho...











           “Sueño no es, muerte no es; quien parece morir, vive. La casa donde naciste,                             los amigos de tu primavera, anciano y doncella, el trabajo diario y su recompensa, 
             todo ello se desvanece refugiandose en fábulas, no se les puede amarrar.


Ralph Waldo Emerson                

             
       
                          

          







Cap 6. El señor de los ejércitos.


La alcoba de Anathole se hallaba en lo alto de un sombrío edificio de piedra anexo a la universidad emplazado en el ala norte, allí se alojaba el profesorado. Aún estaba ahí su bicicleta, por lo que no no debía de andar lejos ni pensaba ausentarse por mucho tiempo. Al menos, no voluntariamente. Y la verdad, no se hizo esperar. Su diario sobre la mesa, estaba demasiado a la vista. Era una flagrante invitación. Sobre el tomo blindado, se suspendían en equilibrio decenas de granos formando una montañita de alpiste. 

- ¿Dónde están los pájaros? Si Anathole se ha ausentado, llevarán días sin comer.  
- No los busques. No encontrarás . A Anathole le turbaban los animales.  
- Discúlpeme, Chester, pero habla usted de él como si ya estuviese muerto. 
- Para mi, lo está. Mira que aliarse con ese fantoche.,, 
- Comprendo. Está celoso.  
- Vamos, amigos, dejemos a un lado los sentimentalismos - así intentó Ahwar apaciguar los ánimos.  
- Discrepo - Chester se muestra distante. - A decir verdad, no somos amigos. 
- En efecto. Si bien, estamos condenados a entendernos, ¿No es cierto?
- ¡Pues centrémonos en lo que nos une! Veamos. ¿A qué tanto alpiste? 
- Si está deliberadamente fuera de lugar, se tratará de una pista. El diario aguarda a alguien y no es un lector cualquiera - de pronto, tuve una intuición más fuerte que mi raciocinio.  
- Si ese diario está destinado a alguien, ese es mi hermano. Era ornitólogo - Ahwar intentó ojear el diario pero no pudo pues atenazaba sus lomos un pequeño candado. 
- Otra bofetada, de nuevo Anathole acudía a otro antes que a mi - Chester, enfurruñado, recorría sin rumbo la habitación. 
- Calma, Chester. Vuelva aquí y no toque nada. 
- Escúchese, sir Graham. ¿Acaso pretende darme órdenes? 

El librero hizo oídos sordos y no dejando de husmear, deambuló curioso por toda la habitación en medio de un ambiente enrarecido. Tomaba trastos al azar y si no concordaban con la imagen previa que tenía de Anathole, los estrellaba rabioso contra las paredes. Hasta que se hizo con una magnífica tabaquera de oro con incrustaciones...  

- Deténgase, Chester. Ya no hablamos de un libro o un tintero, esa caja es una joya de orfebrería. 
- No la maltrataré, descuide - sentí un enorme alivio, mancillar una obra de arte es para mi un acto inconcebible. 
- Necesito uno de esos fabulosos cigarrillos Kyriazi Frères, los mismos que desde Teufikieh hacía traer junto con sedas persas y muscat de batavia desde más allá de la Puerta Sublime  el bueno de Hatchid - Ahwar asintió con los ojos empañados frente a la ventana y al respirar entrecortadamente sobre el vidrio, su  propio aliento se transformó en vaho. 
- No somos aves de rapiña. Un poco de respeto, caballero. Si Anathole estuviera aquí... 
- ¡Pero no está! Ha desaparecido. Sin contarme nada de su vida secreta, ni tan siquiera despedirse  - exclamó Chester entredientes con la mirada fija en el suelo, 

Y de tanto manipular la tabaquera con poco arte y menos destreza, la tapa superior cedió sin previo aviso permitiendo emerger un pájaro autómata del interior.mediante un pulcro engranaje de ruedas dentadas diminutas.  

- Oh, my goodness. ¡Qué ingenio más espléndido! Miren, los puentes que lucen la firma de Jaquet Droz London están grabados a mano con un motivo floral. 

Al tiempo que arrancaba una melodía deliciosa y de todos es sabido que la música amansa a las fieras... Una tregua. 

- Y observen, el mecanismo está dotado de 2x4 camas que se desplazan merced un fuelle y un volante ubicados en la parte trasera capaz de producir un canto prolongado de varios tonos. Extraordinario.
- Y el ave mueve el pico y bate las alas al ritmo de los acordes. Menudo artilugio, tan delicado como sorprendente.  
- Y lo mejor, aquí tenemos al pájaro. Al que nos guía el alpiste. ¿No es fascinante? Anathole seguía el juego a Fergus, pero quizá no estuviera tan convencido después de todo... - Ahwar aún creía en Anathole y Chester recibió su acto de fe como un bálsamo, dejando escapar media sonrisa.  
- Me apuesto mi anillo de prometida a que dentro de la tabaquera hay un mensaje para mi hermano Hatchid. Un dato revelador que nos pondrá en el buen camino - de improviso, sus ojos centelleaban. 
- ¿Acaso no deseáis casaros? Una novia feliz no se desprendería jamás de su anillo de compromiso... Albergáis dudas. ¿Me equivoco? 

Ahwar quedó desconcertada, ante tan sutil estocada no supo qué contestar. Por suerte para ella, algo truncaría tan incómoda charla en un abrupto. Al acabar la melodía, se abrió la caja y en la cavidad... Un objeto captó todas las miradas. En vez de tabaco egipcio, en el interior había depositada una llave que sin duda encajaría en alguna cerradura. 

- Una llave tan pequeña, definitivamente, no abre una puerta - Lo sé, no fui un ejemplo de coraje.  
- Podría pertenecer a un cofre o un baúl - Desoyéndome, Chester miró a su alrededor sopesando el mobiliario.  
- ¿Y si se correspondiera con un candado? - Ahwar de nuevo fue el revulsivo y yo que me creía la privilegiada mente deductiva... 
- Cáspita. ¡¡¡El diario!!! - Entonces lo vi claro, con un poco de retraso supongo. 
- Exacto - Chester asintió con alegría desmedida y como la luna nueva, renació en plata su reluciente sonrisa.  

Y entre dos cigarrillos aplastados a modo de marcapáginas, había plasmados varios capítulos de su vida donde  brotaban en cascada los recuerdos de Anathole. 

- Hacía ya cinco largos años que nuestro cronista escribió aquellas líneas, no sin remordimientos. 
- Fíjense. La letra, empequeñece conforme avanza el relato. 
- Señal de arrepentimiento... - Ahwar apostaba por su inocencia.  
- O al menos, transite un cierto pudor - Chester, más precavido, aún desconfía. 

Y no le culpo. Pues Anathole narra lo ocurrido en Egipto con cierta estupefacción. Consternado, incluso. ¿Pero se entromete? Qué se yo. Saquen, a continuación, ustedes sus propias conclusiones.



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"Beredice,  a 14 de septiembre del año 1876.           

Un grupo de turistas occidentales merodeaban despreocupados por el zoco de Beredice. El pequeño Abdul les guíaba de puesto en puesto en busca de paños, especias, collares y demás baratijas deteniéndose disimuladamente en los tenderetes de sus ocho primos de los que luego percibiría un porcentaje de las ventas. Es extraño, Mr.Ferguson había insistido tanto en incorporar al tour del Nilo esa insulsa ciudad portuaria que el que luego se ausentase debió de inquietar al resto.Y así habría sido, de haber aportado a la comitiva algo más aparte de desdén y desencanto. Yo le observaba intrigado, había algo en él que me embriagaba. Su ostentación... Un poderío... Con su antojo, acababa de contrariar a Lady Willhelmina que tenía otros planes para aquella torrida tarde. Claro que, tras veladas parapetándose en un reservado sin mantener tan siquiera una charla decente, ya nadie dudaba de su falta de decoro ni de sus desvelos por algo más apremiante. 


Desdeñó tanto los deseos de miss Willhelmina que aspiraba dibujar al ocaso los cactus del desierto, como el afán de su padre, lord. Durham, quien, desde su llegada a Africa, albergaba una sola fantasía. Nada que ver con hermosas bailarinas de grandes pendientes dorados agitando velos semitransparentes... No es de esos, le conozco bien. Por el contrario, habría dado gustosamente la mitad de su fortuna a cambio de un sillón de cuero bajo la sombra de una perfumada higuera, el único aroma mediterráneo que soportaba. Sin faltar, de ninguna forma, un vaso de güisqui con hielo

Y es que Tobias Ferguson no había venido precisamente hasta Egipto a hacer amigos, padre e hija le eran del todo indiferentes. Por no hablar de los otros miembros de aquel almibarado círculo, la impertinente viuda y el uraño coronel. A decir verdad, no era nada personal, Mr. Ferguson solo tenía ojos para un mapa manuscrito. Y cuando se desligó de la excursión, dada su escasa popularidad, dispuesto a alquilar un camello a cualquier precio, su desplante ya no soliviantó a nadie, perderle de vista casi supuso un alivio. En su ausencia, era tema favorito de conversación. Mejor así... Nadie sobrevive al más maldito de los secretos.  

-      -  Mira que pagar 8000 dinares por rentar un camello…  - apuntó una airada Miss Willhelmina en tanto se abanicaba frenéticamente.
-          -   Ese hombre, además de advenedizo, es completamente estúpido – corroboró su padre mientras se secaba el sudor de la frente con un pañuelo de cashemire a base de ligeros toquecitos. 
-     - Se lo tiene bien merecido, el muy insolente – añadiría la anciana viuda Mrs. Gladys, acostumbrada a sentenciar a sus sobrinos categóricamente. 
-           -  De haber mediado Abdul en la transacción, ese estirado habría pagado tan solo la décima parte… -  concluyó el coronel Barllet pagado de sí mismo, olvidando que jamás se libra una batalla en las dunas y elementalmente, no hay enemigo pequeño.  

Por suerte para Abdul, Mr. Tobias Ferguson le mantuvo al margen. Si hubiera estado al corriente de sus planes, habría tenido que matarle. Prescindiendo de sus servicios de intérprete, le perdonaba la vida. Nada qué ver con la compasión, pobre excusa de los débiles. De haber llevado pantalón camel, quizás le habría pedido ayuda en la transacción. O de contar con un frasco de perfume ambarino, al menos. Pero para este insólito paseo Mr. Ferguson iba vestido impecable de un blanco glacial impoluto. Y sabía, por experiencia, que los fluidos de un cuerpo estrangulado en contacto con la calima se tornan aún más pringosos si cabe. En suma, no llevaba guantes y al apretar le sudarían las manos… Demasiados inconvenientes. O lo que es lo mismo, argumentos más que suficientes para desistir viniendo de un hombre que se cambia de calcetines tres veces al día y se enjuaga la boca con agua de azahar.

Mr. Ferguson sería sin duda un hombre de difícil trato. Y sus puros en ambientes cerrados olían a rayos, eso era de dominio público. Aunque en lo referente a su apariencia, siempre se mostraba intachable, correcto en grado sumo y aquel aciago día no podía a ser menos. Se propuso no faltar a la etiqueta y eso le honra. En efecto, no todos los días se convoca a las criaturas del inframundo… Tas dormir durante centurias, merecían un gran recibimiento. Lo suyo era ataviarse adecuadamente con un tejido noble, acorde a un acto ceremonial extravagante y grandioso. 

Tobías Ferguson partió hacia el interior alejándose del Mar Rojo y atizando al camélido sin piedad, se distanció de la medina camino de las arenas. Y una vez frente al Templo consagrado a Serepis, se apeó en medio de un paraje desolador: Piedra rendida al sol y polvo, nada más que eso. Lo peor, el aire, que olía a muerte. Hacía siglos que el dios Serepis no recibía ofrendas y en tal ocasión, tremendo fiasco. Tampoco le harían los honores, me temo. Mr. Ferguson tomó la petaca y en señal de burla, empapó los grabados con brandy añejo. El dios egipcio no le inspiraba ningún temor, habría de postrarse como cualquier otro. Acto seguido, desplegó el mapa sobre el altar medio derruido, sacó la brújula y tras cotejar los datos topográficos, se asentó en un terreno colindante donde aguardaría al crepúsculo.  De modo que fumó y fumó, matando las horas. Y solo cuando el cielo enrojeció, se puso por fin manos a la obra. 

Los nudillos en tensión, las pupilas dilatadas...  Dibujó con sangre a las diosas Isis y Neftis con las alas desplegadas, símbolos inmortales del Antiguo Egipto. Esmerose en los preparativos, tramaba algo excelso. Hasta que llegado el eclipse lunar, pronunció despacio aquel oscuro ritual en la lengua de los faraones para terminar con aquella frase que repetiría sin acritud una y cien veces: INTŠ ʽNH mientras su bastón con empuñadura de calavera de ibis golpeaba el suelo con una furia despiadada. INTŠ ʽNH. “Renace, animal” proclamaría a la noche, de ahí que temblaba la tierra y hasta el viento se detuviera en seco por miedo a represalias. 

Si bien, al principio no ocurrió nada. Y no fue hasta hacerse la completa oscuridad que estalló el firmamento convergiendo sus rayos en el bastón que alzaba a modo de báculo. Entonces las bestias despertaron lentamente tras un sueño de 2000 años frente al padre protector. Uno por uno, 86 gatos domésticos, nueve perros, tres cercopitecos verdes y un papión oliva se pusieron en pie con el pelaje erizado, la lengua azul índigo, el iris de un verde hipnótico..,  Definitivamente, eran seres de otro mundo.  La negrura salpicada por cien pares de ojos eléctricos, Nada más lejos de una Noche de Paz. Holy Night... Aún siento escalofríos. Un cementerio ancestral de animales sagrados era profanado mientras el dios Serepis miraba hacia otro lado... Insólito. Anodino. Y es que el dios egipcio jamás volvería a ser quien era, destronado de su propio palacio, reconvertido a mero sirviente. 

Entre todos los espectros, pronto destacaron dos flamantes gatos acicalados con cuentas de cáscara de avestruz así como un extraordinario mono verde envuelto en cadena de hierro forjado con malvasías. Enseguida, ambos se erigieron como líderes de sus respectivas especies haciendo gala de una autoridad innata. Una vez, establecida la jerarquía, Mr. Ferguson contempló sus huestes con satisfacción, consciente de que su tropa inmortal en breve se proclamaría ama de la noche. Y sintió una oleada de calor, cómo una enorme sensación de poder le preñaba la sangre. 

Y es que Chong era de fiar, pero los demás eran unos ineptos. ¿Cuántos de ellos le seguirían hasta el final sin cuestionar la misión? A saber… A parte de Chong, no apostaría por ninguno. En cambio, sus nuevos reclutas eran letales y le acompañarían sin dudarlo hasta el mismísimo infierno. Con total seguridad, le serían incondicionales en la lucha sin esgrimir causa o motivo. Pues todo se lo debían a Tobías Ferguson, no en vano les había devuelto la vida. Sin él, no serían más que polvo. Desde entonces cuenta con leales criados.. Esclavos peludos que sin apego ni memoria le rinden pleitesía más allá de la veneración.

Así es, mal que me pese nos rondan las sombras y tardé demasiado en saberlo. Tobías Ferguson está listo para dar un paso atroz y en cuanto se le nuble la vista y entre en trance… Preparaos. Tendrá lugar. El fin. Es tiempo del Apocalípsis. El Magister sembrará el terror y el mundo vagará en tinieblas. Cuando comience, llegará a su cénit. Por supuesto, no es hombre de medias tintas. Aceptémoslo porque está escrito en la Biblia y así reza el Libro de las revelaciones. 

Y toda criatura, del cielo, de la tierra, de debajo de la tierra y del mar, y todo lo que hay en ellos, oí que respondían: 

«Al que está sentado en el trono y al Cordero alabanza, honor, gloria y potencia por los siglos de los siglos ... 

...Se les dio poder sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con la espada, con el hambre, con la peste y con las fieras de la tierra.»




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Y fue así que Anathole supo de la verdadera naturaleza del Magister.


- Estaba ahí, lo vio venir desde el principio - Chester le propinó un puñetazo a la mesa y en esta ocasión nadie se atrevió a reprobar su comportamiento. 
- Y a pesar de todo, calló, el muy cobarde. Y le dejó hacer.
- Anathole encubrió a Fergus y eso le convierte en su cómplice - apuntó una Ahwar inexpresiva quien a esas alturas parecía implacable. 
- ¿Cómo iba a enfrentarse a él? Era un pobre sabio, frágil como las alas del colibrí - de súbito Chester defendía a su colerrigionario y me confundió tan drástico cambio de actitud. 
- De acuerdo, no es ningún héroe. Pero consentir en la maldad, son palabras mayores.
- ¿Sería Fergus su maestro? - preguntó Ahwar, intentando conocer aquella relación peregrina. 
- Quizás le admirara, aquel extranjero era una fuente de sabiduría. 
- ¿Le consideraría su amigo? 
- !Claro que no! Sería inaceptable - Chester necesitaba negarlo, sin aceptar lo evidente. 
- ¿Por qué creéis que no le delató? 
- Tal vez, por miedo... - Ahwar nos ofreció una justificación demasiado generosa. 
- Más bien, por soberbia. Anathole ansiaba reconocimiento científico - Chester, que le conocía bien, arguyo una razón con bastante más sentido. 
- Algo debió de prometerle Fergus y lo engatusó - afirmé con total seguridad, me han sobornado muchas veces. 
- Después de librar una titánica lucha interior, claudicaría... - tragué con aquello para no herir a nadie pero esbocé un gesto de lo más escéptico. 
- ¿Ahora está de su parte, Chester? - así soy yo, un perfecto "idealista". 
- Sencillamente, lo comprendo. Todos somos vulnerables.
- A ver. ¿A qué? - preguntó Ahwar no sin cierta arrogancia. 
- Al hechizo de la serpiente... O lo que es lo mismo, a las lisonjas del diablo... - intervine brillantemente en un alarde de prosa poética. 
- No todos, caballeros, solo flaquean los débiles - quizás por el dolor de su pérdida o bien, por su gran autoestima, Ahwar se mostró inflexible al respectro. 
- ¿Lobos contra lobos? Recuerden, el hombre en esencia no es malo por naturaleza - Y aullé, regodeandome en la cruel ironía. 
- ¿En verdad eso cree, Ahwar? - Chester no daba crédito -. Ojalá no os halléis jamás en medio de semejante encrucijada o sucumbiréis babeando como un perro rabioso. 

A lo que Ahwar no respondío, se limitó a encogerse de hombros.

Mucho me temo que tenía razón el librero, para cada alma mortal existe una rica golosina. Sea fama, fortuna... Prestigio. O se muera por delicias turcas. Perdónala, Dios bendito. A fin de cuentas, vuestro hermano Simón Pedro os negó tres veces... 

Y dicho esto, Chester tuvo a bien agasajar a nuestra pequeña dama con la sonrisa más triste del mundo.










* Portada de IRENE SARAVIA, mi directora creativa. Contar con su colaboración, un privilegio. 

























  







sábado, 17 de diciembre de 2016

«LUMINESCENZA» Capítulo 5: The Lackingtonians.





«LUMINESCENZA» Capítulo 5 
Deus Scintille










"Los cuentos de hadas son más que reales, no porque nos digan que los dragones existen sino porque nos dicen que los dragones pueden ser derrotados".

Gilbert K. Chesterton          

             
                   








Cap 5. The Lackingtonians


El Templo de las Musas era un lugar que rayaba en lo místico, paredes correderas repletas de estantes altísimos, más parecido a un laberinto que a la cueva de un ratón y sin embargo, el gato de Cheshire desde un cojín de terciopelo apostado bajo la lámpara de pie de la esquina, nos dedicaba su eterna sonrisa, impertérrita, a los recién llegados. A primera vista, me pareció un felino de lo más hostil, hay gestos que intimidan. Claro que no había reparado aún en el trampantojo de atrás que mediante la ilusión óptica de unos libros pintados y un busto de marmol, disimulaba una puerta vedada a los más curiosos.

Desde su mullido trono guardaba un pasadizo secreto que yo había de franquear al precio que fuera. Dos libras me pareció barato o lo que es lo mismo, un frasco de lavanda violeta. Y cómo no, también agregué unas gotas de laúdano. Aún así, casi pierdo la paciencia pues no fue hasta que el viejo Balance pegó una agradable cabezadita que me interné en la estancia contigua de techo bajo mientras Ahwar se engatusaba al felino que irradiaba cinismo a base de golosinas.

Así es como accedí a una habitación de lo más surrealista de paredes desproporcionadas al más puro palacio del País de las maravillas, con las paredes llenas de relojes de guiño de conejos blancos y locos sombrereros... Creí estar atrapado en un sueño atroz y sentía claustrofobia. Mi desasosiego era tal que sin querer se me escapó un suspiró al que, como un eco entre montañas, le siguieron otros cada vez más guturales. Noté como me observaban... ¿O eran los ojos de los relojes que rastreaban con sus iris zigzagueando al son del tic tac? No. Porque los relojes no suspiran. Había alguien más allí y no le importaba ser descubierto.

- ¿Le importuno?
- Oh, en absoluto. Adelante, pase. Y dígame. ¿Qué le trae por aquí?
- Fui amigo de Mr. Hatchid Pamuk y busco respuestas. 
- Ah, entiendo - reconocí esa sonrisa, la misma del gato, áspera y tirante, todo encías y dientes. 
- Pues usted me dirá, qué se le ofrece. Pregunte, pregunte, soy todo oídos.

De repente, una ráfaga de aire. Titilaron la lumbre de la chimenea y por un solo instante, nos quedamos en penumbra y los dientes del librero centelleaban. Al igual que Alicia, muchas veces había visto a un gato sin sonrisa, pero nunca una sonrisa sin gato.

- Me presentaré. me llamo Chester Rogers. 
- Discúlpeme, pero me gustaría conversar con Anathole. 
- Y a mí también, ya lo creo, pero desafortunadamente no va a ser posible. 
- Puedo esperar - contesté no sin cierta altanería. 
- Como desee, prepararé una taza de té. O diez.. Por favor, póngase cómodo. Mr...?
- Sir. Chatterfly, Graham Chatterfly. 
- ¿Cree en la reencarnación, Chatterfly?
- ¡Paparruchas! Buda, el gordito feliz... En fin, no me impone mucho respeto. Y el Nirvana, un cuento para niños que no quieren dormir. Vamos, Mr. Rogers, no se ande con tapujos. ¿Acaso debería deducir de sus florituras que Anathole está muerto?
- Oh, yo no diría tanto. Literalmente, se esfumó.  
- Qué gracioso, Chester. Claro, otra de sus bromitas... Pues permítame que no me ría. La verdad, no estoy de humor. 
- Disculpe, soy un adicto a los juegos de palabras. Sin embargo, en cuanto a mi predisposición se equivoca de pleno. Lo cierto, Sir Graham, es que me hallo consternado, no puedo hablar más en serio - de nuevo afloraron esos dientes casi plateados, pegados a unos labios más tristes que los de Monalisa. - Desapareció de esta misma sala durante un pequeño incendio.

Chester me condujo por un estrecho pasillo con paredes embadurnadas de hollín y la alfombra desprendiendo un hedor insoportable a hierro quemado. Aquello no me amedrentó, por extraño que parezca, era como estar en la cara oculta de la luna. Entre ceniza y nítidos efluvios azulados llegamos hasta la biblioteca de los libros encadenados con estantes infinitos que emergían hacia las alturas. 

- Míre a su alrededor, Sir Graham, estos libros son verdaderas joyas. El propio James Lackington seleccionó la mayor parte con excelente criterio y se vanagloriaba de la calidad y rareza de sus ejemplares. Muchos proceden de la colección de Sir Simods d'Ewes, otros tantos proceden de las malogradas abadías católicas de Gladstombury en Somerset y Bolton en Yorkshire. The Lacktonians siguieron con el espíritu tenaz del librero, tanto dentro como fuera de la tienda. 
- ¿Quién es James Lackington?
- Era, nos dejó hace décadas. Fue el fundador de esta librería y dio nombre a nuestra asociación, Hubo un tiempo en el que The Lackingtonians nos reuníamos en la trastienda a debatir temas apasionantes como el paradero de la Mesa esmeralda del rey Salomón, la verdad sobre el Lignum Crucis o los poderes de la Piedra Filosofal que veneraban los alquimistas - cuando hablaba era como si cantara, irradiaba melancolía. - Entonces éramos osados, temerarios, espíritus insensatos sedientos de acertijos. Tanto que adquirimos una sala de exposiciones, el Egiptyan Hall en Picadilly para divulgar nuestros conocimientos y habilitamos el Sadler Theatre que viene ofreciendo a Londres magníficas obras de teatro. Promovimos hace cinco años entre nuestros insignes socios y allegados un intrépido tour por el Nilo, acondicionamos una bodega para coleccionar los mejores caldos del mundo. Hasta publicamos la primera edición de Frankenstein y con ella revolucionamos la literatura así como los versos de Morris, Siddal y Rossetti apostando por el movimiento prerrafaelita. 
- Admirable. 
- Lástima que aquella época pasará, no somos ni la sombra de lo que fue. Sufrimos un duro revés y Kanes James Ford, nuestro Gran Maestre, se apocó del disgusto hasta convertirse en un anciano adorable. Y sin un líder entusiasta, con el tiempo nos acomodamos. Ahora sólo nos limitamos a divagar sobre cuestiones absurdas como la forma de la cruz en diagonal del martirio de San Andrés o el sexo de los ángeles. 
- Si sus reuniones son tan inocentes... ¿Por qué encadenar los libros? 
- Contamos con ejemplares muy valiosos. 
- ¿Tanto como para matar por ellos? 
- Desde luego, hace apenas unos meses un intruso que se hizo con varios facsímiles. Desde entonces reina la cautela en el seno de nuestra comunidad, recelamos los unos de los otros. Una vez se resquebraja el círculo de confianza... Y la magia se desvaneció sin remedio. Jamás nos repusimos. 
- Si como observo en estas cerraduras nadie forzó los candados, es natural que the Lackingtonians aún recelen los unos de los otros, sigue la herida abierta. Hay un traidor entre ustedes y podría estar corrompiendo a otros miembros del grupo. 
- En efecto, había solo una llave y la custodiaba Anathole. Desapareció aquella misma noche sin dejar rastro.
- Demasiadas casualidades.
- No me malinterprete, caballero. Anathole no nos traicionó, habría dado su vida por esos libros. Es más, temo que así haya sido pues él jamás habría accedido a entregar esa llave de motu propio, habría opuesto resistencia. 
- Entiendo. 
- ¿Qué entiende exactamente? 
. Yo solo asentí por cortesía. Siento decepcionarle, no soy tan intuitivo. 
- En cualquier caso, tenemos infiltrado a un ser perverso pero no es Anathole. Aunque se trata de alguien que le conoce bien, lo suficientemente como para dejarle entrar aquí a deshora. De ninguna forma se lo permitiría a un desconocido. 
- En tal caso, Chester, me sorprende tanta familiaridad para conmigo. ¿Seguro que no contraviene las normas? 
- Deliberadamente las ignoré y podría meterme en un buen lío. Pero no soy tan ingenuo, Sir Graham. Sé lo que hago, tengo mis razones. 
- Explíquese. se lo ruego. 
- Mire por el rosetón acristalado y entre los pedazos de vidrio blanco de Flandes distinguí un ave tremenda sobrevolando Pall Mall East. Sin duda, es el halcón del amigo de Anathole, siempre rondaba por aquí cuando el libanés venía de visita, por eso sé que no miente. Y los amigos de mis amigos... en nombre de Anathole os doy la bienvenida. Además, mi cordialidad no es desinteresada, exijo un quid pro quo. Estoy al corriente de la suerte que corrió Hatchid y si usted está investigando lo que le ocurrió, no me quedaré al margen. 
- Así es, el halcón viene con nosotros, Custodia a la hermana de Hathid que está en la librería. 
- ¿Y cómo es que no atravesó la cortina con usted? 
- Me pareció sumamente peligroso. 
- Pues la haremos pasar de inmediato, me gustaría presentarle mis condolencias.

Salimos a buscar a Ahwar que se nos unió de un salto levantándose de una butaca floreada. Y acudió a nuestro encuentro tan intrépida que al desplazarse dejó al descubierto a un hombre asiático que la venía observando a través de la luna del escaparate.

Entramos de nuevo en el interior y retomamos las pesquisas:

- Por favor, Mr. Rogers, haga memoria. ¿Qué libros se llevaron? 
- Faltan tomos de disciplinas muy distintas, por eso me inclino a pensar que este hurto es obra de un aficionado - Chester revisó los catálogos. - Veamos, falta el Hamia-I Haydari, un poemario persa del poeta Bāzil Mashhadī. Un manuscrito delicioso de acuarelas opacas y oro sobre papel. 
- Es un libro épico que narra las guerras entre Ali y Muhamad, aunque cuentan que entrelíneas también recoge frases perdidas de El Profeta. Se extravió tras el asalto de la biblioteca abasida de Bagdad por el jefe mongol Hulagu Jan, nieto de Genghis Khan - apuntó Ahwar con un temple exquisito. - Pero no se perdió del todo, en la cultura popular de mi pueblo se conserva de viva a voz alguno de sus poemas: 

"Y con la ascensión del Maestro del Mundo y el más noble de los descendientes de Adán, la paz sea con él, con el techo de la esfera azul y su encuentro con el Creador de la Luz y la Oscuridad".

- Qué hermoso, Ahwar. ¿Se refiere a Mahoma? 
- Es probable, aunque la religión musulmana reconoce otros profetas. 
- Llamadme retorcido pero con la proclamación de ese Maestro del Mundo al encuentro de El Creador de Luz y Oscuridad se podría alentar cualquier loco a considerarse El Elegido, al fin y al cabo todos somos descendientes de Adán - apunté con un ostentoso gesto de preocupación. - Y si alguien se hiciera con el libro y creyera cada palabra, supondría legitimar a la bestia. 
- En efecto, Mr. Graham, es usted ciertamente complejo - muy a mi pesar, Chester me dio la razón y prosiguió describiéndonos los demás robos. - Dramas aparte, también nos fue arrebatado un ejemplar de Polygraphiae, el primer libro de criptografía impreso obra de Johannes Trithemius.
- Interesante - constaté intentando pasar página, aunque siguiera embargando dentro una terrible desazón.

No pude evitarlo, me quedé pensativo. Y no fue hasta que Ahwar descubrió una marca cuadrada en la pared que pareció confluir todo en una espiral de horror y miedo. 

- Entre la litografías La flor Mística y El Elefante Sagrado de Gustave Moreau hubo un cuadro que ya no está. ¿Qué había aquí colgado, Chester? 
- Lucía un grabado del Compendio Mitológico de Vincenzo Catari que mostraba al dios Serepis junto a su monstruo de tres cabezas. Una grotesca criatura bastante desagradable, dicho sea de paso.
- ¿Y qué ha sido de él? 
- A quien tuviera el arrojo de descolgarla, le estoy muy agradecido. Me hacía daño a la vista. Por supuesto, no fui yo. Si bien confieso que a menudo la idea de hacerla añicos se me pasó por la cabeza. Odiaba esa lámina, no es ningún secreto. 
- Podrían haber sido robada junto con los libros. 
- ¿Quién querría algo así? Imposible, nadie tendría tan mal gusto -, Chester volvía a estar en forma, recuperaba su picardía. 
- A no ser que fuera algo más que un dibujo desasosegante y ocultara algún mensaje... 

De repente, la vidriera estalló en mil pedazos. Al parecer, el dios Serepis carece de sentido sentido del humor. Y para protegernos de los cristales, corrimos por un intrincado pasadizo detrás de Chester Rogers hasta la bodega, un receptáculo dormido y atemporal, ajeno a la noche y el día. Un frío cavernal, la bóveda de ladrillo al aire, un olor intenso a tierra y a moho. Unas gotas de vino desparramadas a los pies de un bodeguero... Ahwar y yo deambulando extasiados entre toneles y barricas mientras Chester correteaba por aquella colmena de madera con el corazón encogido. 

- Oh, no. Cómo han podido... - acudimos a su lado y colérico nos comunicó. - No doy crédito, alguien ha estado aquí manipulando las botellas. Profanando mis vinos centenarios procedentes de todos los monasterios del mundo. 
- Tal vez el ladrón brindó por su hazaña - comentó Ahwar para quitarle hierro al asunto. 
- O culminó un ritual que comenzara cinco años antes... 

Nuestro guía  era la misma imagen del estupor, exhalaba hastío por todos los poros de su cuerpo. Un Judas conspirador había ultrajado su cripta y la sonrisa metálica de Chester se volatilizó para no volver. 











* Portada de IRENE SARAVIA, mi directora creativa. Contar con su colaboración, un privilegio. 






























viernes, 2 de diciembre de 2016

«LUMINESCENZA» Capítulo 4. "Anya, la última Jadarita"


«LUMINESCENZA» Capítulo 4 
lucis hyacintho...













            “El hombre tiene mil planes para sí mismo. El azar, sólo uno para cada uno.”


Mencio                     
       
                          

          







Cap 4. Anya, la última Jadarita.


Desde luego, Miss Vadar era la persona idónea. Su tez aterciopelada, el iris violeta. La voz monócroma, cavernosa, la dentadura impecable y ese acento forzado de ninguna parte que flotaba en el aire con sus predicciones. Se trataba pues de una figura singular con un turbio pasado que forjaba aún más el enigma. Y toda aquel aura de misterio... Sencillamente, perfecta. Anya Vadić se había inventado de la nada a sí misma. En un gremio, por lo general, carente de glamour, Miss Vadar resplandecía. Sin duda, la mejor elección. Por supuesto, nadie mejor que ella. Claro que la fama expone a todas las miradas, me temo incluso que a las más sombrías.

Naturalmente, Miss Vadar tenía poco de pitonisa, aunque decía poseer un don que adornaba a conveniencia. Ante todo, era una mujer discreta y en aquella improvisada sesión comprendió que su mutismo era una cuestión de vida o muerte. Si en algo apreciaba su vida, lo olvidaría todo... Callaría pues sin que nadie le advirtiese.

Tan pronto contactaron con ella, la adivina se mostró incómoda. En su trabajo solía avenirse a un protocolo y en esta ocasión le obligaban a renunciar a él sin preguntas. Esta visita rayaba en lo excepcional, acudía a ella a ciegas sin ningún guión escrito. La recogió un extraño carruaje emplomado y sin corceles, tan solo provisto de una vidriera y tres grandes tubos que despedían fuego. Dentro, un pequeño cubículo. Le ofrecieron champagne, que rechazó sin grandes aspavientos. No confiaba en aquella gente. Y una vez a bordo, creyó levitar... Tenía los ojos vendados y como era de esperar, le reapareció ese persistente tic que la afeaba tanto. En efecto, miss Anna Vadar se mordía el labio por dentro compulsivamente hasta hacerse sangre cada vez que se sentía insegura. Y aquella noche, no era para menos. Pues estaba a expensas de un desconocido carente de honor que le imponía sus propias reglas.

Aún así, mantuvo la calma... Anna se aferró al tosco anillo de jadarita, deslucido por los siglos, una joya de familia. Con tan solo frotarlo, decidió que no se derrumbaría. Y con fuerzas renovadas, se concentró en captar a través del lazo de seda que le cubría sus ojos todo cuanto en tu entorno aconteciera. Era tan intuitiva que se regodeó en cada sensación, no pasaría detalle por alto. Sin duda, las ráfagas de luz que pasaban de largo eran destellos de las farolas de gas del distrito de Westminister, también detectó los chirridos de los trenes en Victoria Station. Luego, esa pegajosa humedad que la traía la niebla del Támesis. Atravesaban el río...Más tarde reconocería el ajetreo del Borough Market de madrugada, las primeras subastas de la lonja... Pronto supuso que el carruaje se dirigía al sur para luego virar hacia el este, se lo confirmó el fuerte olor a carbonilla. No cabía otra explicación, ni mil chimeneas asando lechón a la vez desprenderían semejante tufo... Es entonces que el carruaje se detuvo en seco y Anna rastreó como un animal. Apostaría su camafeo a que se hallaban frente a una enorme fábrica en los alrededores de Nine Elms. Y ese golpeteo incesante... Una sala de máquinas, tal vez. "Nadie en su sano juicio se asentaría por aquí salvo que oculte un secreto horrible" pensó, al tiempo que se estremecía de pavor y cual latigazo, le recorrería un tremendo escalofrío.

Una vez en el salón, le despojaron del antifaz y fue presentada a un extranjero que eludió mencionar su nombre. Claro que, a esas alturas, aquel desdén no le asombró en absoluto puesto que no la recibía un caballero sino un rufián, a todas luces y en más de un sentido ya que había tal exposición lumínica que Anna hubiera jurado que era mediodía. Así es, la salamandra rezumaba llamas de siete colores lo que, paradógicamente, no hacía del recinto un lugar más cálido. Ni suavizaba las maneras de su distante anfitrión, un tipo de lo más exasperante... En cualquier caso, poco más llegaría a saber de aquel infame que permanecería de espaldas en su presencia fumando un Montecristo durante toda la velada. A decir verdad, todo ocurrió muy deprisa sin tiempo para charlas ni demás frivolidades. Si bien, pudo hacerse una composición de lugar: En una habitación rococó, un ser ambicioso obsesionado hasta la locura.

- Bienvenida, Miss Vadar, proceda."Tome esta taza y que Dios le haga hablar" así reza el proverbio.  No se demore y lea los posos, encontrará la pieza de porcelana en cuestión sobre la mesa.
- Lo lamento, señor, no practico la cafeomancia. Es una disciplina originaria de Armenia que me es completamente ajena.
- Entonces, hacerla venir ha sido una pérdida de tiempo. Veamos, Chong, llevátela y ya sabes lo que hay que hacer - aspiró el habano y prosiguió hablando, a continuación dirigiéndose a ella. - En tal caso, no me sirve. Desgraciadamente, me veo obligado a prescindir de sus servicios - aquello sonaba a auténtica despedida del mundo, más allá de esas cuatro paredes.

Chong la agarró sin miramientos saltándose el secretismo inicial, al defraudar al fumador había firmado su sentencia de muerte. Tenía que ser útil o antes del ocaso flotaría su cuerpo inerte en los muelles... Apretó los dientes, se estrujó el cerebro como una esponja y ya en el umbral de la puerta, a la desesperada, añadió.

- Aguarde, señor, Escuche, puedo darle lo que quiere - su timbre, dos tonos más agudo. - Le describiré al hombre que busca con tal precisión que creerá tenerlo de frente.
- Sorpréndame, señorita y no solo le perdonaré la vida, será agasajada como una diosa.

Miss Vadar se sentó a la mesa y con un porte en apariencia sereno, acarició el tapete con los dedos. Encendió una vela blanca, también una barrita de incienso y compelió a su anfitrión a que escribiera en un retazo de papel la tan ansiada pregunta. A continuación, barajó el tarot gitano con suma parafernalia y tras elegir al azar cinco arcanos mayores, los depositó del revés. Acto seguido, los voltearía despacio... El loco - La torre - El mago - El sabio... Por el momento, nada concluyente. Temblaba como un merengue.

Por último, apareció "La estrella" a modo de conclusión. ¡Menos mal! Al fin, una revelación que daba sentido a todas las demás cartas. Ya podía disertar sobre aquel hombre y una vez cogiera el hilo, se explayaría de lo lindo.

- El arcano mayor número diez y siete del Tarot es La estrella. El número diez y siete se transforma en el número ocho, que significa en este caso universalidad asentada en el ciclo infinito. Ocho también es el agua de los escorpiones que en este caso está purificada por la luz de las estrellas.
- ¿Quién es? ¿Dónde está? Todo eso no me interesa, le exijo datos concretos.
- "Se trata de un caballero inglés de alta cuna, cínico y almibarado, maldito y encantador, repugnante y bien parecido si acaso es posible. En resumen, una criatura ambivalente con dos caras, capaz de la mayor nobleza a pesar de ser un canalla consumado. Habita en una casa de campo de Blumbsbury custodiada por dos leales sirvientes que por él darían la vida. También hay una mujer que le recuerda quien fue una vez. Y en breve, conocerá a un hombre sabio que iluminará sus pasos... Esto es todo."

- Miss Vadar, no es suficiente. Compréndalo, ha de darme un nombre. Si no me complace, le desfiguraré la cara para que la confundan con una pescadera del puerto. Por su bien, hágase cargo...
- Un momento, puedo hacerlo mejor. Sí, hay algo más. Veo un enorme ave sobrevolando una librería... ¿Le dice algo?
- Ahora sí, daré con él. .

Y así transcurrió una noche de infarto. Al alba, cochero y ocupante regresaron por Grosvenor Bridge hasta una pequeña casita azul al oeste de White Hall donde acto seguido nuestra dama parapetaría durante días enteros. Hasta el martes siguiente, que apenas asida a un discreto bolso de viaje, Anya Vadić renegaría de su alias, abandonaría Londres y en adelante, trabajaría de costurera. A menos que...

A menos que alguien la haga saber quien es y la intercepte en el camino. 

Claro que no había nacido para coser. ¡Cómo negar lo evidente! Anya era una lectora del porvenir, fabulosa coreógrafa de lo probable. Sus ballets, un danzar de cartas volátil, tiempo y papel. Sus ojos, dos velas al porvenir, guía a ciegas hacia lo improbable. Y el esquivo destino, un juego de niños en sus manos prestidigitadoras... Maestra en el Arte de la Incertidumbre. Del tiempo, una estratega. Y sin embargo, a pesar de su extraordinario potencial, El Magister no intentó retenerla, consciente de que, a la larga ella sería un escollo. Es más, un peligroso revulsivo. Descartó aleccionar a aquella singular mujer oriunda de Jadar, sumarla a la causa, convertirla en su acólita leal y sumisa... Un fracaso anunciado, nunca la domaría. Tampoco la mandaría matar porque su poder trascendía a la muerte, mejor lejos que muerta y decidió expatriarla, sin país ni bandera. Un desencuentro de dos almas. El carbón y la plata, el fuego y el agua, el dinosaurio y el meteorito... Nada qué ver, existencias contrapuestas y de colisión, traumática. 

Quizás, porque él se alimenta de odio y Anya Vadić alberga demasiado candor en sus ojos violeta. O por la piedra de su anillo ancestral, la jadarita del oeste de Serbia. De primeras, un mineral insignificante. Blancuzco, terroso e incapaz de emitir, por si mismo, radiación alguna. Carente pues, de toda señal de nobleza. Absurdo, inaudito, se nos hace partícipes de la leyenda de un pedrusco. Sea como fuere, enseguida comprobaría el magnate que sus temores eran bien fundados, ambos resultaban del todo incompatibles. Tanto, que fue marcharse la adivina, caer el habano al suelo e incendiarse la alfombra. Todo, en un fulgor. Nada, en un momento. Mientras, El Magister sufría uno de sus singulares ataques de epilepsia, por lo visto, nada comunes. ¿Fruto del estupor? Podría ser, pisamos un terreno incierto.

Como el Cath Palug, el felino galés que tuvo la desfachatez de enfrentarse al rey Arturo, asimismo El Magister también habría de pagar su osadía. Craso error, confraternizar con La Jadarita, se atrevió a medir con ella sus fuerzas y...  


Según él, no más que una victoria pírrica... 
...Para mí, el fin del principio. 

Acaso una batalla, que no la guerra... 
... En cualquier caso,  meow! 

Una vida menos.












* Portada de IRENE SARAVIA, mi directora creativa. Contar con su colaboración, un privilegio.