sábado, 17 de diciembre de 2016

«LUMINESCENZA» Capítulo 5: The Lackingtonians.





«LUMINESCENZA» Capítulo 6 
Deus Scintille










"Los cuentos de hadas son más que reales, no porque nos digan que los dragones existen sino porque nos dicen que los dragones pueden ser derrotados".

Gilbert K. Chesterton          

             
                   








Cap 6. The Lackingtonians


El Templo de las Musas era un lugar que rayaba en lo místico, paredes correderas repletas de estantes altísimos, más parecido a un laberinto que a la cueva de un ratón y sin embargo, el gato de Cheshire desde un cojín de terciopelo apostado bajo la lámpara de pie de la esquina, nos dedicaba su eterna sonrisa, impertérrita, a los recién llegados. A primera vista, me pareció un felino de lo más hostil, hay gestos que intimidan. Claro que no había reparado aún en el trampantojo de atrás que mediante la ilusión óptica de unos libros pintados y un busto de marmol, disimulaba una puerta vedada a los más curiosos.

Desde su mullido trono guardaba un pasadizo secreto que yo había de franquear al precio que fuera. Dos libras me pareció barato o lo que es lo mismo, un frasco de lavanda violeta. Y cómo no, también agregué unas gotas de laúdano. Aún así, casi pierdo la paciencia pues no fue hasta que el viejo Balance pegó una agradable cabezadita que yo penetraba en la enorme estancia contigua de techo bajo mientras Ahwar se engatusaba al felino que irradiaba cinismo a base de golosinas.

Así es como accedí a una habitación de lo más surrealista de paredes desproporcionadas al más puro palacio del País de las maravillas, con las paredes llenas de relojes de guiño de conejos blancos y locos sombrereros... Mi consternación era tal que me deshice en un suspiro al que como un eco, le siguieron otros. Me observaban... ¿O eran los ojos de los relojes que rastreaban con sus iris de un lado al otro al son del tic tac? No. Porque los relojes no suspiran. Había alguien más allí y no le importaba ser descubierto.

- ¿Le importuno?
- Oh, en absoluto. Adelante, pase. Y dígame. ¿Qué le trae por aquí?
- Fui amigo de Mr. Hatchid Pamuk y busco respuestas. 
- Ah, entiendo - reconocí esa sonrisa, la misma del gato, áspera y tirante, todo encías y dientes. 
- Pues usted me dirá, qué se le ofrece. Pregunte, pregunte, soy todo oídos.

De repente, una ráfaga de aire. Titilaron la lumbre de la chimenea y por un solo instante, nos quedamos en penumbra y los dientes del librero centelleaban. Al igual que Alicia, muchas veces había visto a un gato sin sonrisa, pero nunca una sonrisa sin gato.

- Me presentaré. me llamo Chester Rogers. 
- Discúlpeme, pero me gustaría conversar con Anathole. 
- Y a mí también, ya lo creo, pero desafortunadamente no va a ser posible. 
- Puedo esperar - contesté no sin cierta altanería. 
- Como desee, prepararé una taza de té. O diez.. Por favor, póngase cómodo. Mr...?
- Sir. Chatterfly, Graham Chatterfly. 
- ¿Cree en la reencarnación, Chatterfly?
- Por supuesto que no. Buda, el gordo feliz... En fin, no me impone mucho respeto. Y el Nirvana, un cuento para lunáticos. Al grano, amigo. ¿Acaso de sus florituras debería entender que Anathole está muerto?
- Yo no diría tanto. Literalmente, se esfumó. Y nunca mejor dicho. 
- Qué gracioso, Chester. Claro, otra de sus bromitas... Pues permítame que no me ría. La verdad, no estoy de humor. 
- Se equivoca, Sir Graham, no puedo hablar más en serio - de nuevo afloraron esos dientes casi plateados, pegados a unos labios más tristes que los de Monalisa. - Desapareció de esta misma sala durante un pequeño incendio.

Chester me condujo por un estrecho pasillo con paredes embadurnadas de hollín y la alfombra desprendiendo un hedor insoportable a gato calcinado. Y entre ceniza y efluvios llegamos hasta la biblioteca de los libros encadenados.

- Míre a su alrededor, Sir Graham, estos libros son verdaderas joyas. El propio James Lackington seleccionó la mayor parte con excelente criterio y se vanagloriaba de la calidad y rareza de sus ejemplares. The Lacktonians siguieron con el espíritu del librero, tanto dentro como fuera de la tienda. 
- ¿Quién es James Lackington?
- Era, nos dejó hace décadas. Fue el fundador de esta librería y dio nombre a nuestra asociación, Hubo un tiempo en el que The Lackingtonians nos reuníamos en la trastienda a debatir temas apasionantes como el paradero de la Mesa esmeralda del rey Salomón, la verdad sobre el Lignum Crucis o los poderes de la Piedra Filosofal que veneraban los alquimistas - cuando hablaba era como si cantara, irradiaba melancolía. - Entonces éramos osados, temerarios, espíritus insensatos sedientos de acertijos. Tanto que adquirimos una sala de exposiciones, el Egiptyan Hall en Picadilly para divulgar nuestros conocimientos y habilitamos el Sadler Theatre que viene ofreciendo a Londres magníficas obras de teatro. Promovimos hace cinco años entre nuestros insignes socios y allegados un intrépido tour por el Nilo, acondicionamos una bodega para coleccionar los mejores caldos del mundo. Hasta publicamos la primera edición de Frankenstein y con ella revolucionamos la literatura así como los versos de Morris, Siddal y Rossetti apostando por el movimiento prerrafaelita. 
- Admirable. 
- Bueno, esa época ya pasó. Kanes James Ford, nuestro Gran Maestre se convirtió en un anciano adorable y con el tiempo nos acomodamos, limitándonos a divagar sobre cuestiones absurdas como la forma de la cruz del martirio de San Andrés o el sexo de los ángeles... 
- Pero si sus reuniones son del todo inocentes... ¿Por qué razón encadenan los libros? 
- Contamos con ejemplares muy valiosos. 
- ¿Tanto como para matar por ellos? 
- Desde luego, hace meses hubo un intruso que se hizo con varios facsímiles. Desde entonces reina la cautela en el seno de nuestra comunidad, recelamos los unos de los otros. Una vez se resquebraja el círculo de confianza... Y la magia se desvaneció sin remedio. Jamás nos repusimos. 
- Si como observo en estas cerraduras nadie forzó los candados, es natural que the Lackingtonians aún recelen los unos de los otros, sigue la herida abierta. Hay un traidor entre ustedes y podría estar corrompiendo a otros miembros del grupo. 
- En efecto, había solo una llave y la custodiaba Anathole. Desapareció aquella misma noche sin dejar rastro.
- Demasiadas casualidades.
- No me malinterprete, caballero. Anathole no nos traicionó, habría dado su vida por esos libros. Es más, temo que así haya sido pues él jamás habría accedido a entregar esa llave de motu propio, habría opuesto resistencia. 
- Entiendo. 
- ¿Qué entiende exactamente? 
. Yo solo asentí por cortesía. Siento decepcionarle, no soy tan intuitivo. 
- En cualquier caso, tenemos infiltrado a un ser perverso pero no es Anathole. Aunque se trata de alguien que le conoce bien, lo suficientemente como para dejarle entrar aquí a deshora. De ninguna forma se lo permitiría a un desconocido. 
- En tal caso, Chester, me sorprende tanta familiaridad para conmigo. ¿Seguro que no contraviene las normas? 
- Deliberadamente las ignoré y podría meterme en un buen lío. Pero no soy tan ingenuo, Sir Graham. Sé lo que hago, tengo mis razones. 
- Explíquese. se lo ruego. 
- Mire por el rosetón acristalado y entre los pedazos de vidrio blanco de Flandes distinguí un ave tremenda sobrevolando Pall Mall East. Sin duda, es el halcón del amigo de Anathole, siempre rondaba por aquí cuando el libanés venía de visita, por eso sé que no miente. Y los amigos de mis amigos... en nombre de Anathole os doy la bienvenida. Además, mi cordialidad no es desinteresada, exijo un quid pro quo. Estoy al corriente de la suerte que corrió Hatchid y si usted está investigando lo que le ocurrió, no me quedaré al margen. 
- Así es, el halcón viene con nosotros, Custodia a la hermana de Hathid que está en la librería. 
- ¿Y cómo es que no atravesó la cortina con usted? 
- Me pareció sumamente peligroso. 
- Pues la haremos pasar de inmediato, me gustaría presentarle mis condolencias.

Salimos a buscar a Ahwar que se nos unió de un salto levantándose de una butaca floreada. Y acudió a nuestro encuentro tan intrépida que al desplazarse dejó al descubierto a un hombre asiático que la venía observando a través de la luna del escaparate.

Entramos de nuevo en el interior y retomamos las pesquisas:

- Por favor, Mr. Rogers, haga memoria. ¿Qué libros se llevaron? 
- Faltan tomos de disciplinas muy distintas, por eso me inclino a pensar que este hurto es obra de un aficionado - Chester revisó los catálogos. - Veamos, falta el Hamia-I Haydari, un poemario persa del poeta Bāzil Mashhadī. Un manuscrito delicioso de acuarelas opacas y oro sobre papel. 
- Es un libro épico que narra las guerras entre Ali y Muhamad, aunque cuentan que entrelíneas también recoge frases perdidas de El Profeta. Se extravió tras el asalto de la biblioteca abasida de Bagdad por el jefe mongol Hulagu Jan, nieto de Genghis Khan - apuntó Ahwar con un temple exquisito. - Pero no se perdió del todo, en la cultura popular de mi pueblo se conserva de viva a voz alguno de sus poemas: 

"Y con la ascensión del Maestro del Mundo y el más noble de los descendientes de Adán, la paz sea con él, con el techo de la esfera azul y su encuentro con el Creador de la Luz y la Oscuridad".

- Qué hermoso, Ahwar. ¿Se refiere a Mahoma? 
- Es probable, aunque la religión musulmana reconoce otros profetas. 
- Llamadme retorcido pero con la proclamación de ese Maestro del Mundo al encuentro de El Creador de Luz y Oscuridad podría alentar a cualquiera a considerarse El Elegido, al fin y al cabo todos somos descendientes de Adán... - apunté con un ostentoso gesto de preocupación. - Y si alguien se hiciera con el libro y creyera cada palabra, supondría legitimar a la bestia. 
- En efecto, Mr. Graham, es usted ciertamente complejo - muy a mi pesar, Chester me dio la razón y prosiguió describiéndonos los demás robos. - También nos fue arrebatado un ejemplar de Polygraphiae, el primer libro de criptografía impreso obra de Johannes Trithemius.
- Interesante - constaté, intentando pasar página aunque siguiera embargándome una gran desazón. 

No pude evitarlo, me quedé pensativo. Y no fue hasta que Ahwar descubrió una marca cuadrada en la pared que pareció confluir todo en una espiral de horror y miedo. 

- ¿Qué había aquí colgado, Chester? Entre la litografías La flor Mística y El Elefante Sagrado de Gustave Moreau hubo un cuadro que ya no está. 
- Había un grabado del Compendio Mitológico de Vincenzo Catari. Concretamente, mostraba al dios Serepis junto a su mounstro de tres cabezas, una grotesca criatura bastante desagradable, dicho sea de paso.
- ¿Y qué ha sido de él? 
- Alguien la debió quitar de allí y le estoy muy agradecido, me hacía daño a la vista. No fui yo pero confieso que a menudo la idea de hacerla añicos se me pasaba por la cabeza. .
- Podrían haber sido robada junto con los libros. 
- ¿Quién querría algo así? Imposible, nadie tendría tan mal gusto -, Chester volvía a estar en forma, recuperaba su picardía. 
- A no ser que fuera algo más que una lámina desasosegante y ocultara algún mensaje... 

De repente, la vidriera estallaba en mil pedazos. Al parecer, el dios Serepis carece de sentido sentido del humor. Y para protegernos de los cristales, corrimos por un intrincado pasadizo detrás de Chester Rogers hasta la bodega, un receptáculo dormido y atemporal, ajeno a la noche y el día. Un frío cavernal, la bóveda de ladrillo al aire, un olor intenso a tierra y a moho. Unas gotas de vino desparramadas a los pies de un bodeguero... Ahwar y yo deambulando extasiados entre toneles y barricas mientras Chester correteaba por aquella colmena de madera con el corazón encogido. 

- ¡Es una profanación! Cómo han podido... - acudimos a su lado y colérico nos comunicó. - No doy crédito, alguien ha estado aquí manipulando las botellas. 
- Tal vez el ladrón brindó por su hazaña - comentó Ahwar para quitarle hierro al asunto. 
- O culminó un ritual que comenzara cinco años antes...

Y la sonrisa metálica de Chester se volatilizó para no volver.











* Portada de IRENE SARAVIA, mi directora creativa. Contar con su colaboración, un privilegio. 






























viernes, 2 de diciembre de 2016

«LUMINESCENZA» Capítulo 4. "Anya, la última Jadarita"


«LUMINESCENZA» Capítulo 4 
lucis hyacintho...













            “El hombre tiene mil planes para sí mismo. El azar, sólo uno para cada uno.”


Mencio                     
       
                          

          







Cap 4. Anya, la última Jadarita.


Desde luego, Miss Vadar era la persona idónea. Su tez aterciopelada, el iris violeta. La voz monócroma, cavernosa, la dentadura impecable y ese acento forzado de ninguna parte que flotaba en el aire con sus predicciones. Se trataba pues de una figura singular con un turbio pasado que forjaba aún más el enigma. Y toda aquel aura de misterio... Sencillamente, perfecta. Anya Vadić se había inventado de la nada a sí misma. En un gremio, por lo general, carente de glamour, Miss Vadar resplandecía. Sin duda, la mejor elección. Por supuesto, nadie mejor que ella. Claro que la fama expone a todas las miradas, me temo incluso que a las más sombrías.

Naturalmente, Miss Vadar tenía poco de pitonisa, aunque decía poseer un don que adornaba a conveniencia. Ante todo, era una mujer discreta y en aquella improvisada sesión comprendió que su mutismo era una cuestión de vida o muerte. Si en algo apreciaba su vida, lo olvidaría todo... Callaría pues sin que nadie le advirtiese.

Tan pronto contactaron con ella, la adivina se mostró incómoda. En su trabajo solía avenirse a un protocolo y en esta ocasión le obligaban a renunciar a él sin preguntas. Esta visita rayaba en lo excepcional, acudía a ella a ciegas sin ningún guión escrito. La recogió un extraño carruaje emplomado y sin corceles, tan solo provisto de una vidriera y tres grandes tubos que despedían fuego. Dentro, un pequeño cubículo. Le ofrecieron champagne, que rechazó sin grandes aspavientos. No confiaba en aquella gente. Y una vez a bordo, creyó levitar... Tenía los ojos vendados y como era de esperar, le reapareció ese persistente tic que la afeaba tanto. En efecto, miss Anna Vadar se mordía el labio por dentro compulsivamente hasta hacerse sangre cada vez que se sentía insegura. Y aquella noche, no era para menos. Pues estaba a expensas de un desconocido carente de honor que le imponía sus propias reglas.

Aún así, mantuvo la calma... Anna se aferró al tosco anillo de jadarita, deslucido por los siglos, una joya de familia. Con tan solo frotarlo, decidió que no se derrumbaría. Y con fuerzas renovadas, se concentró en captar a través del lazo de seda que le cubría sus ojos todo cuanto en tu entorno aconteciera. Era tan intuitiva que se regodeó en cada sensación, no pasaría detalle por alto. Sin duda, las ráfagas de luz que pasaban de largo eran destellos de las farolas de gas del distrito de Westminister, también detectó los chirridos de los trenes en Victoria Station. Luego, esa pegajosa humedad que la traía la niebla del Támesis. Atravesaban el río...Más tarde reconocería el ajetreo del Borough Market de madrugada, las primeras subastas de la lonja... Pronto supuso que el carruaje se dirigía al sur para luego virar hacia el este, se lo confirmó el fuerte olor a carbonilla. No cabía otra explicación, ni mil chimeneas asando lechón a la vez desprenderían semejante tufo... Es entonces que el carruaje se detuvo en seco y Anna rastreó como un animal. Apostaría su camafeo a que se hallaban frente a una enorme fábrica en los alrededores de Nine Elms. Y ese golpeteo incesante... Una sala de máquinas, tal vez. "Nadie en su sano juicio se asentaría por aquí salvo que oculte un secreto horrible" pensó, al tiempo que se estremecía de pavor y cual latigazo, le recorrería un tremendo escalofrío.

Una vez en el salón, le despojaron del antifaz y fue presentada a un extranjero que eludió mencionar su nombre. Claro que, a esas alturas, aquel desdén no le asombró en absoluto puesto que no la recibía un caballero sino un rufián, a todas luces y en más de un sentido ya que había tal exposición lumínica que Anna hubiera jurado que era mediodía. Así es, la salamandra rezumaba llamas de siete colores lo que, paradógicamente, no hacía del recinto un lugar más cálido. Ni suavizaba las maneras de su distante anfitrión, un tipo de lo más exasperante... En cualquier caso, poco más llegaría a saber de aquel infame que permanecería de espaldas en su presencia fumando un Montecristo durante toda la velada. A decir verdad, todo ocurrió muy deprisa sin tiempo para charlas ni demás frivolidades. Si bien, pudo hacerse una composición de lugar: En una habitación rococó, un ser ambicioso obsesionado hasta la locura.

- Bienvenida, Miss Vadar, proceda."Tome esta taza y que Dios le haga hablar" así reza el proverbio.  No se demore y lea los posos, encontrará la pieza de porcelana en cuestión sobre la mesa.
- Lo lamento, señor, no practico la cafeomancia. Es una disciplina originaria de Armenia que me es completamente ajena.
- Entonces, hacerla venir ha sido una pérdida de tiempo. Veamos, Chong, llevátela y ya sabes lo que hay que hacer - aspiró el habano y prosiguió hablando, a continuación dirigiéndose a ella. - En tal caso, no me sirve. Desgraciadamente, me veo obligado a prescindir de sus servicios - aquello sonaba a auténtica despedida del mundo, más allá de esas cuatro paredes.

Chong la agarró sin miramientos saltándose el secretismo inicial, al defraudar al fumador había firmado su sentencia de muerte. Tenía que ser útil o antes del ocaso flotaría su cuerpo inerte en los muelles... Apretó los dientes, se estrujó el cerebro como una esponja y ya en el umbral de la puerta, a la desesperada, añadió.

- Aguarde, señor, Escuche, puedo darle lo que quiere - su timbre, dos tonos más agudo. - Le describiré al hombre que busca con tal precisión que creerá tenerlo de frente.
- Sorpréndame, señorita y no solo le perdonaré la vida, será agasajada como una diosa.

Miss Vadar se sentó a la mesa y con un porte en apariencia sereno, acarició el tapete con los dedos. Encendió una vela blanca, también una barrita de incienso y compelió a su anfitrión a que escribiera en un retazo de papel la tan ansiada pregunta. A continuación, barajó el tarot gitano con suma parafernalia y tras elegir al azar cinco arcanos mayores, los depositó del revés. Acto seguido, los voltearía despacio... El loco - La torre - El mago - El sabio... Por el momento, nada concluyente. Temblaba como un merengue.

Por último, apareció "La estrella" a modo de conclusión. ¡Menos mal! Al fin, una revelación que daba sentido a todas las demás cartas. Ya podía disertar sobre aquel hombre y una vez cogiera el hilo, se explayaría de lo lindo.

- El arcano mayor número diez y siete del Tarot es La estrella. El número diez y siete se transforma en el número ocho, que significa en este caso universalidad asentada en el ciclo infinito. Ocho también es el agua de los escorpiones que en este caso está purificada por la luz de las estrellas.
- ¿Quién es? ¿Dónde está? Todo eso no me interesa, le exijo datos concretos.
- "Se trata de un caballero inglés de alta cuna, cínico y almibarado, maldito y encantador, repugnante y bien parecido si acaso es posible. En resumen, una criatura ambivalente con dos caras, capaz de la mayor nobleza a pesar de ser un canalla consumado. Habita en una casa de campo de Blumbsbury custodiada por dos leales sirvientes que por él darían la vida. También hay una mujer que le recuerda quien fue una vez. Y en breve, conocerá a un hombre sabio que iluminará sus pasos... Esto es todo."

- Miss Vadar, no es suficiente. Compréndalo, ha de darme un nombre. Si no me complace, le desfiguraré la cara para que la confundan con una pescadera del puerto. Por su bien, hágase cargo...
- Un momento, puedo hacerlo mejor. Sí, hay algo más. Veo un enorme ave sobrevolando una librería... ¿Le dice algo?
- Ahora sí, daré con él. .

Y así transcurrió una noche de infarto. Al alba, cochero y ocupante regresaron por Grosvenor Bridge hasta una pequeña casita azul al oeste de White Hall donde acto seguido nuestra dama parapetaría durante días enteros. Hasta el martes siguiente, que apenas asida a un discreto bolso de viaje, Anya Vadić renegaría de su alias, abandonaría Londres y en adelante, trabajaría de costurera. A menos que...

A menos que alguien la haga saber quien es y la intercepte en el camino. 

Claro que no había nacido para coser. ¡Cómo negar lo evidente! Anya era una lectora del porvenir, fabulosa coreógrafa de lo probable. Sus ballets, un danzar de cartas volátil, tiempo y papel. Sus ojos, dos velas al porvenir, guía a ciegas hacia lo improbable. Y el esquivo destino, un juego de niños en sus manos prestidigitadoras... Maestra en el Arte de la Incertidumbre. Del tiempo, una estratega. Y sin embargo, a pesar de su extraordinario potencial, El Magister no intentó retenerla, consciente de que, a la larga ella sería un escollo. Es más, un peligroso revulsivo. Descartó aleccionar a aquella singular mujer oriunda de Jadar, sumarla a la causa, convertirla en su acólita leal y sumisa... Un fracaso anunciado, nunca la domaría. Tampoco la mandaría matar porque su poder trascendía a la muerte, mejor lejos que muerta y decidió expatriarla, sin país ni bandera. Un desencuentro de dos almas. El carbón y la plata, el fuego y el agua, el dinosaurio y el meteorito... Nada qué ver, existencias contrapuestas y de colisión, traumática. 

Quizás, porque él se alimenta de odio y Anya Vadić alberga demasiado candor en sus ojos violeta. O por la piedra de su anillo ancestral, la jadarita del oeste de Serbia. De primeras, un mineral insignificante. Blancuzco, terroso e incapaz de emitir, por si mismo, radiación alguna. Carente pues, de toda señal de nobleza. Absurdo, inaudito, se nos hace partícipes de la leyenda de un pedrusco. Sea como fuere, enseguida comprobaría el magnate que sus temores eran bien fundados, ambos resultaban del todo incompatibles. Tanto, que fue marcharse la adivina, caer el habano al suelo e incendiarse la alfombra. Todo, en un fulgor. Nada, en un momento. Mientras, El Magister sufría uno de sus singulares ataques de epilepsia, por lo visto, nada comunes. ¿Fruto del estupor? Podría ser, pisamos un terreno incierto.

Como el Cath Palug, el felino galés que tuvo la desfachatez de enfrentarse al rey Arturo, asimismo El Magister también habría de pagar su osadía. Craso error, confraternizar con La Jadarita, se atrevió a medir con ella sus fuerzas y...  


Según él, no más que una victoria pírrica... 
...Para mí, el fin del principio. 

Acaso una batalla, que no la guerra... 
... En cualquier caso,  meow! 

Una vida menos.












* Portada de IRENE SARAVIA, mi directora creativa. Contar con su colaboración, un privilegio. 

























  





viernes, 18 de noviembre de 2016

«LUMINESCENZA» Capítulo 3. "Anathematis".

«LUMINESCENZA» Capítulo 3 
Iucis caelum...









   





"Tul-tul kante ootak-nakata, sinha raha sanyhai. 
Kimbha ke rarana bhai larai, boojho mere bhai" 


     Razmanma  (acertijo).               
                      

                                                                                
                                         











Cap 3.  Anathematis.


Por el momento, nuestro pequeño hotel de almas desoladas no era precisamente una fiesta. Ni Ahwar ni yo teníamos ánimo de conversar y honestamente, éramos un par de extraños sino incompatibles. Si yo recitaba a Winton, ella tócaba el sitar. Mientras yo ensayaba pasos de baile, ella mariposeaba de rincón en rincón con cascabeles en las babuchas. Para ordenar... ¡Qué falta de genialidad! Menuda ocurrencia, vulgar como pocas. Y con tanto tilín me palpitaba la sien... Creí que me estallaba la cabeza. Soporté su embite con absoluta entereza, sin demostrar mi fastidio, cual auténtico gentleman, hasta una mañana que me quemé la lengua con un sorbo de café y a raíz de un pequeño desliz, se desató mi ira contenida. Entonces no tuve piedad, mi rostro era pura furia. Afilé mis sables y katanas frente a ella sin quitarle el ojo de encima... Así la retaba a legendario duelo con un gesto intimidatorio. Tengo una habilidad especial para ser desagradable, practiqué con mi distante padre durante años. Sé cómo incomodar a alguien hasta el extremo sin perder la compostura. 

En respuesta, Ahwar reaccionó satisfactoriamente, sería una fabulosa adversaria digna de mi talento. Con la agilidad de un pajarito fue salpicando las paredes de pequeños marcos color pastel con glicinias disecadas que me cegaban los ojos. Y no contenta con eso, tuvo la osadía de colocar una primera edición de Enma de Jane Austen sobre el aparador mancillando con su ñoñería mi colección catalogada de armas blancas. En consecuencia, me vi obligado a contrarrestar semejante afrenta colgando cuantas litografías de mujeres semidesnudas  tuve oportunidad  hasta convertir el tabique en un hilarante mosaico de hadas y flores que ambos detestábamos en igual medida. Llegados a este punto, Wells medió con un chocolate de pimienta rosa. Negociamos, depusimos clavos y martillos. Nos concedimos una pequeña tregua, nada exagerado, ella parloteaba mientras yo leía el periódico. Parecíamos un viejo matrimonio que apenas se tolera y sin embargo, por fin estábamos cómodos.  

Así es, no nos llevábamos demasiado bien y aún así conseguímos cohabitar en la misma sala de estudio días enteros. Naturalmente, con libertad absoluta de movimientos y sin inmiscuirnos en los pensamientos del otro. Hasta que un día hasta me fumé del tirón media caja de habanos y el despacho era un palacio de neblina. Entró ella, en un arrebato abrió el ventanal y acto seguido, a punto de estallar la guerra diplomática, de repente callamos los dos. Y es que a través del marco de la ventana, se colaba hacia el interior un ave espléndida que en un aleteo triunfal aterrizó sobre su hombro. Me quedé conmocionado, lo nunca visto. Un ser alado, sagaz y poderoso, de sobrecogedora grandeza y cercano al mito se precipita dentro de la habitación y se posa sobre mi invitada... De infarto. 

Movido por la histeria y con un febril instinto de supervivencia, me dispuse a arrojar al susodicho un cenicero de bauxita cuando la muchacha, serena, alzando el brazo me lo impidió. Y menos mal, tengo tan mala puntería que podía haber herido a Ahwar. O lo que es peor, golpear la cristalera de William Morris y eso sí que habría sido fatal, toda una catástrofe. No solo por la obra, espléndida. Sino porque la sala estaría helada, resultando insuficiente la chimenea. En cualquier caso, me detuve, evitando múltiples desenlaces esperpénticos. Y entonces ella me contó que aquel ave majestuosa era el halcón de Hatchid, su fiel compañero. Ignorando mi cara de estupor, la muchacha se explicó con total parsimonia. Por lo visto, rapaces y hombres llevaban conviviendo en la familia Pamuk siglos y siglos durante generaciones. Ruc, que así se llamaba aquel pájaro descomunal, tenía la mirada de hielo y lucía un plumaje cristalino. Bendecida en las cuevas budistas de Ellora a las afueras de Auranghabad según el ritual de la luz en honor al ave solar Garudá y la serpiente Naga, pertenecía a una estirpe de pájaros legendarios presente en el quinto libro de Simbad y en los relatos marineros.  Desde luego, no se trataba de una mascota al uso. Más bien, era un guerrero nacido para proteger a su amo. Su misión obedece a una tradición milenaria, cada Pamuk cuenta desde siempre con su ángel custodio. 

- Si Natchid murió, entonces Ruc fracasó. 
- Y está dolido, sabe que le falló y es por eso que se le caen las plumas. 

Me fijé en las calvas del animal, daba verdadera lástima. Se le veía mancillado en lo más hondo. Y le comprendí, a fin de cuentas Hatchid enfermó en mis brazos y yo tampoco supe defenderle.  

- Cierto, Ruc languidece... 
- Así es. Y él también morirá si no le acepto como guardián, buscaba un Pamuk a quien cuidar y me ha encontrado. 

Al parecer, la caravana de la familia Pamuk partía históricamente de Antioquía, pasaba por Baalbeck y Palmira, atravesaba Mesopotamia, a lo largo de Nisibis, Ctesifonte y Seleucia y penetraba en la meseta del Irán, pasando por Ecbátana, Ragas y Hecatómpilos. Cruzaba después El Jurasán por Nishapur, cruzaba el Turkmenistán Meridional por Alejandría de Margiana bordeando el Oxus para luego ascender hasta Bujara, alcanzar la Sogdiana por Samarcanda y llegar a la cuenca del Tarim en Kashgar en la remota región de Sinkiang cerca del Tibet. Allí cambiaban coral, ámbar y lana por especias, ébano y piedras preciosas de la India así como hierro de extraordinaria pureza, pieles raras, sándalo, agujas, aceites y barnices procedentes de Extremo Oriente. Si bien, el material más preciado eran los tejidos de seda chinos, especialmente los brocados de Shang-du que por sí mismos justificaban todo el viaje. Y una vez realizado el trueque, sus camellos bactrianos, cargados de seda, partían de vuelta a occidente desde la capital de Han a través de Kansu, Samarkanda y continuaban por Antioquía hasta la costa mediterránea... En resumen, recorrían medio mundo.  

- En territorio chino, desde los tiempos del Emperador Wu-Di, la ruta estaba jalonada por una serie de fortalezas y monasterios budistas, que protegían a los mercaderes y les daban cobijo, Pero, por desgracia, casi en el 80% de la Ruta, no había vegetación; sólo encontraban desiertos de arena, hielo, nieve y glaciares. A veces, los caravaneros sufrían accidentes o enfermedades, toda suete de penalidades asolaban el arduo camino. Otras tantas las caravanas eran asaltadas por bandas de feroces asesinos.

La observaba, estaba preciosa cuando le hiervía la sangre. Los mismos pómulos, la misma boca que Hatchid. Tan apetitosa como la de su hermano, me entran ganas de besarla... Pero siempre mantuve una máxima en el amor, me está vedado confraternizar con dos miembros de una misma familia, rayaría en lo incestuoso. Anwar seguía hablando y hablando, cada vez más efervescente. En algún momento, debí dejar de prestarle atención. y me temo que se ha dado cuenta porque me escruta de un modo... Asentí sin demasiada complicidad. Lo sé, parecía distraído.

- ¿Te quedas tal cual? ¡No reaccionas! Graham, tienes la sensibilidad de un rinoceronte. No hay nada en el mundo que realmente te importe.
- Chiquilla, eres injusta. En defensa del arbitrariamente difamado rinoceronte alegaré que huelgan las comparaciones. Los rinocerontes sí que se comunican entre sí mediante intensas vocalizaciones con propósitos bien distintos. Emiten llamadas de contacto, señales de cortejo y, aunque no son frecuentes porque la especie se sabe fuerte, también articulan ocasionalmente sonidos de alarma en caso de peligro inminente. No les ofendas, nada qué ver conmigo. Y sobre mí, poco qué decir. Sencillamente, no soy de lágrima fácil. Aún no ha llegado a mis oídos atrocidad capaz de escandalizarme.

Lo que no era del todo cierto. Cierto, su crónica no me impresionó porque ya leí sobre los peligros de la Ruta de la Seda en las memorias de Guillaume de Tyr, Jacques de Vitry, Jean de Joinville o el mismísimo Marco Polo. Una Ahwar decepcionada acarició a Ruc y en tanto le rozaba, recordó algo. Salió a toda prisa camino de su dormitorio y yo la seguí. Deseaba disculparme y no sabía cómo.

- Cuando me fui de casa, dejé atrás muchas cosas y créeme, no me importa. Era un precio ridículo a pagar por retar al destino y vivir una vida de la que por linaje me ha sido asignada - se toca el lóbulo de la oreja tanteando el pendiente de orfebrería regalo de su prometido, una auténtica joya. - Pero no renunciaré al libro de Razmana que Hatchid me regaló, es una traducción persa del Majabhárata muy querida, El Libro de Razmana y Ruk son lo único que me queda de mi hermano. Además, es un ejemplar es único y lo hizo traer desde la biblioteca de Chinguetti en Mauritania sólo para mi. 
- Pero estábamos en otra cosa y caíste sin más... ¿Por qué te inquietaste por El Razmana precisamente ahora?
- Fue por el halcón, él me condujo al libro. Hatchid era un gran cetrero, ¿lo sabías? Tras su entierro, Ruk sobrevoló el cementerio durante días. 

Cómo iba a saberlo, si no acudí al Campo Santo a darle un último adiós a mi amigo. Desvié la mirada, sentí vergüenza. Pero ella prosiguió contándome, sin reprocharme nada, consciente de mi desazón. Lo cual, fue todo un detalle. 

- Luego recordé que en el Razmana hay un cuento sobre rapaces que Hatchid me leyó una vez: "El halcón y la paloma". 
- Lo conozco, es una historia muy triste y carente de moraleja. Extraña lectura para dedicar a un niño... 
- De hecho, escucharlo me afligió. Entonces él me preguntó por qué estaba tan triste y le contesté aludiendo al sabio Patanhali: "El camino de la evolución es un camino de sufrimiento". 
- Una gran reflexión que, por supuesto, comparto. 
- Pues no deberías. Mi hermano, tras recitarlas, lejos de asentir me reprendió cariñosamente, "El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional", añadió. Son palabras de Buda y con ellas me alentaba a perseverar en mi búsqueda de la felicidad, a pesar de las penurias.


Tras recordar la escena, Ahwar sollozaba discretamente. Yo también me emocioné e incapaz de reprimir las lágrimas, argüí una estrepitosa reacción alérgica a las glicinias con una doble intención... Por una parte, quería parecer fuerte. De paso, contaba con una última oportunidad para deshacerme de esos cuadritos tan cursis... Brillante. 

Sin embargo, ella me caló al instante, lo intuí por su media sonrisa. De inmediato, supo que disimulaba pero no se rió de mi, no es propio de ella. Tanto es así que amaneció cierta ternura en sus ojos, Es más, rebosaba calor y empatía. Una señorita de casta, preocupándose por el alma errante de un gañán como yo... Inaudito. Aquella mujer se mostraba ante mí dulce y transparente y fue entonces que decidí confiar ciegamente en ella, como en Priscilla, mi idolatrada iguana australis. Y para mi sorpresa, al poco comprobé que la conexión era mutua. Una vez Ahwar encontró el librito en el bolsillo de un abrigo, me lo enseñó sin remilgos. Deseaba compartir conmigo aquel pequeño rastro Hatchid, su último destello.

Repasamos juntos el libro entero deleitándonos en la exótica belleza de sus 134 ilustraciones. Y estábamos los dos ensimismados cuando ante el colorido retrato del cetrero, la magia se esfumó. Fue un tremendo shock, no estaba preparado para eso. Fue tal la impresión que palidecí, casi desfallezco. Y es que reconocí a Hatchid, aquel rostro cetrino era su misma estampa.


- Interesante. Tu hermano y el cetrero son idénticos, como dos gotas de agua - era algo en verdad siniestro. 
- Yo iría más allá, creo que el cetrero con su dedo índice extendido pretende decirnos algo. Señala al cielo... o al halcón en pleno vuelo... 
- O la parte superior del manuscrito donde Hatchid ha escrito una frase en latín. Conozco bien su laboriosa caligrafía. No me cabe duda, lo escribió de su puño y letra.



Si quis furetur,
Anathematis ense necetur.


- Traduce, Graham. Qué raro... Si estuviera escrito en persa, lo entendería. 




May the sword of anathema slay
If anyone steals this book away. 



- "Que la espada de mate en la fe a quien ose robar este libro". Se trata de una horrible advertencia al potencial ladrón de El Razmanma, Hatchid le amenaza con la excomunión. 
- No puede ser, esa actitud inquisitorial no encaja con la personalidad de mi hermano. Él no haría jamás algo así. Además, hay más cosas que no cuadran. 
- Ilústrame. ¿Cuál es el sinsentido?

- Hatchid no sabía latín. Además, era musulmán y detestaba la excomunión cristiana. 
- Tal vez no le conocieras tan bien como crees... - tocábamos un tema delicado pues la homosexualidad de Hadchid no era de dominio público.  
- No hasta ese punto. - Anwar se puso rígida pero no percibí resentimiento, no juzgaba a su hermano.  
- Quizás, utilizara deliberadamente palabras artificiosas para que las desdeñes como tales y busques más allá algún mensaje subyacente. Un secreto cifrado, una especie de adivinanza. 
- ¿Y por qué haría algo así? 
- Por lo mismo que te leyó de niña un cuento sin moraleja. Para avisarte de que el dolor puede llamar a tu puerta... No intenta proteger El Razmanma de los intrusos sino a su queridísima hermana. 


Lo vi, con una nitidez prodigiosa. En efecto, la cita en latín guardaba un mensaje oculto... Si él fallecía y el halcón encontraba nueva dueña, Ahwar repararía en el libro. Entonces estaría en peligro... le ofrecía una escapatoria.


- Hay algo más. Si la amenaza en latín es tan importante... ¿Cómo permitió que se manchara de aceite? Hatchid no era descuidado y esto es una chapuza. 

En efecto, había una gota de aceite vertida sobre las últimas letras de la palabra anathematis.

- ¿Y si lo hubiera derramado adrede? Podría ser parte del acertijo... 
- Y si... Anath - oil... Anathole. ¡Lo tengo! Anathole se llamaba el tutor de Hatchid, ahora es librero en El Templo de las Musas. Es un hombre excepcional, sabe muchísimas cosas y mantiene amistad con personas un tanto peculiares... 
- Es nuestro hombre. Conozco esa librería.  


Nosotros, perdidos en un mar de sombras y tuvo que resurgir un ingenioso Hatchid desde ultratumba para mostrarnos el camino... Magnífico, arrebatador. Le amaba, de verdad que sí, más que a nadie en este mundo. Quise verle, yacer con él. Me pregunté como sería tener sexo con un muerto en una sesión de espiritismo... Lo consultaría. Aunque me cuidé de pedirle a Ahwar opinión al respecto o huiría despavorida. Claro que ella, por su parte, también "olvidó" contarme que El Libro de Razmanma es El libro de las Guerras. 


Dos amigos con secretos... Inquietante. Y sin embargo, es justo como me gusta. A decir verdad, no esperaba menos. Lince y pantera, unidos por un anatema. 











* Portada de IRENE SARAVIA, mi directora creativa. Contar con su colaboración, un privilegio. 

























  


viernes, 4 de noviembre de 2016

«LUMINESCENZA» Capítulo 2. "Doble o nada".

«LUMINESCENZA» Capítulo 2 
Sacri lumine...












        
“El tablero es el mundo. Las piezas, el fenómeno del universo, 
las reglas del juego son lo que llamamos leyes de la naturaleza y el
jugador del lado opuesto, se encuentra oculto a nuestra vista”.


Thomas Huxley                      
                      

                                                                                
                                         











Cap 2.  Doble o nada.


Después de Hatchid, solo hubo lluvia y más lluvia. Al menos, en mi cielo, no el noveno sino el décimo, debí pasarme de largo e internarme en la penumbra. Entretanto no recibí visitas, tampoco frecuenté los bares de WhiteChappel ni aposté a las carreras de galgos. Incluso dejé de pasear por Hyde Park a la vera de Priscilla, mi hermosa iguana australis, la hembra más dulce y leal de todas cuantas he conocido. Mi bella Pris, por falta de sol, comenzaba a amarillear y cuando insistió en entrar por el espejo comprobé que al parecer, estaba más cegata que de costumbre.

Como contrapartida, enclaustrado en casa, saneé mis finanzas, mi renta anual disfrutaba de un remanso de paz y mi contable no daba crédito. Pero aquello era insano, tararear el aria Che gelida manina de La Bohéme bajo las sábanas y releer tres veces The Decameron de Boccacio con una vela en el alda no pintaba nada bien, eran síntomas de desvario. Mis amigos intentaron animarme agasajándome con una visita a domicilio de la mismísima Patty DeYoung. Sí, la cantante de variedades más célebre por sus tres senos que por sus mediocres numeritos de vodevil. Walt y Thomas también probarían a rescatarme haciendo venir a los hermanos enanos acróbatas de Picadilly Circus que sobrevolaron de lámpara en lámpara los altos techos de mi alcoba para luego descolgarse por las cortinas. Les ovacioné, aplaudí con fervor, tenía que hacerlo. Pero igualmente, resulto inútil. Soy un mentecato, de acuerdo, pero respeto el trabajo ajeno pues yo jamás me esforcé en la vida, quizás porque nada me interesó lo suficiente. Primero, Guss... Luego, Hatchid... Mis ilusiones se evaporaron con ellos. Hacía muchos años que no tenía esa sensación de vacío, desde que perdiera al pequeño Guss y con él, mi as de corazones. 

Permanecí en cama durante catorce largos días, ácido e intratable, con el semblante mustio de entonces. Era una grotesca calcomanía de mí mismo, de ese otro Yo que de muchacho todavía sentía empatía. Necio de mi, que por fin me creía inmune... Y fue más bien al contrario, la dichosa herida otra vez no supuraba pus sino bilis. Cargaba con una... No. Dos ausencias. Tan patética resultaba mi estampa que Mr.Wells tomó cartas en el asunto. Tras frotarse con saña las sienes en busca de un plan audaz y cruzar unas cuantas misivas con el director del zoológico de Regent's Park, mi eterno ayuda de cámara idearía una artimaña de lo más absurda. Vuelta a la carga, solíamos jugar a algo parecido. Se presentó en mi cuarto, me aseguró sentirse indispuesto, bebió de un frasco negro que regurgitaba espuma. Y ante mis ojos de niño grande, oculto detrás del biombo chino se contorsionó y gimió al borde del colapso. Pensé en socorrerle pero me abstuve. Una vez sube el telón, no se debe interferir, así son las reglas. Me limité a mirar y contemplé su silueta durante "la transformación", encorvándose y enmelenándose hasta convertirse en simio. Bueno, o eso me dio a entender el octogenario Wells en una especie de broma pesada, tan propia de él que llevaba su sello inconfundible. Como tantas veces, una canica de vidrio rodó por el enlosado precedíendo a la función y ésta no iba a ser menos. De nuevo aquel hombrecillo, a pesar de sus achaques, se proponía despejar mi niebla de mis ojos. Tenía que ser mi Wells, entregado e incondicional. ¿Quién si no? Él, que siempre fue nuestro faro en una infancia sin estrellas.

El anciano me retó y acepté encantado haciendo tintinear la campanilla, a partir de entonces me ponía en sus manos. Me prestaría al juego, por los viejos tiempos. Nadie mejor que él, me conoce bien. Además, me consta, no quería nada de mi. Sencillamente, lo haría desde el cariño. De modo que cuando irrumpió un orangután en mi habitación provisto de cuello almidonado, corbata a rayas gruesas prendida con alfiler, con camisa de organza, chaleco a cuadros del clan Mc Allister y cuatro guantes impolutos no pude sino estremecerme, Wells me sacaría de mi letargo con una sarta disparates. Confiaba en él, aquella pantomima surrealista era en efecto obra suya. Habría sido un magnífico showman en un espectáculo de burlesque, cantaría operettas y musettes, recitaría las andanzas del rey Arturo y sus nobles caballeros, parodiaría al primer ministro... Tal vez durante otra vida en la que no tuviera que hacerse cargo de mí, su pequeño lastre.  

Tomé asiento en el diván dispuesto a dejarme engatusar por sus cuentos como cuando Gus y yo éramos chiquillos. Pero en esta ocasión arriesgaba, apostando por aquella estampa peluda se salía de su habitual repertorio, intentaría lo imposible. Ese mono pomposo encarnaba, al mismo tiempo, tanto a Jekyll como a Mr.Hyde, las dos caras de un hombre atormentado, mi mismo reflejo... Así es, doble moral, doble color. Naturalmente, blanco y negro. Prometía ser un espectáculo único, creado a mi imagen y semejanza. Por tanto, exclusivo. Y por descontado, sólo para mi. A lo que siguió una punzada de dolor... Porque sin Gus, no sería lo mismo. Si al menos, contara con Hatchid...

Pero enseguida me repuse, se lo debía al viejo. A continuación y sin mediar palabra, mi amigo engominado apartó el jarrón, cubrió la cómoda con un tapete y haciendo gala de unos modales impecables para un energúmeno con dos pares de manos y cabellera frondosa, exprimió un limón criollo así como una lima. Acto seguido, agitaría el zumo resultante en la coctelera junto hielo picado, un chorro largo de ron blanco y una pizca de angostura. Para terminar desenvainando un plátano y con total parsimonia, introducirlo en la copa que me ofrecería en medio de una teatral reverencia barroca extraordinariamente ejecutada. Por descontado, sin derramar ni una sola gota. 

Le dí un sorbo. Había oído hablar del Daiquiri de Santiago de Cuba pero aquella reinterpretación superaba cualquier otra versión a ambos lados del Atlántico. Me puse de pie sobre el colchón y entre consternado y divertido, brindé por Jenkings Cox, el ingeniero estadounidense de la mina de hierro donde se inventó aquel mejunje en un intento desesperado por sobrevivir en una isla sin ginebra. Cox era para mi un héroe, había evitado, a mi entender, un drama regional de fatídicas consecuencias, algo así como el motín del té de Boston pero con más graduación etílica. Erguí los hombros, me disponía a beber un sorbo de aquella maravilla cuando me detuve. Ese aroma delator... Arrugué la nariz, restaban ciertos matices. Lástima, una versión tan mona y sin embargo, no del todo conseguida. Pero se podía mejorar... Naturalmente, el mono sonrío pues ese era el plan desde el principio.  

- My dear Wells, te quedaste algo corto en las proporciones. Lo encuentro demasiado suave, le falta cuerpo. ¡Ni que yo fuera una dama del Ejercito de Salvación! Tal cual, es un refresco de pícnic - extendí el brazo, copa en mano. - Vamos, alégrame este jarabe. Requiere algo más de chispa, está incompleto. Cárgalo de ron hasta los bordes. También necesita un regusto a cereza negra, yo añadiría un toque de Marraschino. 

Compelí a un atribulado Wells, un tanto superado por la situación. Le puse en serios apuros, aquello le venía grande. En un amago de reflexión, se rascó la cabeza no consiguiendo sino despeinarse la frente luciendo en adelante un tupé divino. Entonces una mano arrugada asomó del biombo con la ansiada botella de licor balcánico acompañada de una risita viejuna... El director de escena parecía divertido. 

Repaso los gustos de Wells, recuerdo cuáles son sus favoritos. Exige mi interacción, no quiere que permanezca pasivo. Y en cuanto al código de honor, no me perdonaría si desbarato la quimera antes de tiempo: Estudié la situación, puesto que Wells ha adiestrado magistralmente al chimpancé para que le supla con pulcritud no debía desenmascararle, sería poco respetuoso. Así pues, decidí continuar con la pantomima tratando a Wells-Barman como si fuera el genuíno. Hice lo que se esperaba de mí, un tipo arrogante e inmaduro. El simio hubo de aderezar mi copa con un buen lingotazo de licor de caña y lo desempeñó con bastante destreza.

- Sí, esto ya está mejor - pegué un trago contundente. - Atención, hoy es un gran día. Nos hallamos ante el primer daiquiri de plátano de la historia... Magnífico. 

A lo que el mono reaccionó exultante y deduje que las expresiones de júbilo serían comunes entre los visitantes de la jaula o recinto en el que le tuvieran confinado. Por eso le dio por dar palmas y más tarde, volteretas. Un mono ocasionalmente feliz con gran espíritu deportivo... Le adoptaríamos. Por suerte, resultó gustarle el ruibarbo con almibar, los plátanos escasean. Lamentablemente, el verdadero Wells le ha iniciado perversamente en el  espantoso vicio de la achicoria. En fin, nadie es perfecto. 

Y puesto que el ambiente se iba distendiendo y el daiquiri amenazaba con causar serios estragos en un estómago amenazado con comer solo apio de por vida, gocé de mi momento de gloria como si no hubiera un mañana. Y crecido como nunca, tuve unas palabras en memoria de alguien a quien detesto manifiestamente por haber tenido la desfachatez de untar pan con chutney, jamón de york, brotes de lechuga y el resultado, comerlo con las manos. Estaba pletórico, su aberración culinaria por fin quedaría ensombrecida en breve por mi fabuloso cóctel de moda. Llevaba años aguardando una oportunidad semejante y no me privaría del momento, de ninguna forma. 

- Lord Sandwich, mis condolencias. Lamento comunicarle que estúpida ocurrencia de juntar pan con roastbeaf, col morada y mostaza de Dijon ha pasado a mejor vida - suspiré aliviado, aquel hábito bárbaro e inmundo resultaba indecente incluso para mi. 

Entonces me brotó una duda existencial, de repente me creía un genio: Si la Tierra de repente girara en sentido contrario... ¿Desevolucionaríamos? De acuerdo, Wells-simio era una falacia. ¿Pero qué pasa con Lord Sandwich y sus retrógrados seguidores? Ellos sí que eran claros paradigmas de un considerable retroceso. Se lo preguntaría a Darwin, a ver que´opinaba al respecto. Por desgracia, no tendría ocasión pues dada mi futura e inminente condición de declarado "muerto", inevitablemente se resentiría mi vida social, no resultando del todo apropiadas mis consultas científicas a los vivos. Un fantasma ha de prodigarse poco. Trasnochar no sería de buen gusto, ciertamente y menos, bajo la luna llena. 

Si bien, yo ya me hallaba brillante, excelso. Inconmensurable. Tan capaz y ligero que casi podía volar, un astro del firmamento. Y llegados a ese punto de euforia desmedida, poco realista pero a la vez, muy propia del eterno adolescente del el que llevo décadas disfrazado con enorme éxito, ni siquiera mi conversación postergada sine die con el padre de la Teoría de la evolución podía frenarme ya.   

- Avise a Harpper, el mayordomo. - vociferé para que tomara nota el verdadero Wells, a su edad, un poco duro de oído - Con motivo del Nuevo Daiquiri celebraremos una gran fiesta. Desdeñe cualquier decoración frugal. De refrigerio, evite los entremeses habituales, quedando taxativamente vetados los sandwiches de pepino. ¿Entendido? Quiero que de las fuentes renacentistas brote cacao con tamarindo en un jardín con hibiscus, también palmeras y camareros apenas atabiados con plumas coloridas, ofrezcan a mis comensales delicados bocados de frutas exóticas. 
Invitaremos a los de siempre, aunque en es esta ocasión también incorporaremos caras nuevas. Estudiosos, doctores, personal académico... Hombres de ciencia, en definitiva. Suyo es el futuro - el mono me miraba atónito con las cejas alzadas y los ojos como platos -.  ¿Cómo? Percibo cierta indecisión... Por Dios, Wells. ¡Improvise! No sea tan estrecho de miras, corren aires nuevos. 

Mi creciente entusiasmo por la ciencia me delató, noté que me ruborizaba. Nunca fui un visionario, el avenir jamás me intrigó lo más mínimo. Y sin embargo, de pronto, ese repentino interés por mil estudios novedosos y otras tantas líneas de pensamiento... Me escuchaba y no me reconocía. Así es, ese maldito lunático no podía ser yo. No obstante, no flaqueé y renegando de todos mis principios, proseguí en la misma línea. 

Presiento que el daiquiri de plátano será la copa predilecta de espías de etiqueta, ladrones de guante blanco, mafiosos sicilianos, traficantes del caucho, magnates de los astilleros... Así es, doble moral, doble licor. Nada que objetar, tan solo son criaturas complejas como yo. Personajes influyentes, de ellos depende que el mundo gire en un sentido y no en otro. Adelante. ¡Qué sean bienvenidos!  Es más, deseo conocerlos a todos. 

Por supuesto, a nadie engañé. Tampoco tenía a quien, el pobre mono no cuenta. En efecto, aquello sonó muy raro incluso para mis oídos. En Sodoma, una recepción seria... ¿Y para desconocidos?... Hasta el Wells de pega sospechó, no se le escapó que tramaba algo. Simplemente, lo sé, no sabría explicarlo.... Quizás por un balbuceo quejoso o por el consiguiente despliegue de labios a modo de sonrisa payasil. O porque en el fondo de mi ser me sentía un farsante. Apuré el daiquiri de plátano, convencido de que era perfecto para mí. 

- Otro más y lo veré todo doble. Idóneo para este menda y demás fantoches como yo.  

Todavía en batín, insté a un mono atónito a actuar con premura -. ¡Cómo! ¿Aún ahí parado? Diantres, Wells, reaccione. Tómese una achicoria con Harpper y póngale al corriente de todo lo dispuesto con pelos y señales. 
- Igijigiji Gijigi Jigiji Gííííííííí
- Por Dios Santo, qué risa más estúpida. Y por lo que más quiera, deje de enseñarme los dientes.  Uhm, mire que se lo advertí... Y encima, la lengua azul. Obviously, demasiada achicoria. 

Tres horas después estaba afeitado y aseado mirando a los transeuntes, hecho un figurín. Fue entonces y no antes cuando percibí su presencia por primera vez, me sentí observado. pero lejos de alarmarme, opté por la diversión dedicándole a mi voyeur, afín u hostil, un strepptes de lo más elaborado con coreografía propia... Permaneció inmóvil detrás del visillo en el inmueble de enfrente hasta me asomé al ventanal e hice que me caía. Entonces salió de su escondite y gritó señalándome y pidiendo ayuda. Entonces comprendí que no se trataba de un esbirro enviado para vigilarme sino de una muchacha de piel tostada con unos rasgos reconocibles y un corazón enorme. La reconocí, había visto su foto en casa de Hatchid, era su hermana أحور Ahwar cuyo nombre significa Rayos de Luz... Lo ví claro, era cosa del destino. Cierto, jamás creí en los hados y puestos a creer, no debería desdeñar que en inglés significa Guerra... Pero acababa de romper con todo, una transgresión más a esas alturas era del todo indiferente. Además, si el azar me había salvado la vida, convine que apostar por Ahwar sería para con él mi pequeño homenaje.  Así que confié en las coincidencias cósmicas y la dejé entrar en mi vida. Me presenté como un buen amigo de Hatchid y ella se limitó a sonreír. Para qué negarlo, sabía perfectamente quien era. La encontré empapada, le ofrecí ropa y cobijo. Necesitaba saber, igual que yo, de modo que la acogí en mi casa y de la noche a la mañana se convirtió en mi asistente. 

A Wells le complació la noticia, también Harpper parecía esperanzado y desmanteló deliberadamente la antigua habitación de Gus para que hiciera las veces de despacho. Al principio, me enfurruñé. ¡Cómo se atrevía a hacer tal cosa! Aquello era una profanación en toda regla. Durante dos semanas no logré atravesar el umbral, al mes conseguía permanecer de pie junto a la pared sin tocar una silla tan siquiera hasta que un día Ahmar movió sin querer uno de los trenes de juguete de Gus sobre el estante y estallé de ira... Al rato, recapacité, le pedí perdón durante la cena y fue entonces que por fin comprendí. Gus no volvería jamás y yo necesitaba otro compañero de juegos. En adelante, Ahwar y yo maquinaríamos juntos mientras Harpper y Wells, al fin relevados de mi díscola crianza, envejecerían un poco menos. 

Preparamos en tándem los detalles más osados de la fiesta, derrochamos ingenio, tiempo y dinero en nuestro afán por adquirir maravillas capaces de fascinar a unos invitados tan ilustres como selectos. La sorpresa no era suficiente, teníamos que embelesarlos, cuativarlos, precisábamos de una maniobra de seducción y en eso yo soy un experto. Les llevaría a mi terreno. Música tenue, mujeres fáciles, bebidas sugerentes, un crisol de sombras y bajarían la guardia, los tendría a mis expensas. Una vez propiciado el climax, llegaría la ronda de acertijos y adivinanzas para alimentar sus egos, retaríamos a los asistentes con toda suerte de mapas, criptogramas, laberintos y demás galimatías con el propósito de identificar a El Magister y pagarle "generosamente" con su propia medicina. Sentí la tentación de ponerle cara, deseé con todas mis fuerzas que fuera el ganso de Lord Sandwich pero erre, sin duda nuestro hombre era alguien mucho más suspicaz e inteligente. Secretamente, albergaba un temor... Por nada del mundo podía tratarse de Guss, no lo soportaría. 

Aún hoy pienso en ello y ahora que intuyo Su Nombre, no puedo evitar reír de puro sarcasmo. En realidad, estamos fatídicamente unidos. Siempre fue así, supongo. Es más, me atrevería a afirmar que El Magister da sentido a mi vida... Por San Valentín, podría hacerle un regalo con aroma a pachuli, matices de frutos rojos, madera de cedro ahumada... Y por qué no, un sutil olor a pólvora . escupo -. De algún modo, somos una pareja entrañable. 









* Portada de IRENE SARAVIA, mi directora creativa. Contar con su colaboración, un privilegio.