sábado, 24 de marzo de 2012

Cuando por el Támesis corría el Aguardiente

Prospect of Whitby es uno de los pubs más grandes y viejos de la orilla norte del río Tamesis. Construído en 1620 tenía muy mala reputación en sus comienzos , por lo que se le apodaba popularmente "The Devil´s tavern" o Taberna del Diablo.

En el siglo XVIII el edificio original se incendió y en su lugar se construyó el actual pub ubicado en el nº 54 de Wapping Wall, a orillas del rio. Estaba en plena zona portuaria, siniestra y destartalada, donde se sucedían galpones y cantinas en medio de diques, gruas, torres de cajas, sacos amontonados y grandes moles de cemento.

Allí mismo, bajo una sencilla fachada de ladrillo visto y trabajos de estuco, luce orgulloso en el friso un letrero en letras mayúsculas doradas sobre una sobrefachada de madera pintada en verde inglés.

Prospect of Whitby era el nombre de un barco que solía atracar en la ribera y cuando desembarcaba su tripulación abordaban el pub de cantos ebrios con la voz rota y besos de una noche, entre gritos y peleas, mientras corría el aguardiente entre pintas de cerveza.

En su interior aún se respiraba a sangre, a sal, a puerto... como un refugio de Piratas. Y es que su clientela habitual la conformaron durante siglos toda suerte de buscavidas y lobos de mar que amenizaban aquel tugurio con sus tatuajes, jergas, blasfemias, fanfarronadas, vidas oscuras de resacas y terribles secretos.

Samuel Pepys, secretario del almirantazgo, también solía acudir por allí a escuchar historias del mar, presenciar amenazas y terribles peleas para luego narrar batallitas entre sus coetáneos, vanagloriándose de ser si cabe "tan duro como ellos". La antigua sociedad de Pepys todavía sigue reuniéndose en el pub en honor a aquellos días turbulentos.

Tal atracción ejercía entre los londinenses más osados esa taberna de fornidos estibadores y marinos venidos a menos en pleno corazón de Londres, que el propio Turner cuando no andaba viajando por el Mediterráneo para plasmar en sus lienzos y acuarelas exóticos paisajes, acudía al pub en busca de vivencias y sensaciones rudas y auténticas vedadas a priori a un caballero victoriano.

También el juez Jeffreys, conocido como el juez ahorcador, solía apostarse en la mesa junto a la ventana para confirmar los ahorcamientos mientras almorzaba. el mástil con la horca aún se mantiene en pie y se ve desde la terraza... pero ya poco queda de esos desvencijados y miserables depósitos de almacenamiento.

Ahora el pub sigue en pie, aunque rodeado de exclusivos apartamentos. No es lo mismo, aunque aún se toparán en la barra, acaso sin saberlo, el british refinado ye el turista despistado que escucharían la actuación underground en el interior mientras los fantasmas más grotescos beben de su jarra al menor descuido sin remordimientos. Eso sí, a la salud del caballero.

Y es que las sombras malditas de la gente del puerto son y serán los amos y señores de este lugar, lo hicieron suyo. La taberna les pertenece y como no podía ser de otra forma, vagará el humo de sus pipas y el aroma a ron añejo entre los viejos barriles por siempre, hasta el final de los tiempos.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Adiós a las Ondinas y otros temores del Marinero

En los tempranos días de la navegación, cuando los barcos se mantenían a flote a duras penas y sus velas viraban caprichosamente a expensas de los fuertes vientos, muchos lobos de mar llevaban un talismán colgado del cuello al que se aferraban en la tormenta confiando asimismo en todo tipo de supercherías con tal de no naufragar.


Si bien durante las largas travesías solían revolotear por cubierta pollos y gallinas a la espera de servir de manjar, jamás se hallaría entre ellos un conejo vivo pues su sola presencia presagiaba la tragedia en altamar.

Se pensaba que los percebes que nadaban a la vera de los barcos eran capaces de transformarse en ciertos pájaros… ¿Cómo sino podría un ave aparecer sin más en medio del océano sin poder volar desde la remota orilla?

En las tabernas los marineros relataban historias esperpénticas sobre grandes monstruos... El pulpo gigante, el calamar y las serpientes marinas eran de tal tamaño que podían volcar un barco y ahogar a toda su tripulación. Juran con una jarra de aguardiente que todo aquello ocurrió en realidad y lo cierto es que algunos de estos animales asombrosos de extraordinarias dimensiones han sido descubiertos siglos después en las profundidades.

Creían que las ballenas originaban torbellinos capaces de succionar un velero entero hacia fondo de las aguas más profundas y que si navegaban con una mujer abordo cesaría el soplido del viento y se tornaría el mar calmo, habiendo de replegar las velas en medio de ninguna parte… Por el contrario si un gato negro se apostara a relamerse las patas sobre la cubierta de un barco apostado en el muelle, los fuertes vientos, incluso el temido huracán azotaría la embarcación durante la próxima travesía.

Aquel que portara un anillo en su meñique tenía facultades portentosas, si el aro le deja marca entorno al dedo, entonces su portador no es otro sino un “mago del viento” capaz de controlar hasta las más fuertes ráfagas.
¿Y qué había detrás del horizonte, allá donde se confunden los azules?


Algunos auguraban que la tierra se termina en un enorme precipicio, otros que allí se hallaba la tierra del diablo. En cualquier caso, todo aquel que navegara más allá de Finisterre se exponía a la muerte segura… También cuentan que hay un reino bajo el “Mar de los Sargazos” oculto entre las algas, donde vive el rey Neptuno con sus hijos. Y qué decir del canto hechicero de la sirena-ondina... Si algún estúpido marinero osara acercarse lo suficiente, a buen seguro que no regresaría.

Así el navegante levaba anclas disponiéndose a partir hacia el mar inmenso valíendose tan solo de imprecisos mapas bajo el sol y las estrellas sin la certeza de si el viejo cascarón conseguirá arribar a puerto o lo engullirán airadas olas...


Por suerte, todo cambiaría con el manejo de la Brújula, el astrolabio y el uso del Sextante que se consagrarían como instrumentos de navegación.





La brújula era originariamente una cajita de madera de boj con una aguja imantada en el centro fijada a un eje por un extremo que la permitía girar sobre sí misma señalando en el horizonte un mismo punto cardinal, siempre en dirección al norte.



Nos dice Giordano de Pisa, al conocer tan extraordinario descubrimiento:

"...oriéntate como la estrella, que orienta a los navegantes que oteando la señal, se orientan con ella, de donde ella es el imán. El imán parece una vil piedra, pero valiosísima para el marinero, y sería mejor que se perdiera la piedra de la esmeralda que ella..."



Fueron los marineros de la ciudad de Amalfi, en Campania, quienes difundieron el uso de la brújula por el Mediterráneo en sus viajes hacia Siria y Egipto, entre los siglos X y XI, con motivo de las Cruzadas.

El pensador Giovanni da Buti, verso en los más diversos artefactos, la describe así:

"Los navegantes tienen una brújula en el medio de la cual está empernada una ruedecilla de papel que gira sobre dicho perno. Pues esa ruedecilla en una de sus puntas está pintada una estrella, donde está clavada un punta de aguja, la cual apuntan los navegantes cuando quieren ver dónde está tramontana..."


Hasta el propio Dante quedó fascinado por tal mecanismo prodigioso "...una aguja imantada que se dirige sin demora hacia la estrella polar..."


Y es entonces cuando el navegante, sintiéndose por vez primera dueño y señor del ancho mar, se propone la temeraria aventura de abordar los océanos sin temor a fantasías ancestrales (ilógicas, que no ridículas) que aún hoy nos recuerdan lo aterrador que resulta adentrarse a ciegas en medio de lo desconocido.

Esa 1ª Luna de Maullidos y Cascabeles


La presencia del gato en la vida medieval no se limitó a sus trémulos pasos por el oscurantismo de la brujería. No sería justo identificarlo con meros rituales de sortilegios y aquelarres mágicos sin observar que a diario y sin tapujos convivía a la luz del día como animal doméstico con nobles y damas, campesinos e incluso clérigos en ambientes bien dispares.


Aunque nos constan algunas de sus apariciones esporádicas en la Antigüedad, no fue hasta el siglo V durante la alta edad media cuando se tornó animal de compañía en Occidente. Llamado Musio por los clérigos amanuenses, conocido comunmente como cattus, terminaría por imponerse su estatus bajo el nombre de gato en medio del pueblo llano.


El Bestiario de Aberdeen le dedica estas palabras manuscritas (pergamino 23v):

"El gato es llamado musio, cazador de ratones, porque es el enemigo de éstos. Comúnmente se le llama cattus, gato, por captura, el acto de cogerlos. Otros dicen que el nombre viene de capto, porque atrapa a los ratones con sus agudos ojos. Pues tiene una vista tan penetrante que vence a la oscuridad de la noche con el brillo de la luz en sus ojos. Así catus significa en griego agudo, o ingenioso".


Cosas del azar, la suerte del felino en la estima de sus amos tomó un giro inesperado en torno al siglo XI con la llegada a Europa de la temible rata negra portadora de la peste, a la que el gato no temía enfrentarse, convirtiéndose en un animal imprescindible en el hogar del medioevo.


He aquí que el perro, al cazar fuera de casa, era acogido raras veces como huésped dentro de los muros domésticos mientras que el afortunado gato, con la excusa de andar siempre atareado persiguiendo ratas y ratones, merodeaba sigiloso por doquier accediendo libremente al más remoto rincón, incluso a las alacenas de la despensa, no siéndole vedada estancia alguna, ni la más íntima ni la más lujosa.


Sin embargo, aún le aguardaba al gato un rol más exquisito como animal de compañía y es que los cruzados que volvían de Jerusalén comenzaron a traer de Tierra Santa ejemplares de excepcional belleza, con pelajes y miradas inusuales. Es el caso del "Gato soriani" procedente de Soría, la antigua Siria, que con su exotismo fascinaría las más refinadas cortes europeas.


Aún en nuestros días podemos contemplar los elegantes rasgos felinos de uno de sus genuínos descendientes, el gato Chartreuse de suave pelo gris y ojos pardos, tras lograr sobrevivir astutamente entre nosotros por el sudeste de Francia durante más de 1500 años.


Las crónicas caballerescas de Perceval o El Cuento del Grial, Chretien de Troyes en el capítulo Las Gotas de Sangre en la Nieve, dicen así:


"vos lo amansaréis como se amansa a un gato acariciándolo"


Cuál sería el secreto encanto de este silencioso animal que alcanza casi volando torres y sótanos si hasta reparan en él los más bellos Poemas Épicos compartiendo leyendas con cálices sagrados, galantes promesas y honor entre caballeros.

viernes, 16 de marzo de 2012

Los últimos Vikingos y el rey Harald



Al igual que tantos hombres fornidos procedentes del norte lucharan como mercenarios con las huestes romanas, también los guerreros vikingos se alistaron en los ejércitos del emperador bizantino a mediados del siglo IX.

A finales del siglo X se creó un cuerpo de élite conocido como la Guarda Varega, que contaba con un gran contingente escandinavo. Sus hazañas fueron legendarias y contadas durante siglos por las sagas islandesas. También las piedras rúnicas de Uppland, Suecia, se refieren a un vikingo que comandeó las tropas del ejército imperial.


No es otro sino Harald Hardraada, perteneciente al linaje del rey Harald Cabellera Hermosa. En 1030 luchó en la batalla de Stiklestad en un intento de recuperar el trono para su hermano , Olaf Haraldsson y antiguo rey de Noruega.


Tras la derrota y muerte de éste, Harald se vio obligado a marchar de Escandinavia sirviendo como mercenario al servicio de varios príncipes rusos, uniéndose más tarde a la guardia de élite varega llegando a luchar en Bulgaria, Sicilia y Siria hasta que en 1045 regresó a Noruega rico y victorioso, líder carismático en su propia tierra.

Su primo el rey Magnus convino que gobernarían juntos y cuando éste murió en 1047, Harald se proclamó rey. Batalló contra el monarca danés Svein Estrithsson durante casi veinte años hasta negociar la paz en 1064.

Fue entonces cuando dirigió sus tropas hacia Inglaterra. En 1066 lideró una flota que atravesó el mar del Norte para entrar en el estuario de Humber y subir por el río Ouse. Se dirigía a York en compañía de su aliado Earl Tostig que se proponía traicionar a su patria. Ya en las afueras de la ciudad les hizo frente la guardia inglesa.


Cuenta la crónica anglosajona que “lucharon contra los invasores y les provocaron muchas bajas, pero gran parte del ejército inglés resultó muerto, ahogado y forzado a huir” Pero las tropas inglesas se reagruparon y cogiendo a los noruegos por sorpresa en Riccall murieron Harald y Tosig en una cruenta batalla y los pocos vikingos supervivientes fueron perseguidos hasta el río. La invasión había comenzado con 300 barcos, solo regresaron 24.


En las afueras de la ciudad de York, agrupadas en el cementerio que rodea una pequeña iglesia de madera, descansan las tumbas de unos hombres jóvenes, con incisiones en los huesos de lanzas, flechas y hachas, en su mayoría soldados ingleses que recibieron cristiana sepultura. Sin embargo no fue hasta 1956 cuando un granjero que cultivaba remolachas a la ribera del rio Ouse se topó por casualidad con los restos de aquellos guerreros nórdicos víctimas de la derrota.


Son los últimos vikingos, osados aventureros que recorrerían una vez más Europa con el casco forjado sobre sus rubias melenas para no volver. Y tras luchar espada en mano, fuertes como titanes, ahora se pudren en tierra extraña sin que tan triste destino a nadie parezca importarle.