jueves, 15 de marzo de 2012

A hurtadillas por la corte de Carlomagno

El rey franco Charlemagne, Carolus I el Grande, contaba con un carácter fuerte, muy seguro de sí mismo. Hijo de Pipino el Breve, fundó el imperio carolingio en el siglo VIII que llegó a gobernar la costa atlántica y centroeuropa deteniendo al islam de una vez por todas.



Eran tiempos de gloria y por su saber hacer e indiscutible valentía se hizo valedor del respeto y admiración de sus coetáneos, hasta Bizancio le rindió pleitesía y el califa de Bagdad Harun-al-Rashid le obsequió en señal de deferencia un enorme elefante gris de nombre Abbul-Abbas que bañó en exotismo la austera corte de Aquisgrán.


A pesar de su gran poder en los asuntos de estado y el enorme influjo que ejercería en toda la cristiandad, Carlomagno vestía como hacían los francos con túnica de seda, capa azul y siempre provisto de su espada forjada con puño dorado. Tenía gustos sobrios aunque refinados y contaba con una salud de hierro que le permitía dedicarse a su gran pasión por la caza y a la cabalgadura de robustos caballos. También era un magnífico nadador, tanto es así que se hizo construir en la corte una piscina de aguas minerales tan grande que podía acoger a un centenar de personas.


Amaba los placeres de la vida, las mujeres y la buena mesa. Tuvo cinco esposas y numerosas concubinas y en cuanto a sus banquetes, raramente tenían lugar salvo en los días de fiesta solemne o en caso de visita de algún alto mandatario, merecedor de tal honor.


Carlomagno se sentaba a la mesa con príncipes y reyes y al concluir, tras el brindis a la salud del emperador, tocaba el turno a marqueses y duques, después a condes y barones y por fin a sus simples paladines y entre tanto ceremonial corría el vino a raudales a pesar de que detestaba el espectáculo de la embriaguez en cualquier hombre. La vajilla era de metales nobles o raramente de cerámica y los vasos podían ser de cuerno con incrustaciones de plata u oro aunque por lo general eran cálices.


Lo más frecuente es que no hubiera uno por invitado, de modo que normalmente se compartían y se bebía por turnos. Tampoco se utilizaban platos individuales y así las porciones de carnes asadas se cogían de la fuente central con la mano o con la punta del cuchillo y se apoyaban sobre anchas rebanadas de pan que absorbían todo el jugo.


Durante el banquete carolingio, el monarca se deleitaba escuchando el cantar de trovadores y toda suerte de poemas épicos. También gustaba de acompañar tan suculentos manjares con una mesa decorada rociándola de flores enteras o sólo con pétalos, persuadiendo a sus invitados a lavarse las manos antes de la comida.


Asimismo concedería el favor a las damas de sentarse a la mesa con los hombres con la única condición de no emanar perfumes
demasiado fuertes que pudieran desvirtuar los aromas de la cocina… Y así fue como el oscurantismo bárbaro abandonó tantas muestras de rudeza y tosquedad propias del rey-guerrero entre los fríos muros de la alta edad media.


para disfrutar de un cierto renacimiento en modales y gastronomía de modo que tras siglos de deplorables maneras retornaron las buenas formas al banquete medieval de manos de Carlomagno, cuyas fiestas inspirarían los más hermosos cantares de gesta y heróicos poemas caballerescos.

1 comentario:

  1. Fantástica la entrada.
    Me gusta mucho la historia aquí contada casi en forma de relato, con ese tono personal que hace que nos resulten interesantes.
    Besos entre trovadores

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